No tengo hijos ni sobrinos pero, por un día, me convertiré en madre de familia numerosa. Mi misión es “suplantar” a Leonor, madre de cuatro niños de entre uno y seis años y embarazada del quinto. Una heroína desde mi punto de vista, y el de muchas otras mujeres si tenemos en cuenta los índices de natalidad en España. Por suerte, los pequeños a mi cargo tienen su horario de tareas diarias escrito en un tablón de la cocina y, sorprendentemente, las cumplen sin apenas esfuerzo. Algo que, junto a las indicaciones de Leonor, me facilita bastante las cosas. Pero ser novata en esto tiene sus consecuencias. Afortunadamente nada grave sucedió a lo largo de esas 24 ocupadísimas horas.

23:00 h. ¿Quién dijo miedo?
En casa de Leonor y Juan reina la tranquilidad. Juan Pablo y Álvaro, de seis y cinco años, duermen cual dulces y plácidos angelitos en su habitación. Javi, de cuatro, hace lo propio en la suya. Y el pequeño Marcos, de año y medio, sonríe entre sueños en la cuna del cuarto donde yo me acuesto. De momento, todo parece controlado.

04.10 h. El visitante nocturno.
Tengo el placer de conocer a Javi, que se presenta en mi habitación porque le da miedo ir solo a hacer pis. Le acompaño al servicio. Duda existencial-infantil: si le da miedo ir al baño, ¿cómo es que viene a mi cuarto, que está más lejos?

08:00 h. Desayuno en familia.
Me despierta una voz que dice que él no se bebe la leche si no es en su tazón azul. Me levanto corriendo, imaginando un desastre en la cocina. Pero, al entrar, veo a los tres mayores vestidos y desayunando. “¡Buenos díaaas!”, dicen en un tono bastante más alto del que acostumbro a oír por la mañana. “Juanpa ha dicho que hoy nos calentaba él la leche”, dice Javi. ¿Falta de confianza en la madre novata? Me doy cuenta de que allí hay sólo tres niños. “¿Y Marquitos?”, pregunto. “Tú dormías en su cuarto, ¿no?”, dice Álvaro. Cierto. Pero ahora no sé si seguía en su cuna cuando he salido del cuarto. Corro a la habitación pensando que no es posible que ya haya perdido a un niño. Pero el pequeño sigue con su sueño a pesar del jaleo de la cocina. Todo un profesional.

08.30 h. Operación colegio.
Por suerte, los niños saben lo que toca hacer en cada momento: zafarrancho en el cuarto de baño para cepillarse los dientes y lavarse las legañas. Luego me presentan a otro miembro de la familia: Pipa, un hámster que se empeñan en que acaricie. Afortunadamente, tenemos que irnos ya. Abro la puerta para bajar al coche. “¿Y Marquitos?”, pregunta Álvaro. Menos mal que ellos recuerdan que somos cinco. No hay tiempo para nada: le pongo un abrigo sobre el pijama y nos vamos.

10.00 h. Expedición al parque.
Tras dejar a los tres mayores en sus coles, Marcos y yo nos quedamos a solas. Vuelvo a casa para cambiarle de ropa y decido saltarme las tareas del hogar. Esa es la ventaja de ser madre postiza. Además, la casa está tan limpia que un día de escobas caídas no le afectará. Lo peor que puede suceder es que se acumule la colada (aquí se ponen una e incluso dos lavadoras diarias). Llevo al niño al parque. Una hora después, tenemos que ir a la compra, pero el niño no quiere moverse. En cuanto lo cojo empieza a hacer pucheros y lo dejo un poco más. Vuelvo a intentarlo y contraataca. A la tercera me armo de valor. Recuerdo el titular de la portada de una revista de bebés: “La clave: no ceder”. Pero los pucheros se convierten en llantos de enfado y, como no tengo tiempo para más, decido llevármelo sin su consentimiento. Por suerte, le gano en tamaño.

