Las dificultades del primo de Isabel II para mantener junto a su mujer la vida de lujo a la que están acostumbrados le ha llevado a buscar entre amigos y familiares los ingresos que tanto necesitan. el magnate ruso Boris Berezovski es uno de sus más generosos benefactores.
Debe de ser difícil para un príncipe perteneciente a la familia real inglesa costear sus frecuentes viajes, su lujosa residencia, sus bailes y fiestas, su pasión por los coches y el exquisito gusto de su mujer, la princesa Marie-Christine, por la alta costura sin una asignación del erario público, sin grandes inversiones ni ingresos laborales elevados. Tan solo con el atractivo de su nombre y su título. Pero así es la vida de Michael de Kent (69 años), primo de Isabel II, siempre en el alambre financiero pero con amigos dispuestos a socorrerle ante la adversidad.
Líos de dinero
A pocos en el Reino Unido sorprendió la noticia, revelada por el 'Sunday Times', de que su excelencia había recibido 320.000 libras –unos 400.000 euros– del oligarca ruso Boris Berezovski a lo largo de seis años –entre 2002 y 2008–, en 56 cómodos pagos de entre 5.000 y 15.000 libras.
Uno de los abogados del dadivoso magnate, que se exilió en Londres a causa de su enfrentamiento político con el presidente Putin y de una condena de cárcel por corrupción, aseguró que su cliente "nunca ha solicitado ni obtenido ningún beneficio o servicio por su amistad con el príncipe Michael". Simple generosidad, entonces, ejercida a través de una sociedad registrada en Gibraltar, donde todo es más opaco y los impuestos mucho más reducidos.
"En ciertos círculos, como el de los nuevos ricos que proliferaron en Rusia con el fin del comunismo, Michael de Kent es casi reverenciado por su relación lejana con el último zar", comentaba Compton Miller, cronista social y autor de 'Who’s really Who', en el diario inglés 'Express'.
En efecto, el príncipe es nieto del rey Jorge V, como la reina, y además comparte linaje con los Romanov: Nicolás II, asesinado por la Revolución Soviética, era primo hermano de los abuelos de Michael. Todos reconocen el parecido entre ambos, que él se ha encargado siempre de remarcar con una barba recortada al estilo de su antepasado.
Pero sus vínculos con ese país van más allá: durante los años 60 aprendió ruso, se convirtió en traductor para el ejército británico, es patrón de la Cámara de Comercio Ruso-Británica y viaja hasta allí un par de veces al año. Sin duda, tiene numerosos contactos en la que considera su otra patria, donde, en efecto, es una personalidad conocida y respetada pero, ¿tanto como para que le regalen el dinero?
Una fuente anónima, supuestamente cercana a Berezovski, dio a entender en la prensa inglesa que, cuando este se instaló en Londres durante 2003, buscó la manera de hacerse un hueco no solo entre las fortunas de la City, sino sobre todo en los salones de la alta sociedad inglesa, poco receptiva a los magnates sin pedigrí.
El príncipe habría sido su valedor a cambio de una retribución. Claro, que los pagos comenzaron un año antes de su exilio, de modo que parece probable que exista otro motivo.
Sea cual fuera, los príncipes de Kent basan gran parte de su ostentosa economía doméstica en ingresos atípicos como ese, sin los cuales sus cuentas se verían abocadas a peligrosos descubiertos.
De hecho, como se publicó hace unos años, llegó a deber a los bancos casi tres millones de euros, por lo que se vio forzado en 2006 a vender por 7,5 millones su residencia campestre de Nether Lypiatt, en la que había invertido una fortuna, tanto en la propiedad como en la costosa decoración, al gusto de Marie-Christine (67 años).
Con la plusvalía, compró dos pisos a sus hijos, Lord Freddie y Lady Gabriella, en el exclusivo barrio londinense de Notting Hill. El resto lo invirtió en valores seguros para obtener una renta con la que pagar el alquiler del apartamento en el palacio de Kensington donde residen los Kent desde que se casaron en 1978, ya que hace dos años ascendió de 4.000 euros anuales a 150.000.
Todo vino porque en 2002, la opinión pública supo cuánto le costaba a la pareja vivir en ese palacio, cuyo mantenimiento corre a cargo de los contribuyentes y que disfrutan los miembros de la familia real que no pueden trabajar en el sector privado. Sin embargo, Michael de Kent perdió el privilegio de recibir asignaciones públicas al casarse con una católica, además de su derecho a figurar en la línea de sucesión de la corona.
A todos los efectos, él y su mujer eran trabajadores privados que ocupaban una propiedad del Estado a cambio de un precio ridículo. El escándalo obligó al Gobierno a intervenir para exigir el coste real del alquiler. Dado el estado de las finanzas de su primo, la reina decidió que los 150.000 euros anuales corrieran de su cuenta hasta 2010.
Pero las dificultades económicas del príncipe pobre, como se lo conoce en su país, no tienen su origen en una antigua ley que convierte en apestados a los miembros de la familia que se unen a un católico.
El gran negocio
Cuando Michael de Kent salió del ejército en 1981, numerosas compañías mostraron su interés en contar con él en sus consejos de dirección. En los 90, el 'Daily Mail' calcula que sus ingresos rondaban los 700.000 euros anuales.
Sin embargo, cometió el mayor error de su vida: aceptó una oferta muy lucrativa para anunciar porcelana inglesa en la televisión norteamericana. Ver a un Kent como un vulgar vendedor de vajillas supuso para Isabel II una bofetada en su dignidad real.
Justo por esas fechas, los medios convertían en carnaza el divorcio de Carlos y Diana de Gales, de modo que la ocurrencia de su primo se consideró una piedra más arrojada contra el prestigio de la monarquía.
De la noche a la mañana, el príncipe Michael desapareció de los cuadros de dirección de las empresas para convertirse en consultor independiente, y sus ingresos descendieron dramáticamente.
"En su condición de cualificado intérprete del ruso, además de hablar un francés fluido y contar con conocimientos de italiano y alemán, el príncipe realiza frecuentes viajes de negocios y ha encabezado diferentes delegaciones de empresarios británicos a China y Rusia", comentaba estos días el portavoz de Michael de Kent para intentar demostrar que el príncipe sabe ganar su propio dinero y que no depende de la generosidad de amigos como Berezovski.
Como mínimo, la afirmación no resulta exacta. Si los Kent pueden mantener su exquisita forma de vida no es sobre todo por la experiencia financiera internacional del príncipe, sino porque venden su imagen pública al mejor postor.
Cualquier compañía, fundación o personalidad que quiera tener como invitados estrella a Michael y Marie-Christine en un evento, sabe que puede lograrlo a partir de 4.500 euros. Esto se conoce como el Rent-a-Kent. Por eso, multiplican su presencia en viajes a diferentes países, cenas corporativas y fiestas con marca registrada.
"Iríamos a cualquier parte por una cena gratis", comentó con una risa simpática la princesa recientemente. "Son muchos los que quieren ascender en el escalafón social, tanto aquí como en Rusia, y que sueñan con tenerlos en sus fiestas –dijo Compton Miller en 'Express'–. Tycoon Peter de Savary le dio a Marie-Christine un terreno en la isla de Antigua valorado en 190.000 euros y un admirador americano le regaló un caballo de carreras de 145.000 euros". Visto así, la ayuda de Boris no parece desproporcionada.
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