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Hay noches, que, según quien las cuente, parecen durar un segundo o ser eternas. Y eso pasa con la noche de los Goya. Si lo cuenta uno de los fotógrafos acreditados, no se acaba nunca, si tenemos en cuenta que para poder encontrar un buen lugar para tener la foto ideal a las ocho de la tarde, se plantan a las diez de la mañana en la puerta del lugar (en este caso el palacio de Congresos) para hacer cola.

Si le preguntamos a alguno de los ganadores, la noche duró un segundo, y eso que, en ese breve lapso de tiempo hay espacio para encuadrar diseños ideales, looks de espanto, parejas cariñosas, dedicatorias, carreras y algún que otro encuentro fortuito. A saber: Blanca Suárez y su vestido de Bluemarine, Pilar López de Ayala, Antonio y su Melanie, las palabras de Elena Anaya, las gafas de sol de Almodóvar, María León abrazando a su hermano y dos divas televisivas como Yola Berrocal y Sonia Monroy en el cóctel posterior. Pero vayamos por partes.

Si algo cabe destacar de esta noche es quizá la felicidad. La emoción de Silvia Abascal al estar de vuelta ayudó a los presentes a poner los pies en la tierra y a recordar que, por encima de los diseños fascinantes, de las alfombras rojas y el camino a la fama, lo verdaderamente importante es estar.

Y por estar, esta noche estuvieron dos internacionales que se fueron a casa de vacío: Antonio Banderas y Salma Hayek. Aunque, si hay que ser sinceros, más que permanecer, volaron. Ya que cuando finalizó la gala no quedó rastro de ellos en el cóctel que ponía el broche de oro a la celebración en la planta superior al salón de actos.

Allí, precisamente nos encontramos con Yola Berrocal y Sonia Monroy que durante unos minutos se convirtieron en las estrellas: todo el mundo quería sacarse una foto con ellas. Y así, aprovechando la coyuntura, se escuchó a Monroy aprovechando para bromear –quizá sin demasiada guasa- y hablar sobre futuros proyectos cinematográficos con algunos de los presentes.

Verónica Echegui, ya más tranquila, disfrutó de la velada junto a sus padres, aguantando el tirón con unos zapatos maravillosos, pero que más de una no habría soportado ni cinco minutos. Y es que ser una estrella rutilante no es nada fácil, señores.

María León, a quien la prensa adora, más que andar, flotaba por la sala de prensa con su Goya en la mano y cuando le pidieron que le diese un beso al ‘cabezón’ (así llaman los habituales de estos premios a la efigie del pintor que sirve como galardón), la actriz dijo con sorna: “Dejádme que lo haga en la intimidad”. Ella misma reconocía que estaba como en una nube y que aún no había tenido tiempo de reaccionar; esa fue una de las razones por las que en el momento en que dijeron su nombre, corrió a abrazar a su hermano. En su casa la esperaban sus padres, recién llegados de Sevilla para la ocasión.

La noche fue de parejas y ausentes: Si Miguel Ángel Silvestre y Blanca Suárez llegaron y posaron por separado, Leire, cantante de La Oreja de Van Gogh, y su novio, el actor Antonio Velázquez paseaban por el cóctel cogidos de la mano. Y de la misma forma llegaban Ingrid Rubio y Unax Ugalde, poco dados a prodigarse en saraos y mucho menos acostumbrados a que se hable de su vida. Por su parte, Marc Clotet, que se casó hace siete meses con Ana de Armas, negó los rumores que hablaban de separación, pero llegó sin ella. La razón: La cubana estaba en casa con su familia.

Tras la gala de entrega, los invitados se fueron con la música a otra parte: la discoteca Keeper, más cerca del centro. Y allí mucha niña mona, cocacola para todos, nada 'de comer' (tampoco eran horas y el 'catering' se había servido tras la gala) y algunas ausencias notables: A saber, los premiados José Coronado, Elena Anaya y María León (entre otros). Sus razones tendrían.

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