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William Baldwin, Chazz Palminteri, Michael Rapaport, Janine Turner... Son algunas de las ‘celebrities’ que se han atrevido a contar sus experiencias paranormales. No hallan una explicación razonable a lo que vivieron, pero ya nadie les podrá convencer de que no hay un más allá.

William Baldwin

Un botones muy especial.

El actor rechazaba todo lo paranormal hace solo unos años: «Cuando escuchaba historias de fantasmas, estaba convencido de que todo eran patrañas inventadas por perturbados». Pero cuando viajó para rodar una película a Saint Andrews, un apartado pueblo de Canadá, su perspectiva cambió. Se alojó en un hotel del siglo XIX y la primera noche, mientras leía el guión en la cama, vio cómo se movía el pomo de la puerta: alguien lo manipulaba desde fuera. «No me asusto fácilmente, así que me levanté y abrí. No había nadie. Los pasillos eran muy largos y resultaba imposible que cualquiera hubiera podido correr y esconderse». No le dio importancia, a pesar de que esa noche y las siguientes hubiera jurado escuchar voces apagadas y pisadas al otro lado de la puerta. Los empleados del hotel aseguraban que no había otros huéspedes en esa planta y que a partir de media noche solo dos personas estaban de guardia, pero que no salían de recepción. La cuarta noche, le despertó el sonido del agua corriendo en su bañera. Alguien había abierto el grifo. «Lo que ya sí me asustó de verdad fue escuchar el llanto terriblemente triste de una mujer que venía de muy cerca, aunque no supe identificar de dónde».
 
Intentó racionalizar todo lo sucedido y durante un par de días estuvo tranquilo. «Tras una jornada agotadora, regresé al hotel de madrugada. En recepción solo había un botones, mayor, que se ofreció a llevarme la bolsa. No volvió a hablar. Al llegar a la habitación, abrí la puerta y al volverme para darle una propina, solo vi mi bolsa en el suelo». A la mañana siguiente preguntó a las recepcionistas. «No tenemos botones en el hotel, señor». Describió con detalle al hombre y su uniforme. «Parece que está describiendo a Charles, un antiguo empleado que falleció hace tiempo, pero es imposible, claro». Aquello fue demasiado para él. Subió a su planta y «allí estaba el botones, sonriendo. Comenzó a andar en sentido contrario y reuní el valor para seguirlo. Estaba muy cerca de él cuando dobló la esquina de otro pasillo y se esfumó». Desde entonces, Baldwin ha contado su historia pocas veces. Aún le perturba y le genera demasiadas preguntas.

Janine Turner

Vestigios de la gran guerra.

La actriz era una escéptica sobre todo lo que no fuera de este mundo. En 1993, tra su éxito en la serie Doctor en Alaska, afrontaba su primera gran producción cinematográfica, Máximo riesgo, junto a Sylvester Stallone. El rodaje se desarrolló en la localidad italiana de Cortina d’Ampezzo.
 
El equipo se alojaba en una enorme y decadente residencia que durante la I Guerra Mundial fue hospital de campaña para los soldados heridos en aquellas sangrientas batallas. «Tras la primera jornada de rodaje, me retiré pronto a mi habitación –recordaba con incomodidad Janine, 15 años después–. Mientras recorría aquel caserón, tuve la sensación de que alguien me seguía. Me volví varias veces, pero nada». Como siempre que se alojaba en un hotel, se aseguró de que la puerta quedaba cerrada y dejó conscientemente la vieja llave en la cerradura para tenerla localizada. Se quedó dormida de inmediato. «Los ruidos me despertaron. Golpes en la puerta o en las paredes, no sé. Me pareció que crujía toda la habitación». Abrió la puerta, miró fuera y todo parecía en calma. Cerró de nuevo y volvió a dejar la llave en la cerradura. Con las luces encendidas, revisó el cuarto. Tardó un minuto porque era pequeño. Verificó que la ventana tenía el pestillo echado y regresó a la cama. «No podía dormir, estaba inquieta. Entonces escuché lo que me parecieron unas voces que me susurraban. Abrí los ojos y observé muy claro cómo una especie de neblina flotaba sobre mí». Al tiempo que desaparecía, percibió la figura de un hombre junto a su cama. «Estaba aterrorizada. No me atrevía a mirar en esa dirección. Sentí cómo se tumbaba a mi lado... y entonces me acarició la cara. Grité como nunca lo había hecho en mi vida». Saltó hacia la puerta, pero la llave no estaba en la cerradura. Se volvió para buscarla y en ese momento se topó con su mirada. «Estaba de pie en medio de la habitación. No dijo nada. Aquel hombre parecía joven y solo me observaba con cierta tristeza. Entonces vi que la llave estaba en el suelo y volví a gritar pidiendo ayuda mientras abría».

