AYER VOLVÍ a ver Niágara, la película en la que Marilyn Monroe mostraba el momento más espectacular de su belleza. Tan excepcionalmente bella que ni siquiera importaban sus escasas dotes interpretativas. Sobre todo, en la escena en la que se contoneaba con aquel vestido de noche rosa que marcaba las curvas más perfectas del universo cinematográfico. Y pienso en el contraste con otra actriz del presente, Diane Kruger, cuya belleza se sitúa en el otro extremo estético, en el de la delgadez rayana con la anorexia y el look de fragilidad infantil, y que acaba de afirmar que tal delgadez no es producto de ningún control especial sino, simplemente, del olvido. De que ella olvida comer, cuando está muy ocupada.
TANTOS AÑOS después de Marilyn, lo cierto es que los modelos estéticos de las mujeres siguen atrapados entre ambos referentes: el de la voluptuosidad y la sexualidad evidente y exagerada, y el de la delgadez enfermiza. Como si los patrones estéticos fueran incapaces de avanzar a la misma velocidad que la igualdad de las mujeres y sólo cupiera la posibilidad de ser sexys o frágiles, pero no fuertes y deportivas. Con una obsesión por las curvas que lleva a algunos excesos con la silicona, pero con otra obsesión por la delgadez que produce efectos mucho más nefastos. El "olvido" de Diane Kruger se parece demasiado a la negación griega que está en el origen de la palabra anorexia. A una negación permanente y obsesiva que produce ese cuerpo esquelético y esas facciones angulosas.
"VIGILO LO QUE COMO, pero no por mi peso. Puede sonar pretencioso pero, cuando estoy ocupada, me olvido de comer”, ha dicho Diane Kruger, como si alguien pudiera creer que ese cuerpo disminuido, casi desaparecido, fuera casual y olvidadizo. Peor que la ridícula mentira es la presunción de la frase anterior, el orgullo por la delgadez conseguida, la exhibición de la fragilidad. Y eso sí que no es responsabilidad, al menos exclusiva, de Diane y de tantas figuras públicas como ella, sino de quienes las animan y empujan a tales obsesiones. De quienes les recomiendan ese cuerpo infantil para interpretar su próximo papel, de quienes las contratan así pero no con 10 kilos más. De quienes quieren mujeres de 36 años, la edad de Diane, que parezcan niñas de 12. Débiles, dependientes, temerosas, a la espera del héroe fuerte y musculoso que las salvará, pues ellas, que habían olvidado comer, tan ocupadas como estaban adelgazando, no aguantarán ni una carrera de cien metros ni mucho menos una pelea con el malo de la película y de la vida.
DESPUÉS DE TANTAS alertas y campañas sobre los modelos estéticos poco saludables, tengo la impresión de que no hemos avanzado nada o casi nada. Al contrario, el ideal femenino es cada vez más delgado y más infantil. Como si nos hubiéramos negado a crecer, a ser mujeres, a ser fuertes y decididas, a ser iguales. No digo que volvamos a Marilyn, no. Entre ella y Diane, hay otra mujer fuerte y desacomplejada que encaja infinitamente mejor en el siglo de la igualdad.
P. D. Resulta que el 90% de los casos diagnosticados de anorexia lo son en mujeres y resulta también que esta enfermedad es más frecuente entre las clases acomodadas. Lo que hace pensar que sí son importantes los modelos públicos de referencia o que la emulación tiene una influencia relevante.