TRAS ESCRIBIR “Donde el corazón te lleve”, hace ya 18 años, seguía recibiendo cartas que
me preguntaban: “Pero, ¿cómo se puede ir donde el corazón te lleve?”. En aquel libro, la vieja
protagonista, Olga, cuenta haber oído con frecuencia, de niña, una voz “que le cantaba dentro”,
una suerte de gozo intenso y sin motivo que la impelía a canturrear a menudo en la mesa. Una
voz, sin embargo, que su madre, con una sola frase, apagó para siempre: “¡No se canta si no se es
cantante!”. ¿Y qué otra cosa era aquella voz sino la voz de su corazón? Todos, principalmente en
la infancia, hemos notado esta extraordinaria sensación de plenitud. Puede durar un segundo,
un día, un mes; en cualquier caso, está ahí, existe, y es este sentimiento la confirmación de que
nuestro corazón está vivo, abierto y lleno de amor. Luego alguien viene y nos dice: “No se canta
si no se es cantante”, y todo se nos apaga, la resignación desciende a nuestra vida.
ASÍ, EN LUGAR de seguir nuestra voz interior, comenzamos a adecuarnos a aquello que
los demás quieren que seamos. Vamos de aquí para allá, sin rumbo cierto y, de esta forma,
acumulamos errores y, con los errores, llegan las tristezas. Siempre nos sentimos más y más
infelices, nuestra vida deviene una carga que ya no somos capaces de soportar, sin que, por otro
lado, nos la podamos quitar de encima. Nuestro cuerpo, que es muy inteligente, intenta darnos
señales (dolor de estómago, asma, insomnio) pero, en lugar de escucharlo, tomamos pastillas
para calmar los síntomas y seguir adelante.
Y SIN EMBARGO, nuestro corazón siempre está ahí, en calma, en silencio, a la espera de poder
hablarnos. Su energía es inmutable, lo mismo que su luz. A lo mejor es justamente esto lo que
nos atemoriza. ¡Qué difícil es conseguir librarse de esta coraza que hemos construido nosotros
mismos! Nos sentimos mal, no somos felices, pero es la única situación que conocemos. Es
un poco como nuestra casa, y las casas no se abandonan, si no es por un desahucio, por un
incendio, por un terremoto. Al final, paradójicamente, el malestar se convierte en una especie
de manta cálida. Estamos tristes, pero nos va bien así; no le vemos ningún sentido a la vida, pero
lo aceptamos. Nos va bien así, porque no logramos imaginar una situación diferente y porque, a
nuestro alrededor, vemos que muchas personas viven igual y esto, de alguna manera, nos da la
confirmación de la “norma”.
EL PRIMER PASO es, precisamente, sentir nostalgia de nuestra infancia, de aquella voz que
cantaba en nuestro interior. El camino no es fácil, cierto, ni libre de peligros. Al principio, hasta
echaremos de menos la coraza de infelicidad, pero más tarde, cuando veamos cómo cambia
nuestra vida, nos sentiremos poco a poco más seguros, más lúcidos, y miraremos con estupor
nuestra situación de antes. ¿Cómo es posible?, nos preguntaremos. ¡Estábamos llenos de riqueza,
y nos sentíamos pobres! ¡Estábamos llenos de energía, y nos sentíamos débiles!
P. D.: ¿Cómo hacemos para renunciar a la cómoda manta de
la infelicidad? Tenemos por costumbre no estar satisfechos
de nuestra vida. ¿Y si todo pudiese cambiar, empezando por
nosotros mismos? ¿Y si volviéramos a escuchar aquella voz
que hablaba en nuestro interior cuando éramos niños?
© 2012 Susanna Tamaro all rights reserved. www.susannatamaro.it
currentVote
noRating
noWeight