Nada es para siempre. Sin amor, con una madurez indisimulada y sin ganas de destacar, parece haber abandonado la primera línea del ‘glamour’.

Durante los últimos 40 años, Carolina de Mónaco ha sido una inversión segura para los medios. Nadie en la historia del papel cuché ha ocupado tantas portadas y protagonizado tantos reportajes, nadie ha tenido tan numerosa corte de paparazzi para convertir en escaparate cada episodio de su vida.

No es casualidad: una bella princesa, por sí sola, ya es un personaje con un enorme club de fans. Pero ella, además, ha alimentado a una audiencia muy diversa con romances escandalosos, tragedias griegas, divorcios, excomuniones, conflictos familiares, hijos mediáticos y un gusto por la moda que hizo de Carolina la musa de los diseñadores más reputados y un referente para millones de mujeres.

Pero ese tiempo parece que llega a su fin, como el efecto natural del paso de los años y de la llegada de las nuevas generaciones. La imagen actual de la princesa tiene mucho más que ver con una mujer de madurez indisimulada que disfruta de la soledad y en ocasiones, de algún acto oficial.

Ni hombres ni excesivo glamour.Los rumores sobre la fría relación que mantenía con Ernesto de Hannover comenzaron en 2009. A pesar de los desmentidos, la prueba de que el matrimonio estaba roto llegó a comienzos de 2010, cuando unas fotos mostraron al príncipe descubriendo las maravillas de Tailandia con una joven que podría ser su hija.

¿Parejas? No, gracias

Desde ese momento no hubo nada que disimular: al fracaso de su tercer matrimonio –antes que con él, estuvo casada con Philippe Junot y Stefano Casiraghi–, se unió la traición pública. Desde entonces, no se les ha vuelto a ver juntos. Fuentes del palacio de los Grimaldi aseguran que ella no quiere saber nada de su ex, ni siquiera por consideración a la hija que tienen en común, Alexandra, de 12 años. Cuando el padre se ve con la niña, Carolina procura no estar presente.

A sus 54 años, la princesa parece estar harta de sus desengaños amorosos y dicen que ya no cree en las relaciones. Hace unos meses se la vinculó con el galerista italiano Gerard Faggionato, pero nada de nada. Ha alcanzado esa estabilidad emocional que algunas mujeres consiguen cuando se dan cuenta de que no necesitan un hombre a su lado. Además, no está dispuesta a volver a las portadas por un romance de madurez. Ahora todo el amor es para su familia.

Un relevo de calidad

Si hay algo de lo que se siente orgullosa es de sus cuatro hijos. Su vida gira en torno a ellos. Andrea, el primogénito, representa su mayor aportación al futuro de Mónaco. Es serio, discreto y no le asusta el compromiso –prueba de ello es que lleva siete años con Tatiana Santo Domingo, y hay rumores de boda–. Si Alberto II no aporta la esperada descendencia, será él quien ocupe el trono. De Pierre admira su independencia, por eso le recuerda a ella en su juventud. Carlota representa todo lo mejor de su madre, pero sin los escándalos. Carolina le ha servido de guía y con su complicidad ha hecho de su niña un icono de moda. La matriarca está convencida de que el trabajo está hecho; ahora solo basta con echarse a un lado y dejarlos volar.

Hace unas semanas, Andrea, Pierre y Carlota hacían de anfitriones en el Baile de la Rosa. Alberto y Carolina no asistieron al guardar luto por la muerte de la princesa Antoinette. Fue la prueba de que la nueva generación va a acaparar el protagonismo. En ese proceso se explica que Carolina cada vez asista a menos actos. Ahora prefiere dedicarse a una reconfortante vida ociosa y a educar a su otra hija, Alexandra, por la que siente devoción.

Después de la muerte de su madre, Carolina asumió la nueva realidad: era la primera dama del Principado y tenía que comportarse como tal. Desde entonces, se empeñó en cumplir el objetivo de Rainiero: seguir haciendo de Mónaco un poderoso imán para fortunas de cualquier pelaje. Así fue hasta el fallecimiento de su padre, en 2005. Alberto le sucedió y algunas cosas empezaron a cambiar. El príncipe intentó recuperar para la causa familiar a Estefanía. Pero el panorama cambió cuando Charlene Wittstock apareció en escena.

Durante los últimos cinco años, la prometida de Alberto ha estado preparándose para ser la nueva ‘reina’ de Mónaco. Ella es la que acapara focos y flashes y su boda, el próximo julio, la convertirá en una dama reverenciada por la prensa. A rey muerto, rey puesto, y de eso es muy consciente la Grimaldi. De hecho, su entorno asegura que ella está muy cansada de la corte, de las obligaciones y los actos oficiales, y que Charlene  viene para asegurarle una placentera jubilación.

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