AYER, POCAS HORAS antes de escribir este artículo, protagonicé un episodio que aún me sonroja y me recuerda aquel chiste del gato, el del hombre que se acercaba en plena noche desagradable y lluviosa a una casa en busca de un gato para cambiar la rueda pinchada de su coche y en el camino desarrollaba tantos pensamientos negativos sobre el éxito de su misión que acababa espetando a los habitantes de la casa que se metieran el tal gato por donde les cupiera antes siquiera de darles tiempo a abrir la boca. En mi caso, la víctima fue una encargada de unos grandes almacenes que me preguntó si me atendían, cuando yo me autoservía en la sección de corsetería, como hago siempre, por otra parte, en mi convencimiento de que sé perfectamente lo que quiero y necesito. Y que me replicó con un "¡Muy mal!", que entendí equivocadamente como una censura a mi autoservicio, cuando le contesté que no me atendía nadie. De forma parecida al hombre del gato, me faltó tiempo para pedirle muy indignada que me atendiera otra persona, mientras me miraba entre estupefacta, su expresión se refería a la ausencia de dependientas, y resignada, yo era la del chiste del gato que le había tocado en desgracia esa tarde.
PENSÉ QUE ERA uno de esos días en que había acumulado demasiada tensión, que eran casi las nueve de la noche y la jornada había estado llena de pensamientos negativos. Que la crisis económica nos está volviendo a todos un poco más parecidos al protagonista del chiste del gato. Que, incluso sin pretenderlo, nos vemos abrumados y superados por el pesimismo y la preocupación. Sobre todo los que pierden el trabajo, igualmente quienes ven los despidos a su alrededor, y una buena parte de todos los demás, de los que mantenemos el trabajo, porque se respira una atmósfera de incertidumbre y angustia por todas partes.
PENSÉ TAMBIÉN en las circunstancias atenuantes que nos llevan a parecernos al del chiste del gato. En este caso, la frecuencia de la antipatía y los malos modos en tantos y tantos servicios en España, más que en otros países, me temo. Esos empleados que te preguntan con cara de pocos amigos, los que ni siquiera te ven, los que no te dejan acabar la frase y, luego, esos otros que pronuncian todas las fórmulas de educación, buenos días, gracias, adiós, pero miran hacia otro lado mientras lo hacen, en la muestra más insoportable de desprecio y grosería. Llega un momento en que desarrollas una intolerancia absoluta hacia todas esas actitudes, es uno de los logros de la edad, pero, claro está, de vez en cuando metes la pata, o metes el gato, en este caso.
Y AÚN MÁS, pensé que todas esas consignas de las actitudes positivas ante las situaciones negativas no parecen funcionar. Que los malos humores proliferan por doquier. Y cuando a la gente le da por reír, o por frivolizar, o por desdramatizar, también la miran mal. Por relajarse, con la que está cayendo. Todos metidos a protagonistas del chiste del gato, dispuestos a saltar enfurecidos antes siquiera de que nos abran la puerta. De que nos sonrían.
P. D.: Cáritas ha alertado de que, con la crisis, no solo ha aumentado el número de personas necesitadas de ayuda sino también la cifra de depresiones y enfermedades psíquicas. Lo ratifican los médicos. Y no hay datos sobre el aumento del malhumor, pero no hacen falta encuestas para constatarlo.