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Las labores han vuelto. Y no como ocupación doméstica para las frías noches de invierno, sino como punto de encuentro y exaltación del modo de vida “slow”. Descúbrelo.

Mira, mamá: están haciendo lo mismo que la abuela.” Ni al niño ni a nadie que cruzaba la plaza del Dos de Mayo (Madrid) aquella tarde de verano le podía pasar desapercibida la estampa: unas 80 mujeres formaban corros bajo unas lonas. Charlando, riendo o ensimismadas en la tarea, lo que las unía no era otra cosa que el acto de tejer. Tela, lana, ganchillo... La mayoría lucía una destreza adquirida a base de tiempo y dedicación. Pero también se veía a más de una que daba sus primeras puntadas. Y aunque, como el niño, tendemos a asociar el croché y sus derivados a las abuelas, la media de edad estaba en torno a los 30 años. Todo el mundo es bienvenido. Eso sí, los hombres brillaban por su ausencia.

La “Kedada para hacer punto”, que así se llama la iniciativa, se encuadraba dentro de la Semana Mundial de Tejer en Público. ¿Existe tal cosa? Pues sí. Y cada vez se apunta más gente. Tejer está de moda y, a tenor de la pasión que suscita, no parece que vaya a ser algo efímero. “Quien lo prueba, repite”, dice Alejandra Trisciuzzi, alias Bichus, una argentina radicada en Madrid que lleva años impartiendo cursos con el lema “Hecho con mimo”. “El ganchillo requiere concentración y produce adicción. Cuando terminas una cosa bonita enseguida quieres hacer otra igual o mejor. Limpia la mente: te olvidas del mundo”, dice. Terapia contra el estrés, recomendado por los médicos para los artríticos, bálsamo incluso contra la bulimia (con la mente y las manos ocupadas no queda sitio para la comida compulsiva o a deshoras), el punto no comporta más que ventajas en el terreno individual. Y también tiene una dimensión socializadora: “¿Quedamos para tejer?” empieza a ser una propuesta recurrente.

Un mundo lleno de color. Desde luego, la “kedada” madrileña tiene un éxito considerable. A lo largo de la tarde hay un goteo incesante de participantes espontáneas. Y no es extraño que los paseantes despistados sientan curiosidad, porque hay un reclamo imposible de pasar por alto: las piezas que se van concluyendo, llenas de color, revisten farolas, bancos y semáforos. Esta forma de decorar mobiliario urbano, conocida como “yarn bombing” (literalmente, “bombardeo de hilos”), nació en Holanda, en 2004, y hoy está extendida a todo el mundo. Son intervenciones inocuas, que no dañan el paisaje, y hay en ellas una cierta reivindicación de la alegría, a mirar el entorno con otros ojos. “Solo pretendemos que la  gente haga un alto, dibuje una sonrisa y siga su camino con una nota de color en su vida”, remacha Bichus. Pero no todo consiste en quedar en la plaza. Las labores pueden hacerse en casi cualquier sitio. Son idóneas para alegrarnos el trayecto en autobús, llevarlas a la orilla o tenerlas a mano en casa. Para muchas personas, además, es más que un hobby: tiene que ver con una cierta forma de entender la vida.

La tendencia “slow”, que apuesta por ralentizar el reloj del trasiego diario, encuentra en el hábito de la costura un filón. “El “do it yourself” (hazlo tú mismo) se está imponiendo”, dice Teresa Barrera. Ella abrió hace poco más de un año, en Madrid, el Teté Café Costura, un local donde, por un módico precio, puedes disponer durante una hora de una de las ocho máquinas de coser. De regalo, un café o un té. El ambiente es relajado y los clientes cosen al compás del “Gimme Shelter” de los Rolling Stones. La oferta se completa con talleres. Hace poco, impartió uno Assaad Awad, un diseñador libio famoso por sus trabajos para Lady Gaga.
Les enseño a fabricar unas gafas de sol con tonos dorados. Y es que para aprender siempre estamos a tiempo, ya sea a diseñar piezas de vanguardia o técnicas de toda la vida que, advierte Teresa, no siempre dominan bien nuestras mayores. “El encaje de bolillos, por ejemplo, se estancó muchísimo durante el franquismo. Aquí, a veces, vienen abuelas que se creen que lo saben todo pero no es así. En España llevamos 20 o 30 años de retraso”.
 Mucho más sorprendente, como retraso, es el machismo con el que muchos prejuzgan esta actividad. Una de las chicas más activas del movimiento lo resume así: “Hay que ser muy hombre para hacer punto.” Y los hay, pero son minoría. Los dueños de la tienda La guerra de los botones esperan paliar esta situación enseñando a las nuevas generaciones a ver las labores de otra manera. Además de vender productos relacionados con la costura, ofrecen cursos, muchos orientados a los más pequeños. El propio nombre de la tienda (un guiño al libro de Pergaud y a la película basada en él) propone, en cierta forma, una vuelta a la infancia, una reivindicación explícita de lo lúdico como motor de nuestras vidas. Mara Ubierna y sus dos socias, tejedoras aficionadas, se dieron cuenta de lo complicado que era, en Madrid, ser aficionado a las labores y decidieron poner una tienda para “puntoadictos”. “Nuestra idea es facilitarle a la gente la tarea. Aquí pueden encontrar de todo y, además, aprender y compartir experiencias”, explica Mara. Y, desde luego, no dejan de entrar clientas. Una de ellas pide información de los talleres de bordado. Otra trae unas imágenes que ha buscado en la red de “punto de cruz a la japonesa”. Se las enseña a Mara y le pregunta si puede conseguir eso. “Se me dan bien el ikebana y el origami”, presume. Y añade: “Con esto de la crisis, hay que volver a lo tradicional, lo económico, lo que ha funcionado toda la vida ha funcionado. A este paso, igual volvemos al trueque. Y a cultivar la tierra.”

TRICOTANDO HACIA EL ARTE
Este boom tiene también su refl ejo en el arte. Louise Bourgeois, Sonia Delaunay, Eva Hesse o Joana Vasconcelos son solo algunos nombres que testimonian la importancia cada vez mayor que tiene la costura en el desarrollo del arte contemporáneo; un ejemplo de lo difusos que se vuelven los contornos que delimitan arte y artesanía. Para muestra, la exposición “Un cosmos” (hasta el 24 de septiembre, en el Museo Reina Sofía de Madrid), Rosemarie Trockel exhibe un sofá negro de cuero en cuyo centro se extiende una manta negra bordada en lana gruesa. Su título: “Replace me” (reemplázame).

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