 A la vez que ella salía del cuarto, llegaba gente del equipo de rodaje. No encontraron a nadie dentro. Janine nunca volvió a vivir una experiencia como aquella, pero aún hoy se niega a quedarse sola en la habitación de un hotel.

Chazz Palminteri

Con permiso de papá...

Una vez al año, el protagonista de Balas sobre Broadway se reunía con sus amigos de la infancia en Gino’s, un pequeño restaurante italiano del Bronx. Cerraban el sótano y prolongaban la cena hasta la madrugada. Al grupo se solía unir el dueño, Bill, que había heredado el negocio de su padre. Al final de una de esas veladas, el actor se quedó a la última copa solo con él. «Voy a vender el restaurante», le confesó preocupado.

Chazz quería escucharle con calma, pero antes tenía que ir al baño, así que se dirigió a los servicios. «Entonces levanté la vista y vi a aquel hombre, que caminaba en sentido contrario. Iba vestido con un traje impecable, pero lo que más me llamó la atención fueron sus zapatos, tan brillantes que parecían espejos», recuerda. El local estaba cerrado. Chazz, sorprendido, le preguntó quién era y qué hacía allí. «Me miró y continuó caminando hacia la bodega. Le dije que por ahí no había salida, pero no se detuvo. Justo antes de entrar, se volvió y dijo: “Está bien, está bien”». El actor regresó a la sala donde se encontraba Bill y se lo contó. Lo buscaron, sin éxito. Entonces Palminteri mencionó el detalle de los zapatos. Bill palideció y comenzó a llorar. Cogió a Chazz por el brazo y lo condujo a su despacho. Señaló una fotografía enmarcada y preguntó: «¿Era él?». «Sí, sí, ¿lo conoces?». Volvió a sollozar: «Era mi padre. Murió hace más de 30 años...».

Cuando se calmó, Bill le contó que su padre tenía obsesión por llevar los zapatos relucientes y que se pasaba horas puliendo cada par. «Me dijo que estaba muy angustiado por la venta del restaurante –relata Chazz–, que sentía que era una falta de respeto a la memoria de su padre. Pero con aquel “está bien, está bien” entendió que había vuelto para darle su aprobación. Juro que yo no sabía nada de esa historia y que nunca había visto una imagen de aquel hombre. Pero le vi... Le vi...».

Michael Rapaport

Terror en el instituto.

Sus amigos le describen como un hombre equilibrado, de vida saludable y rutinaria. Nadie que le conozca imagina que no esté diciendo la verdad, más aún cuando un episodio como éste puede servir de chiste fácil en la prensa, hasta el punto de afectar a su reputación y su carrera. Cierto es que le costó años reunir el valor para relatarlo. Y aún tiembla cuando recuerda aquella tarde en el viejo instituto de Brooklyn (Nueva York) donde estudiaba. Era un adolescente rebelde acostumbrado a los castigos, de modo que asumió con resignación la tarea de limpiar, junto a un compañero también sancionado, una antigua sala en desuso que se ubicaba en el subsuelo del imponente edificio construido en 1830.
 
