¿TODO? La definición de ese todo depende de cada persona y de sus prioridades, pero me parece
que para las mujeres tenerlo todo aún significa ser capaces de lograr una perfecta, equilibrada y
exitosa combinación de familia y profesión, es decir, de hijos y profesión. Más o menos igual
que cuando yo era joven, y eso me asombra, que el debate parezca el mismo tanto tiempo
después, y el problema, también. Y lo pienso tras saber de la encendida discusión provocada
este verano por una asesora de Hillary Clinton en Estados Unidos, con un artículo titulado
precisamente “Por qué las mujeres aún no pueden tenerlo todo”. Una ex asesora, en realidad, he
ahí la cuestión que ha dado más relieve a su reflexión. Ella ha renunciado a su puesto de asesora
porque, ha dicho, “no podemos tenerlo todo”.
SE LLAMA Anne-Marie Slaughter, es una prestigiosa catedrática de Princenton y ha renunciado a
ese puesto porque le obligaba a vivir de lunes a viernes en Washington, lejos de su marido y sus dos
hijos; uno de ellos en plena complicada adolescencia. Y, a pesar del fuerte apoyo de su marido, ha
explicado Slaughter. Bien es verdad que ella ha vuelto a su cátedra de Princenton y no ha renunciado
a su trabajo, pero sí a un puesto que había ambicionado desde hacía mucho tiempo y que le ha
parecido incompatible con su labor de madre. Y, sobre todo, lo ha hecho reivindicando la necesidad
de priorizar la familia y una sociedad que coloque en lo más alto de sus valores esa opción.
ES ESA REIVINDICACIÓN la que ha montado el lío, la respuesta bastante enfadada de muchas
mujeres a las que la posición de Slaughter les ha parecido una vuelta atrás. Por ejemplo, a Sheryl
Sandberg, una de las líderes de Facebook. Y confieso que esa misma fue mi reacción al principio,
por eso y porque me irrita que este dilema siga siendo femenino, que sean en exclusiva las mujeres
quienes se lo planteen y el problema no parezca existir, sin embargo, para los hombres. Hasta que
leí con atención el largo y fundamentado artículo que ha escrito Slaughter en el número de verano
de la revista The Atlantic. Sobre su caso, pero, sobre todo, en torno a las nuevas formas de trabajo y
nuevos valores que deberíamos fomentar. Porque, argumenta con bastante fundamento, esto no se
arregla con mucha ambición o con una pareja que te apoye o con una perfecta planificación de tus
embarazos y vida profesional.
HACEN FALTA CAMBIOS profundos en varios frentes. En la cultura laboral, que exige una creciente
permanencia en las oficinas, o en los valores, que ponen en lo más alto todo tipo de actividades
extraprofesionales, pero no precisamente el cuidado de los hijos, o en la redefinición de las etapas
de las carreras profesionales retrasando al final de la cincuentena y de la sesentena el logro de los
principales objetivos. Y, sobre todo, es preciso volcarse en un objetivo prioritario: el proyecto de la
felicidad. Se trata de buscar la felicidad antes que el triunfo laboral y social. Porque, al fin y al cabo,
qué es tenerlo todo, sino alcanzar la felicidad.
P. D.: Reflexión de una profesional: “Si no aprendo a integrar
vida laboral y personal, voy camino de convertirme en esa mujer
enfadada al otro lado de la mesa de caoba, que cuestiona la
ética laboral de su personal tras jornadas de 12 horas antes de
volver a su solitario apartamento y a su nevera vacía”.