NO ME GUSTAN LOS DOMINGOS. Bueno, matizo: no me gustan las tardes de los domingos. Esta animadversión la arrastro desde que tengo uso de razón o, más concretamente, desde mis primeros días escolares. Una de estas últimas tardes de domingo, mi hijo me confesaba que su día preferido de la semana era el viernes, porque tenía por delante el fin de semana. A mí me sucede lo mismo. Me encantan los viernes y los sábados, e incluso paso por el domingo por la mañana. Pero, a partir de la hora del almuerzo, empiezo a sentirme desasosegada. Y si además es otoño o invierno y la luz de la tarde es mortecina, el desasosiego se convierte en tristeza.
CUANDO ERA PEQUEÑA, las mañanas del domingo transcurrían con una rutina que me encantaba: iba a misa con mi madre y, después, a dar un paseo. Ella compraba los periódicos y alguna revista, y a mí me compraba tebeos: Pumby, Sissi, TBO. Si hacía buen tiempo, nos sentábamos en una terraza a tomar una horchata; si era invierno, tomábamos el aperitivo con mis tíos y primos antes de reunirnos toda la familia a comer en casa de mis abuelos. Hasta ahí todo iba bien. Pero luego llegaba la tarde, que era el momento de comenzar a rozar el lunes. La dedicaba a a hacer los deberes. Recuerdo que se me iba el santo al cielo, que me distraía, amén de comenzar a sentir un vacío en la boca del estómago. Si la primera asignatura del lunes era Lengua, Historia del arte o Filosofía iba más contenta. Pero si tocaba Matématicas, la sensación de vacío en el estómago aumentaba. Sin embargo, era más la aprensión que me provocaba volver a la realidad que la realidad misma porque, en cuanto pisaba el colegio, me cambiaba el semblante, volvía a coger las riendas de mi cotidianidad y, poco a poco, me volvía la sonrisa al rostro.
RECUERDO QUE, de niña, deseaba ser mayor cuanto antes porque me parecía que ir a trabajar no se me haría tan cuesta arriba como ir al colegio. Me decía a mí misma que, cuando trabajara, nadie me mandaría, no tendría que estar quieta horas y horas en la misma silla delante del pupitre, podría hablar cuanto me diera la gana y, sobre todo, estaría haciendo lo que de verdad me gustara. Luego la vida te enseña que, en ocasiones, el trabajo puede resultar tan agobiante o pesado como, a veces, me resultaba a mí estudiar, y que cambias los rostros serios de los profesores por los de los jefes que te vas encontrando a lo largo de la vida. Aunque bien es verdad que el hecho de hacer lo que de verdad te gusta –en mi caso, ejercer el periodismo– hace que se disipen con más rápidez esas brumas del domingo por la tarde.
LO CIERTO es que, para mí, los fines de semana han dejado de ser, desde hace años, días de tregua.Cuando me siento a escribir una novela, suelo pasar por lo menos dos años sentada delante del ordenador y conmigo misma soy el peor jefe. Ya no hay viernes, ni sábados, ni domingos: las semanas no se terminan hasta que pongo punto final al libro. Aun así, algún domingo por la tarde, cuando estoy sentada ante el ordenador, no puedo dejar de sentir esa inquietud de cuando era niña. O sea, que continuan sin gustarme las tardes de domingo.
P.D.: En las tardes de los viernes comenzamos a poner un punto y aparte a nuestra realidad cotidiana. El fin de semana promete, por lo menos, descanso y una ruptura con la rutina. Incluso firmamos una tregua con los problemas que nos acechan, sabiendo que no podremos darles respuesta hasta el lunes.