Abrieron el único candado que mantenía la puerta cerrada y entraron. Había una montaña de pupitres de madera apilados en uno de los fondos. «Hacía mucho frío. Yo quería acabar cuanto antes, así que me puse a limpiar y ordenar –comenta Rapaport–. Y, de pronto, la puerta se cerró. No me preocupé porque llevaba el candado en el bolsillo, pero empecé a sudar cuando las luces comenzaron a encenderse y a apagarse». Fue el inicio de la pesadilla: un instante después, los pupitres empezaron a caer con estruendo, como lanzados por alguien oculto detrás. «Mi compañero, histérico, corrió hacia la puerta, pero no podía abrirla. Intenté ayudarle. Imposible. Yo miraba el candado que tenía en la mano mientras gritaba: "¡Tiene que abrirse! ¡Tiene que abrirse!". Entonces es cuando notamos su presencia». Rapaport y su amigo aseguraron después que allí había alguien, que percibieron su ira y su miedo. «De repente, apareció el conserje, que había acudido alarmado por los ruidos y que no tuvo dificultad en entrar. Salimos disparados hacia la calle. Jamás he sentido un terror así». El director del instituto reconoció semanas después a los padres del actor que en esa sala, 70 años antes, habían recluido a dos niños problemáticos y que los habían olvidado allí durante dos días. Los encontraron muertos por congelación. Para Rapaport aquello supuso un punto de inflexión en su vida: «Cambié mi comportamiento. Me convertí en un buen chico y en un buen estudiante. Hubiera hecho cualquier cosa para que no volvieran a castigarme jamás».

Otras experiencias sobrecogedoras

Rue McClanahan

No mucho antes de morir, Rue, una de las ‘chicas de oro’ de la televisión, relató a un medio norteamericano cómo pudo contactar con su mejor amigo, Rill, poco después de que este falleciera: “Estaba agonizando cuando le pedí que, si podía, contactara conmigo de alguna forma desde el más allá. No sé por qué, le dije que lo hiciera con la electricidad. La noche que murió, me quedé con su madre y cuando tomábamos un té en la cocina, de pronto las nueve bombillas que había allí estallaron... Las nueve”. Lo mismo ocurrió en casa de la hermana del fallecido: 20 bombillas a la vez. Por la mañana, al intentar redactar un correo a un amigo común comunicando la noticia, la pantalla se quedó en negro al escribir Rill y escuchó el clásico sonido de la electricidad estática. Lo mismo que durante los siguientes días cuando mencionaba su nombre por teléfono.

Daryl Hannah

Tenía ocho años cuando se trasladó con su madre a vivir a Jamaica. Un día, explorando sola por la playa, vio una casa con una nativa que cuidaba un jardín. Durante días, acudió a la casa, donde la mujer le enseñaba a distinguir las plantas y a conocer sus propiedades. Un día, la madre de Daryl se sorprendió de los conocimientos botánicos de la niña y le preguntó dónde había aprendido. Entonces confesó aquellos encuentros. “Si no se lo dije antes fue porque mi madre siempre me decía que no hablara con extraños. Me pidió que se la presentara y yo la conduje hasta el lugar, pero cuando llegué, no había ninguna casa, solo un terreno vacío. No puedo explicarlo, pero todo lo que sé de plantas, que es mucho, me lo enseñó ella”.

Mykelti Williamson

El actor, conocido por sus papeles en ‘Con Air’ o ‘Forrest Gump’, tenía un viejo amigo de la infancia que pertenecía a una pandilla callejera. Los dos habían estado muy unidos. Un día le comunicaron que había muerto en un tiroteo. Mykelti estaba en casa con su novia cuando lo supo. Minutos después, sonó el teléfono y lo cogió ella. “Preguntan por ti...”. “Al cogerlo, escuché esa voz que tan bien conocía desde niño. Me gritaba y me suplicaba: ‘¡Myke! –solo él me llamaba así–. ¡Myke! ¡Ayúdame! ¡Me quieren llevar! ¡Por favor, no! ¡Solo tú puedes ayudarme!’. Aún le escucho. Cada día...”. Mykelty comprobó los registros de llamadas en la compañía telefónica: no figuraba ninguna a esa hora.


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