Su mirada está fija en su teléfono móvil. Los dedos tecleando a ritmo adolescente. Entre periodista y periodista, a Amanda Seyfried le da tiempo a mandar un mensaje al mundo exterior, ese que se extiende fuera de las cuatro paredes de una habitación de hotel de Los Ángeles, lejos de sus obligaciones promocionales y su papel de estrella. Cuando termina, levanta la vista y saluda con una sonrisa tímida y algo cansada. Toca hablar de ella y no se le da demasiado bien.
Su brillante melena rubia y unos enormes ojos verdes le hacen dueña de una de esas bellezas etéreas, que es una mezcla de dulzura, fragilidad y unas gotas de misterio. Pero ese solo es el reluciente cascarón. Amanda Seyfried, con su percha menuda y una voz suave y cálida, está a punto de romper el hechizo. En el thriller 'Sin rastro' (ya en cines), interpreta a una joven que fue secuestra por un asesino en serie y logró escapar. Ahora, la desaparecida es su hermana y ella, convencida de que se trata del mismo hombre, pone en riesgo su vida por encontrarla.
"Hay asesinos sueltos enterrando cuerpos en bosques y nadie los detiene. Esa noción me resulta terrorífica", explica. Pero, ¿qué haría ella en una situación como esa? "Cuando quieres tanto a una persona, harías cualquier cosa por ella. Si la adrenalina entra en juego, nada puede detenerte. Es como estar sobre una lanzadera de cohetes". Pero, ¿sería capaz de matar? "¡Joder, ya lo creo! Si mi hermana o mis padres estuvieran en peligro, no dudaría ni un instante en matar a alguien. En realidad, no hay reglas cuando se trata de tus seres queridos".
En apenas un minuto, Amanda Seyfried ha dinamitado una primera impresión. Es mucho más fuerte y más compleja de lo que aparenta enfundada en su uniforme de estrella: vaqueros, una chaqueta gris perla entallada y zapatos de estampado felino. No es el único conejo en su chistera. Seyfried, de 26 años, no teme llamar a las cosas por su nombre, una extravagancia entre las estrellas jóvenes que jamás violan la corrección política. "Cuando eres una niña fantaseas con un Hollywood más exagerado, más brillante, más bonito, lujoso o divertido. Pero no es así. Todo el glamour se desvanece, no es divertido... Solo es momentáneo y no tiene ningún significado. Todo ese brillo es fraudulento", explica mientras se revuelve en el sofá hasta encontrar una postura cómoda. Tampoco se deja deslumbrar por un estilo de vida financiado por cheques llenos de ceros. "Tengo mucha suerte de tener acceso a tantas cosas materiales, pero todo eso no llena tu alma. En absoluto", confiesa con una mueca.
Sin miedo
Por la forma que tiene de expresarse, por los suspiros que preceden a sus respuestas, se nota que quiere decir exactamente lo que piensa y no ceñirse al guión que el publicista de turno haya escrito para ella. De sus palabras emana una sola conclusión: busca la normalidad desesperadamente. "En Hollywood, como en todas partes, también hay gente maravillosa. Así que trato de buscarla y de rodearme de personas normales". Se refiere, quizá, a su "manía" de salir con otros actores como Dominic Cooper, con el que tuvo una relación de tres años, Alexander Skarsgård o Ryan Phillippe. Quizá para evitar los riesgos de la endogamia, confiesa que no es una criatura nocturna y que prefiere quedarse en casa con su perro a salir por la noche.
Empezó trabajando como modelo infantil para catálogos de ropa con 11 años, aunque ha confesado que "no era una modelo mona. Estaba demasiado flaca y llevaba aparato". Luego, estudió canto y hasta tomó clases de ópera, aunque recuerda con cierta vergüenza sus inicios en un par de culebrones televisivos. Pero la penitencia duró poco y pronto se hizo un hueco en el cine interpretando a la hija casadera de Meryl Streep en '¡Mamma Mia!'. Más tarde, cubrió el cupo romántico ('Querido John'), el fantástico ('Caperucita roja') e incluso el del thriller de acción ('In time'). Una carrera ecléctica dibujada con escuadra y cartabón para cumplir un simple objetivo. "No me siento encasillada en el papel de chica guapa dice–. Creo que soy capaz de interpretar cualquier personaje, aunque el resto de la gente no lo vea", dice mientras saborea una taza de té.