12.30 h. Terror en el supermercado.
Sólo hay que comprar arroz y varitas de merluza, pero el carro se llena de cosas que, por lo visto, Marcos cree necesarias: estropajo, laca, palillos... y hay que devolverlo todo a su sitio. Al llegar a la caja, otra demora imprevista: un niño pide chocolate a su madre y el bueno de Marcos se lo lleva. La madre se lo quita, Marcos se lo devuelve, la madre resopla, lo pongo en su sitio, Marcos vuelve a cogerlo… Al final, entra en nuestra compra.

14.00 h. La hora de la comida.
Una vez alimentados los dos sin incidentes (no soy madre, pero sé usar el microondas), Marcos me lleva al cuarto de Juan Pablo y Álvaro, donde se pone a jugar hasta que es hora de ir a buscar a los otros. Recogemos como podemos. Un tubo se abre, y un puñado de bolas rueda por el suelo. Decido dejarlas así, pero eso no le gusta a Marcos, el niño más ordenado del planeta. No me queda más remedio que guardarlo todo a la velocidad del rayo.

17.00 h. Crisis en el coche.
Recojo a los mayores y, en el coche, me cuentan sus días: Juanpa ha intentado coger una oruga, Álvaro ha colado un balón fuera del patio, Javi ha escuchado canciones sobre patitos (o pollitos, no llegamos a un acuerdo)… Al llegar a casa, todos suben menos Javi, que se tumba en el suelo del coche. Pensando que es una rabieta, improviso un discurso: no hay que enfadarse, seguro que eran pollitos, no es para tanto… Por fin sale, sonriente, y me enorgullezco de mi éxito. Luego veo que lleva un coche en la mano. Por lo visto, es lo que estaba buscando desde el principio.

17.30 h. El deber llama.
Sólo Juan Pablo tiene deberes, pero Leonor reserva un cuaderno de tareas para Álvaro y Javi para que todos estén ocupados. Pasamos un rato a vueltas con las decenas y las centenas. Mientras, Marcos se entretiene con un vídeo. Al acabar, los niños empiezan a desvestirse y deduzco que es la hora del baño, que hacemos en dos turnos. Los mayores se las apañan casi solos y, ya en pijama, me llaman para que mire su triple giro mortal sobre la cama. Javi parece pensar que no soy muy experta en esto porque me pregunta si soy una mamá. Respondo que no y pregunta: “Pero, ¿tienes hijos?”. No. “¿Y bebés?”, insiste. Empieza en la tele un programa que les encanta. Aprovecho para preparar la cena y hago recuento de niños, por si acaso.

20.15 h. Cuatro contra una.
Los tres mayores ponen la mesa y empieza la cena. ¿Cómo lo hacen las madres? Uno quiere el arroz aplastado, Javi llora porque no he partido su pescado, uno quiere la piña en vaso, el otro en plato, Marcos ya no quiere merluza porque ha visto la piña, a Javi le pica la lengua… Por suerte, la cena acaba en dos minutos y uno de los niños dice que quiere plantar lentejas. Con unos vasos, un poco de algodón y agua, nos ponemos a ello como expertos cultivadores. A nadie le pica ya la lengua.

21.00 h. El merecido descanso.
Aunque la organización de la casa es ejemplar y los mayores han pasado horas en el cole, creo que cuatro sesiones seguidas de aeróbic no me dejarían tan agotada. Los niños dicen que es pronto para acostarse, pero en las indicaciones de su madre veo que es hora de rezar y dormir y ellos se ríen al verse “pillados”. Camino de sus cuartos, les explico que mañana todo volverá a la normalidad. Y entonces, los cuatro se abalanzan sobre mí para besarme y abrazarme. ¿Tenían ganas de que me fuera o es su forma de despedirse? En cualquier caso, son gestos como éste los que hacen que las madres nunca parezcan cansadas.

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