EL OTRO DÍA una amiga me contaba con gran tristeza el comentario que le había hecho la menor
de sus hijas, una adolescente que lucha cada día para aumentar sus cuotas de libertad. En el fragor
de una de sus habituales peleas, la niña le reprochó a su madre que nunca la había comprendido
pero, sobre todo, que no era “su amiga”.
CUANDO ME LO CONTÓ, yo la felicité y ella casi se enfada. “Te estoy diciendo que mi hija me
reprocha que no soy capaz de ser su amiga y tú me dices que eso es estupendo, ¿estás de broma?
Es evidente que no estoy haciendo las cosas bien”. Pero yo defendí mi tesis: si fuera “amiga” de su
hija, entonces no estaría haciendo las cosas correctamente. “Mira –le expliqué–, tu hija tendrá
muchas amigas a lo largo de su vida, unas mejores, otras peores, algunas lo serán para siempre,
otras durarán un curso. Pero madre solo te tiene a ti y me parecería un error que dejaras de hacer tu
labor para convertirte en su amiga. Eso es quitarle a tu hija algo tan importante como es tener una
madre”. Naturalmente, añadí que no ser “amiga” de los hijos no es incompatible con escucharles,
intentar desbrozar sus emociones, comprender sus contradicciones, especialmente durante la
adolescencia, y hablar, hablar mucho, cuanto haga falta, para que sepan que no están solos, que
permanecemos su lado y que nuestro apoyo siempre será desinteresado e incondicional.
A MI JUICIO, los padres que van de “colegas” de sus hijos les estan hurtando tener unos
progenitores. Amigos se pueden tener muchos a lo largo de su vida, pero los padres son los
que son y renunciar a ese papel para ejercer de amigo de los hijos me parece una dejación de
responsabilidad. Comprendo que a los adolescentes les resulta mucho más cómodo tener unos
progenitores que se comporten así, es decir, que se pongan a su nivel y que eviten instarles a
estudiar, a cumplir las normas de casa, a comportarse adecuadamente, etc.
NO ES LA PRIMERA vez que defiendo, supongo que en esta página también, que, en mi opinión,
los padres no debemos ejercer de “amigos” de nuestros hijos. Lo que no significa que por eso no
tengamos una magnífica relación con ellos, ni que no haya complicidad o que no puedan contarnos
sus problemas o compartir con nosotros lo que quieran. Eso sí, sin olvidar lo principal: que somos
sus padres y que ese vínculo tiene un cariz especial.
NO ES FÁCIL educar a un adolescente, pero también defiendo que por más que nos pongan a
prueba, no podemos ceder a su chantaje emocional. Y sé que a una le sienta como una patada en la
boca del estómago escuchar que le digan eso de “tú no me comprendes”, “no eres mi amiga”, “cómo
voy a confiar en ti...”, etc. De hecho, me costó convencer a mi amiga de que no tenía nada que
reprocharse, sobre todo, porque esta vez el conflicto con su hija se debía a que estaba empeñada en
dejar los estudios para irse a vivir un año a Londres.
P. D.: Quería dejarlo todo para trabajar y mejorar su inglés, pero
como su madre le dijo que no, la pataleta vino con reproche
incluido: “No me comprendes y me estás fallando porque no
eres mi amiga”. Efectivamente, no es su colega, es su madre. Y
eso que sale la niña ganando. ¿O no?
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