La juez Carla del Ponte, exfiscal del Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia, es una de esas personas gracias a las cuales hay verdadera esperanza en este mundo. Y justicia. ¿Qué es la justicia? Es templanza, paciencia, exactitud. Un trabajo minucioso y constante en busca de fechas, palabras, cifras. Y no por eso carente de la más elemental emoción humana: la empatía con las víctimas, el afán de defender a los que han sido masacrados y heridos.
Carla mira recto a los ojos. Es contundente y perspicaz en sus respuestas y en sus preguntas. Precisa y rigurosa. Gracias a esa seriedad la vida de muchos es un poco mejor. Menos mal que está ella para leer los documentos, para tomar decisiones, para no dejarse amilanar por la vanidad de los políticos, ni por las mentiras y las amenazas de los asesinos. Hay tanta gente que habla de más, tantos malos, y estúpidos, que nos hacen la vida tan difícil.
Carla conoce bien lo que es el mal, esa negrura que devora todo lo que hay de humano en esta tierra y lo convierte en vidas rotas. Quizá por eso su mirada es tan directa, porque no tiene tiempo que perder, ni emociones ni palabras que malgastar. Sus ojos son como ese bisturí que de niña le fascinaba ver cómo lo manejaban sus hermanos médicos, antes de convertirse en otra especie de experta cirujana: la que extirpa las manzanas podridas de la cesta, la que restituye la dignidad a las víctimas.
A las mujeres como ella se las llama frías, damas de hierro, duras, secas. Es como si una mujer consciente de su deber perdiera algo de su ser, como si la feminidad fuera algo blando, húmedo y eternamente sonriente. “Los gobernantes te dan besos, como si necesitaras apoyo”, cuenta. “¿Por qué me besa este desconocido?, pienso yo. Y le doy la mano”. Gracias a Carla, la gente se va enterando de que la feminidad, la de verdad, es otra cosa, igual que la auténtica masculinidad: un estado moral, que nos hace seres humanos plenos, capaces de emplear a favor de otros seres humanos nuestros talentos.