COMO A TANTAS OTRAS muchas cosas, las mujeres también hemos llegado tarde a la guerra. A dirigirla, me refiero, porque víctimas lo hemos sido desde siempre, aunque, eso sí, de segunda categoría: no moríamos como un valiente soldado en el frente, defendiendo a la patria, sino como simples víctimas colaterales. Históricamente, han sido los hombres los encargados de perpetrar la violencia a gran escala. Los hombres declaraban la guerra y los hombres respondían a las declaraciones de guerra. También eran hombres los que enviaban a otros hombres a morir en el frente. Patria o muerte. Dios o muerte. Siempre en masculino.
LA ESTRUCTURA de poder nos dejaba a nosotras en la parte trasera del escenario, incluso para morir, y no ha sido hasta hace un par de décadas, con Anna Politovskaya, Christiane Amampour o Maruja Torres, cuando nos hemos incorporado como activos a la guerra: soldados y también periodistas. Víctimas, al fin y al cabo víctimas también y tristemente, pero, en la parte visible de la ecuación, como a la reportera japonesa MikaYamamoto, cuyas últimas imágenes han dado la vuelta al mundo. Hace unas semanas, Mika recibió una bala en el cuello, mientras cubría la guerra de Siria. Su cámara registra el instante: se oye el disparo, el objetivo se tambalea y la imagen se va a negro, mientras el espectador imagina a la periodista, cayendo con ella.
Y AÚN ASÍ, a pesar de demostrar tanto o más valor que sus compañeros, a pesar de morir tanto o más que sus compañeros, las mujeres reporteras de guerra aún tienen que sufrir la incomprensión de parte de la sociedad. Yvonne Ridley fue duramente criticada (lo peor llegó desde sus propios compañeros periodistas) tras ser liberada de un secuestro en Afganistán a manos de los talibanes: ¿cómo no había pensado en su hija?, ¿cómo se había ido a una zona de guerra dejando sola a su pequeña hija de dos años?
OTROS OBSTÁCULOS parecen triviales, como estar al borde de la deshidratación por no atreverse a beber agua. Orinar es algo muy complicado para una periodista empotrada en una caravana de cualquier ejército, que avanza, a toda prisa, por las arenas de desiertos afganos o iraquíes. ¿Tener el periodo? Mejor hormonarse para evitar el sangrado menstrual. Incrustadas en el ejército, la seguridad de las periodistas depende de los soldados con los que viajan. ¿Cómo resistir las insinuaciones sexuales de algunos de sus protectores, de soldados que abusan incluso de sus propias compañeras? El año pasado, el Ejército de Estados Unidos investigó 3.200 casos de abusos sexuales, pero el Departamento de Defensa calcula que otros 19.000 no se denunciaron por miedo. Lo ocultan las soldados y también las periodistas. Varios informes cuentan que son muchas las informadoras que encubren el acoso sexual, para seguir trabajando en lo que les gusta: no lo cuentan para que sus jefes no piensen que son unas blandas o para que no les entre miedo a mandarlas a la guerra, porque quieren seguir siendo nuestros ojos, iluminando los que no tienen voz.
P. D.: Además, la visión de las mujeres periodistas ha cambiado las noticias que los medios cuentan en una guerra. Desde que las pioneras accedieron en masa a zonas de conflictos, tenemos acceso a más historias sobre la población civil, historias, como muchas mujeres, sobre los invisibles.