YOLANDA NUNCA SUPO decir qué era lo que no encajaba, pero alguna pieza no estaba puesta en su sitio. Era algo que comenzó a sentir coincidiendo con su primera comunión. Ahora, viendo las fotos familiares, cree descubrir el porqué: todos estilizados, todos guapos, menos ella; una bolita redonda que estallaba por las costuras del traje, más de novia que de niña, que llevaba ese día. Un día, ya con veintimuchos años, llamó al Registro Civil de Cádiz para pedir su partida de nacimiento, la necesitaba para casarse. Pero la funcionaria no lograba dar con ella. "¡Qué raro! ¿No tienes la página de tu inscripción? Por tus apellidos y fecha de nacimiento no encuentro nada, pero déjame tu teléfono y veo qué ha podido pasar". Dos días después, Yolanda recibe la llamada que pone su vida del revés: no encontraban su inscripción porque sus apellidos constaban en una anotación al margen bajo el epígrafe de "adoptada por".
SU FAMILIA no era de esas de posibles, pero, ¿pagaron por ella? ¿Es una niña robada? No se atreve a preguntar a sus padres, ya muy mayores. Le da miedo hacerles daño, y eso que teme estar haciendo un daño mayor: a esa madre biológica que puede que la esté buscando. Sabe que es cobarde, pero tiene tanto miedo que a veces querría morirse. Miedo de su vida y de la que le habría tocado. Ve a Sor María en televisión, tan anciana y consumida, y está a punto de sentir compasión. Pero recuerda lo que tantas mujeres dicen que ha hecho. Robar bebés, decirles a sus madres que habían muerto y entregarlos a otra familia. Sor María no la robó a ella porque nació en Cádiz. Pero otra Sor, u otra enfermera, u otro ginecólogo, u otro sacerdote decidieron su destino, como el de decenas de miles de niños. Deberían pudrirse en la cárcel, piensa, y que la gente supiera que cometieron uno de los peores crímenes del ser humano, para que nunca más tuvieran paz.
A YOLANDA LE ATORMENTA estar viviendo una vida que no le pertenece por culpa de esa persona que, creyéndose Dios, la asignó a una familia diferente a la suya y cambió su destino y el de toda la gente de sus dos vidas. Es el colegio al que no fue, los amigos que no hizo, los primos con los que nunca jugó, la enfermedad que nunca tuvo, el primer novio al que nunca besó, el marido que no fue, o los hijos que deberían haber nacido con ese hombre pero nunca existieron. La vida que podría haber sido, pero que no fue.
EN CAMBIO, en la vida que le tocó, Yolanda suplió el lugar de una persona en la silla de la escuela y le quitó a otra una plaza en el instituto público. También hirió a un amigo en un accidente de coche y dejó de amar a un compañero de universidad que luego se suicidó. Además, ocupó un importante puesto de trabajo que hubiera sido para otro, se casó con un hombre al que nunca habría conocido, y tuvo los hijos (lo único que no cambiaría) que no le había tocado tener.
P. D.: Y si quien la entregó se la hubiera dado a otro matrimonio, ¿qué sería de ella ahora? ¿Habría estudiado lo mismo? ¿Sería más o menos feliz? ¿Tendría hijos? ¿Trabajo? Decenas de miles de personas en España están viviendo esas vidas impostadas. Un crimen contra la humanidad que no puede quedar impune.