Cajón desastre

Foto: Nada más entrar, Laura se encoge. Y empieza a sudar. Da igual que lo que tenga enfrente sea, tan sólo, una simulación ...

Yo superé el miedo a volar

  • Tres días. Es el tiempo que necesita AirQuality para que las personas con miedo a volar espanten sus fobias. El curso que ofrece esta empresa que nace en el año 2004 en el Aeropuerto Internacional de Bilbao incluye atención psicológica, explicaciones de profesionales del sector y un vuelo real en avioneta.

Nada más entrar, Laura se encoge. Y empieza a sudar. Da igual que lo que tenga enfrente sea, tan sólo, una simulación de la cabina de pasajeros de un avión. Ella, directora de marketing de una gran empresa, ve una tormenta, turbulencias, un aterrizaje forzoso… Parte de lo que una vez vivió y que, con el paso del tiempo, su cerebro se ha encargado de magnificar.

Marian, la psicóloga, está acostumbrada a que los participantes del curso se revuelvan en los asientos, abrumados por su terror a volar. Jaione ya ha subido y bajado tres veces la bandeja, pero esboza una sonrisa con la que intenta aparentar tranquilidad.

El pánico en algunas ocasiones surgió por una mala experiencia y en otras, por ignorancia. Por fobias que sólo despiertan los aviones o por un momento de estrés. Esta vez, la experta se enfrenta a un grupo duro de roer. Casi todas son personas con estudios y cargos de responsabilidad. Con las ideas muy claras, con dificultad para relajarse, a las que les cuesta aceptar las críticas. Lo nota enseguida, con un breve análisis, pero no se achanta. Está convencida de que en tres días sus alumnos podrán rozar las nubes y disfrutar de la experiencia. Comienza el reto, uno más para la compañía AirQuality.

Los participantes, convertidos en pasajeros, escudriñan a Marian en busca de respuestas. La psicóloga, en cambio, les invita a ellos a darse a conocer. Nombre, edad, profesión, sensaciones en un avión, experiencias negativas, desencadenantes del miedo y estrategias de afrontamiento. Tras rellenar los papeles, Josune se arranca enseguida y comparte con todos su historia. Es madre, muy madre, de las que llenan las neveras de los hijos de tuppers con comida casera. Y viaja a Nueva York habitualmente para visitar a la benjamina. Siempre lo pasa mal. “Cada vez va a peor”, matiza. Normalmente cruza el Atlántico de vuelta a España de noche, pero no puede apagar la luz de su asiento. Tampoco dormir. Duda de la pericia del piloto. De su estado psicológico. Está convencida de que el aparato acabará estrellándose. Su problema es que necesita controlarlo todo y el avión no está en sus manos.

A Jaione también le preocupa la capacidad de la tripulación, aunque sus temores van encaminados hacia otra dirección. Surgieron en su tercer vuelo, al acceder a un pequeño avión y sentir dificultades para respirar. “Tengo miedo a la muerte, que parte del miedo a no tocar tierra, a las turbulencias, al despegue y al aterrizaje porque dicen que son los momentos más peligrosos, a que el aparato choque contra un ave, a que no se haya realizado bien la revisión. Y me ahogo”, enumera con nerviosismo. Una docena de ojos, la de sus compañeros, le dan la razón en casi todas sus afirmaciones.

Es un grupo que, por encima de todo, necesita información, porque la mayoría de sus terrores parten de la ignorancia. No obstante, Marian sabe de la importancia de trabajar con la psicología de las personas. Deben aprender a relajarse, a controlar las emociones para espantar el miedo y contemplar el avión como un medio de transporte más.

La psicóloga les pide que expliquen qué piensan y sienten cuando perciben los estímulos. Y enseguida queda claro el esquema: si hay ruidos, es que algo se ha estropeado, con lo que el aparato puede caer en picado; si hay turbulencias, el avión se va a desestabilizar, con lo que podría haber un accidente; si se registran fuertes subidas y bajadas, es que sucede algo anormal. Siempre pensamientos negativos y sensaciones en consonancia: ansiedad, malestar en el estómago, transpiración bestial o dolor de cabeza y de oídos a los que los alumnos no saben hacer frente.

Hay mucho que hacer, pero “lo primero es aprender a respirar”. Marian lo llama relajación abdominal profunda. Uno por uno, todos sus alumnos ensayan hasta conseguirlo. Le cuesta, sobre todo, a Fernando, para quien un aterrizaje forzoso con un avión en un país sudamericano marcó un antes y un después. “Quería ser piloto privado y me apunté a un curso, pero después de aquello me resulta imposible”, confiesa.

