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Dos ceremonias, un banquete digno de reyes, centenares de regalos de lo más originales y una luna de miel que les llevó a recorrer el mundo durante cuatro meses. Así fue el enlace de los reyes de España, del que el 14 de mayo se cumplen 50 años. Repasamos los mejores momentos de una unión que consiguió que toda atenas se echara a la calle al grito de '¡Viva España!'.

LAS CEREMONIAS

Dos ceremonias, cinco cañonazos desde la colina de Licavitos y hasta seis 'síes' que se oyeron a la perfección gracias al silencio sepulcral de los presentes –el aforo del templo era tan solo de 600 personas–, para sellar un matrimonio que cumple ahora 50 años.

El 14 de mayo de 1962 los por entonces Príncipes Juan Carlos y Sofía contraían matrimonio en Atenas, la capital griega y tierra de la novia. Primlero tuvo lugar la ceremonia religiosa en la catedral católica de San Dionisio.

Doña Sofía avanzó hacia el altar del brazo de su padre y padrino, el rey Pablo de Grecia. Después, don Juan Carlos, del brazo de su madre y madrina, la condesa de Barcelona. Dos dignísimos padrinos.

El ambiente creado para esta ocasión hizo de la ceremonia un momento único: una iluminación perfecta y el Aleluya de Hendel cantado por un coro de 120 voces escogidas personalmente por la Reina.

La anécdota la protagonizó doña Sofía que, como años más tarde le pasara a la Infanta Elena, se olvidó de pedir permiso a su padre antes de dar el 'sí quiero'. Tras 45 minutos de culto, y ya convertidos en marido y mujer, les esperaba un segundo acto.

Vítores y aplausos
El segundo escenario fue la catedral ortodoxa de la Virgen María. Fue aquí donde se desplegó toda la pompa que no se vio en la celebración catolíca. Si a aquella no asistieron autoridades griegas e imperó la austeridad, en esta los protagonistas del día fueron recibidos ante una enorme ovación tras recorrer el pasillo de espadas realizado por 20 oficiales de la Marina Española.

Una vez en silencio, de camino al altar, y antes de asistir a la ceremonia de las coronas, escucharon el Amén, de Hendel. Ni en la catedral de San Dionisio ni en esta de la Virgen María, la que sería futura Reina pudo contener las lágrimas mientras miraba con dulzura a su marido.

YA SON MARIDO Y MUJER

Cogidos del brazo y abriéndose paso entre la multitud. Así aparecieron ya como marido y mujer los Príncipes de España cuando se abrieron las puertas de la catedral de San Dionisio. De nuevo sonaron las salvas de cañonazos, aunque esta vez, con el repiqueteo de las campanas de fondo, se escucharon muy lejanos.

Formado otra vez el cortejo nupcial que les había llevado a uno y otro templo, los novios se montaron en una carroza tirada por ocho caballos blancos y rodeados por 51 granaderos de la Guardia Real: 25 de avanzadilla y 26 más escoltándoles.

El príncipe Constantino de Grecia, hermano de la recién casada, al mando del escuadrón, cabalgada al lado del vehículo a lomos de un caballo igual de blanco que los encargados de llevar a don Juan Carlos y doña Sofía al Palacio Real a la ya nombrada ceremonia civil en el Salón del Trono.

Durante todo el recorrido fueron agasajados por una marea humana que gritaba: «¡Viva España! ¡Vivan los Príncipes», mientras ellos devolvían el cariño saludando por la ventanilla.

La hora de comer
Ya en los jardines del Palacio Real, el primer ministro griego, Karamanlis, ofreció un discurso previo al banquete. Más de 1.000 invitados, entre ellos 143 miembros de familias reales o principescas, ya estaban convenientemente acomodados en torno a las mesas en los jardines cuando Karamanlis aseguró que era un privilegio que el enlace se hubiese celebardo en suelo heleno.

'Foie gras' en gelatina como entrante. Cóctel de bogavante, de primer plato. De segundo, suprema de ave con verduras y salsa de estragón. Y de postre, además de la tradicional tarta nupcial que no puede faltar en ninguna boda –aunque esta tenía en su cúspide una corona y no los típicos muñecos de los novios–, una selección de frutas variadas y helado de moca. Un banquete digno de reyes.

LUNA DE MIEL

Con el estómago lleno, sobre las cinco de la tarde, y con una ropa mucho más cómoda, se subieron en un coche que les llevó hasta el puerto para que embarcaran en el yate Eros, propiedad de la familia Niarchos. Una nave en la que disfrutaron de los primeros días de una luna de miel que, durante cuatro meses, les llevó a dar una vuelta al mundo.

La primera parada les llevó a la isla de Spetsopoula. Nueva Delhi, Nepal, Filipinas, Estados Unidos, Hawai, Mónaco... No se dejaron ni un solo rincón sin recorrer hasta que, el 14 de septiembre, aterrizaban en Londres y daban por finalizada una de las lunas de miel más largas y completas que se recuerdan.

Imagen de España
Durante el tiempo que se prolongó su travesía, don Juan Carlos y doña Sofía fueron los mejores embajadores de una España al frente de la cual aún estaba Francisco Franco. El caudillo, que no acudió a la boda a pesar de que el propio príncipe le había hecho llegar la invitación, almorzó con ellos el 5 de junio y les dio la enhorabuena y les obsequió a él con una escribanía de plata antigua y a ella, con una diadema de brillantes –otros regalos al final de este texto–.

También se entrevistaron, entre otros muchos, con Aki Hito en Tokio, el presidente Nehru en Nueva Delhi –su primer destino tras pasar aquellos románticos días en Spetsopoula–, con Rainiero y Grace de Mónaco, que dieron una cena de gala en su honor en Montecarlo, o con John Fitzgerald Kennedy en Washington. Esta última imagen copó las portadas de los periódicos de medio mundo.

En Roma fueron recibidos en audiencia papal por Juan XXIII. Pero, sin duda, el momento del que más disfrutaron, al menos él, fue con la asistencia a la American Cup, una de las competiciones de vela punteras.

¿QUÉ LES REGALARON?

Todos aquellos que acudieron a la fiesta en Atenas y muchos otros que no pudieron hacerlo quisieron tener un detalle con los homenajeados. Estos son algunos de los obsequios que recibieron.


  • Reina Federica. Cofre de caoba con un servicio de plata y la diadema que doña Sofía lució ese día.
  • Rey Pablo. Carabela de plata dorada del siglo XVIII.
  • Reina Victoria Eugenia. Pulsera con zafiros y rubíes.
  • Sha de Irán. Tapiz persa.
  • General De Gaulle. Maletín de piel de cocodrilo con incrustaciones de oro.
  • Rey Balduino de Bélgica. Doce platos de oro.
  • Rainiero de Mónaco. Embarcación deportiva.
  • Duques de Alba. Petaca de jade con cierre de oro.
  • Real Madrid. Conjunto de radiomagnetófono.
  • Condes de París. Vajilla de Sèvres.
  • Ciudad de Atenas. Busto helénico.

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