Pero convencer al resto es imprescindible en este negocio. Y esa es una competición agotadora, reconoce Seyfried, que tiene que enfrentarse por los papeles más golosos con otras actrices de su quinta como Blake Lively, Kristen Stewart, Mia Wasikowska o Carey Mulligan. "Es una lucha constante... Intento que no me afecte demasiado y que no destruya mi ego. Cuando no consigues un papel, intentas pensar que no era para ti. Además, siempre hay otra película esperando".
Olivia Wilde, otra de sus rivales naturales, tiene una interesante teoría al respecto. Dice Wilde que, para sobrevivir en la jungla de Hollywood, ella se comporta como una mujer de negocios al frente de una empresa cuyo único producto es ella. Seyfried no está de acuerdo. "No creo que tenga que venderme a mí misma, el producto es la película o el cosmético que esté promocionado, no yo. No soy un producto, y aunque lo fuera, no me gusta enfocarlo así. Eso sería jodidamente triste".
"Garganta profunda"
Tampoco está dispuesta a ser una esclava de su propia imagen. Y cuando se le pregunta por la tiranía de la estética que subyuga a su gremio, resopla y se queda pensativa por primera vez. "A veces, cuando me preparo para salir a cenar me miro en el espejo y no me convence lo que veo... Pero nadie en su sano juicio diría: "Podría cambiarme la nariz o corregir esto o aquello". De vez en cuando, puedo caer en ese tipo de cosas, pero jamás lo haría porque me parece demasiado trabajo para algo que, en realidad, no tiene ningún significado", dice enredándose un poco en su propia respuesta. Es la marca de la casa. Piensa mucho. A veces demasiado. De hecho, ha confesado que sufre ataques de pánico irracionales y que está asistiendo a terapia para superarlo.
La montaña rusa de emociones a la que debe subirse cada vez que se sumerge en un personaje no ayuda demasiado. "Para mí lo más agotador de este trabajo es pasar página. Sentir con tanta intensidad, estar tan concentrada y, de pronto, terminar de rodar y enfrentarte a ese vacío me deja exhausta. Es un proceso muy apasionado. Ahora mismo estoy agotada".
No lo dice, pero se refiere a la película sobre la actriz porno Linda Lovelace que acaba de terminar de rodar. Es el papel soñado para una actriz emergente como ella: un personaje real, la dosis justa de escenas tórridas y una historia controvertida: la que llevó a la estrella de "Garganta profunda" a convertirse en una activista contra la pornografía. "Estaba aterrorizada porque mi trabajo es capturar la esencia del personaje. Ella tuvo una vida muy dura y darle voz es una gran responsabilidad para mí". Dice que invirtió mucho tiempo documentándose y no se sonroja al admitir que tuvo que ver mucho porno. "Me preocupa que el porno sea tan accesible para los niños
a través de internet. ¿Es así como van a percibir a las mujeres? ¿Es así como van a aprender cómo se trata a una mujer? –reflexiona en voz alta para matizar a renglón seguido–. Tampoco estoy en contra de la pornografía, porque puede ser una buena herramienta para alguna gente". Y vuelve a matizar: "Pero comprendo el punto de vista feminista, porque puede ser muy degradante para las mujeres".
¿Y ella? ¿Se siente feminista? "Creo que todas las mujeres se deberían sentir feministas. Pero tampoco soy radical. Además, aún estoy desarrollando mis propias opiniones...". La entrevista termina y ella vuelve a su móvil. Lejos de esa habitación, de la grabadora y el sofá, y del glamour fraudulento de Hollywood. Allí donde solo es una chica más de 26 años desesperada por ser normal.
Muy personal
- Amanda Michelle Seyfried nació en Allentown, Pensilvania, el 3 de diciembre de 1985. Su padre, Jack Seyfried, es farmacéutico y su madre, Ann, terapeuta ocupacional. Tiene una hermana mayor que se dedica a la música.
- Si no hubiera sido actriz, le hubiese gustado estudiar Meteorología en la Universidad.
- Su prenda fetiche son los vaqueros. Los colecciona porque los considera muy sexys.
- Cuando tenía 11 años estaba obsesionada con Leonardo DiCaprio.
- Le gusta hacer punto y crear tarjetas de cumpleaños para sus amigos.
- Presume de sentido del humor grosero. Se tatuó la palabra minge (vagina en inglés) en el pie izquierdo para reírse cada vez que lo viera.