Termina el primer día de clase, una tarde entera dedicada a exteriorizar el miedo. Los alumnos salen con reticencia e, incluso, con más inseguridades que cuando llegaron. Sienten que los relatos de los compañeros han sumado nuevos miedos que acrecientan su terror a volar. Pero Marian no se preocupa. Quedan aún varias fases fundamentales para acabar con la fobia.

La segunda llega a la siguiente mañana, sábado. Comienza la clase con el piloto-instructor Oier Fernández, quien dedica los primeros minutos a explicar el diseño de un avión y cómo está pensado para despegar por los caprichos de la gravedad. Enseguida, el grupo le empieza a acribillar a preguntas. Está ansioso por que el profesional ofrezca una respuesta positiva a cada uno de sus miedos. Y éste les deja bien claras al menos cinco cuestiones: tiene que haber ruidos, las turbulencias jamás desestabilizan un avión, las revisiones de los aparatos son diarios, el avión sólo sale si las predicciones climatológicas son favorables y el piloto actualiza su formación continuamente. Todo está estudiado al milímetro. E insiste: “el avión es el medio de transporte más seguro”.

Tras dos horas de clase con el piloto, el discurso de los alumnos comienza a cambiar. Emocionados, comparten su satisfacción al saber que algunos de sus miedos eran “realmente tontos”. Sin embargo, todavía se sienten incapaces de subir a un avión como lo hacen a un coche. Y depositan toda su confianza en Marian.

La psicóloga llega con las pilas cargadas y nuevas técnicas de relajación: construir imágenes mentales agradables al ritmo de una suave melodía. Son diez minutos por sesión que para la mayoría pasan en un instante. Y funcionan.

El autocontrol de los pensamientos, en cuatro etapas, es otra de las fases fundamentales. Marian insta a sus alumnos a rellenar un esquema con sus sensaciones negativas y los razonamientos que pueden convertirlas en positivas. Después, habrá que parar el pensamiento negativo con un gesto o una palabra tajante: “basta ya”, espeta rotunda Jaoine. Y comienza a surtir efecto… La segunda etapa pasa por practicar la respiración abdominal, que todos ya dominan. La tercera se basa en recibir autoinstrucciones del tipo “tranquilo, puedes superarlo, preocuparse es absurdo”, escriben los participantes en su cuaderno. Después, llegan las estrategias de distracción. “Podéis contar desde 1.350 hacia abajo de siete en siete, hacer sudokus, planificar el viaje, pensar en vuestro fondo de armario y en todas las posibles combinaciones de ropa…”, aconseja la psicóloga.

Las recomendaciones se alargan durante varias horas más.

Cuando los alumnos salen de AirQuality, en la antigua terminal de Sondika, es de noche. Van cargados con el material que les ha ofrecido Marian: cintas de relajación, una lista de consejos útiles para ayudar a viajar tranquilo, información sobre las causas concretas de su miedo…

Y la expresión de su rostro no es la misma que la de hace 24 horas. Tienen, incluso, ganas de subirse al simulador de vuelo y de poner en serios aprietos al piloto. La experiencia tiene lugar al día siguiente.

Como no podía ser de otra manera, los alumnos ametrallan a preguntas al experto, le obligan a viajar sin combustible suficiente, a realizar varios aterrizajes forzosos; situaciones que “no pasan prácticamente nunca”, matiza el profesional. Y, con todo, los pasajeros salen bien parados. Otra fase superada.

Ya sólo queda volar en avioneta. A excepción de Josune, que prefiere probar la eficacia del curso en sus viajes habituales a Nueva York, todos se apuntan. Tras tres semanas de espera por culpa del viento y la lluvia, llega el momento para Laura. Se encoge al entrar, pero por la estrechez de la cabina. Y no suda. Su sonrisa, como la mañana, es radiante. Llega mentalizada, ha seguido el consejo de Marian y ha practicado en casa.

“¿Preparada?”. “Sí”. Ya no ven una tormenta, ni turbulencias, ni un aterrizaje forzoso… Contempla las colinas y bosques, navega entre nubes. “Estoy bien”, responde a Marian, situada en la parte trasera. Tan bien, que no se lo piensa cuando el piloto le invita a tomar los mandos de la aeronave. Y acepta.

Lo ha conseguido, ha espantado el miedo, tras tantos años de angustia. Llora y ríe. Está feliz.