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No es la hija de papá, sino el último eslabón de una saga familiar de cocineros que ha convertido la periferia de San Sebastián en el centro del universo gastronómico.

El día amanece nublado en San Sebastián y empieza a chispear. Un clásico de la meteorología local que no acobarda al fotógrafo y mucho menos a Elena Arzak, que ha quedado en venir a recogernos al hotel, como si nosotros fuéramos los importantes, y no al revés.

Cuando al fin nos encontramos, tardo unos segundos en reconocerla porque estoy acostumbrada a verla en las fotografías con la coleta y el mandil blanco, y la mujer que tengo enfrente es elegante y coqueta, pequeña, con el pelo suelto y las uñas de los pies pintadas de azul pálido, a juego con las manchas de su foulard. Ha venido a recogernos en un Lexus híbrido, tamaño todoterreno y al volante está Pío, el bodeguero de la casa. “En realidad este es el coche de mi padre –explica la cocinera–, pero el mío lo necesitaba mi marido y el de Pío lo necesitaba su hijo”. El conductor asiente. Tiene el pelo blanco, muy corto, y parece uno de esos hombres leales con cuyos silencios podría escribirse un libro. “Lleva en la casa más de 30 años, como su mujer, Kontxi, que es nuestra maître”.

Desde que la revista inglesa Restaurant la eligió como Mejor Chef Femenina del Mundo, Elena Arzak no ha parado de atender a la prensa. Me cuenta que está agotada y que lleva unos días con unas décimas de fi ebre, pero después de decirlo se retracta, como si fuera un pecado estar cansada. “Últimamente salgo tanto en la tele que mis hijos piensan que soy de los Lunis pero... ¿de qué me voy a quejar? Esto solo se vive una vez y pasará”. Mañana viaja a Goteborg para recoger un premio que reconoce su labor innovadora con el pescado y a ofrecer una clase magistral.
Vamos al extremo de la bahía de La Concha, a fotografiarla junto al Peine del Viento, y antes de marcharnos se nos acerca una americana que resulta ser Patricia Schultz, la autora del “best-seller”, “1.000 sitios que ver antes de morir”. Una guía que ha vendido más de seis millones de copias en todo el mundo e incluye el restaurante de Arzak como cita obligada. Elena, ilusionada, la invita a comer. “No sabes la cantidad de gente que ha llegado a nuestra casa con su libro en las manos”. El restaurante está a unos 20 minutos del centro de la ciudad, en la N-1 a su paso por Alza, cerca de Pasajes, en una colina llamada Alto de Miracruz (pero que todos llaman Alto de Vinagres, desde que en el siglo XIX se le avinagró una partida de vino al abuelo de Juan Mari). “Mira, esa es la Iglesia de la Asunción donde bautizamos a mis hijos”, me dice desde el coche. Elena tiene 43 años y se casó hace 10. Es madre de Nora, de siete años, y Mateo, de cinco (un gourmet de los macarrones con tomate). Su marido es arquitecto y ha diseñado la cocina y la nueva bodega de Arzak. “Le conocí en el Festival de Cine de San Sebastián. Era amigo de una amiga. Yo tuve un tropiezo, me rompí el pie, allí estaba él y no te cuento más...”, ríe traviesa. Cuando llegamos a la puerta del restaurante no puedo evitar una cierta decepción. Hasta aquí peregrinan japoneses y americanos como si fuera una catedral gótica, pero lo cierto es que (aunque por dentro es de una elegancia zen) en el exterior parece un restaurante de carretera más, casi un merendero. “Nunca nos hemos querido marchar de aquí porque para nosotros es como el salón de casa y cambiar de casa sería como cambiar de alma”. Algo inconcebible para Arzak que, si algo tiene en el ADN, es la fusión con la tierra.

El arraigo. Juan Mari nació en este mismo edifi cio, que empezó como una taberna y casa de comidas en 1897, de la mano de sus abuelos, Jose María y Escolástica. En la siguiente generación, Paquita, la madre de Juan Mari, le dio un impulso al convertirlo en un restaurante especializado en banquetes y celebraciones familiares. En 1966 entró él para encargarse de la partida de carnes asadas al carbón vegetal; a mediados de los 70 empezó hacer la revolución y, en los 90, se incorporó Elena. Lo cual nos lleva a la pregunta inevitable. En el Arzak de hoy, ¿quién hace qué? Y la respuesta, como en Lennon & McCartney, es complicada. “Somos un tándem. Ni mi padre está jubilado ni yo llevo la cocina sola”. Pau Arenós, autor de “La cocina de los Valientes” (Ediciones B) y crítico gastronómico, describe el binomio padre-hija de Arzak como una fórmula excepcional: “Los contemporáneos de Juan Mari hace rato que dejaron el riesgo, pero Elena actúa como revulsivo, y es la mujer que no deja enmohecer la herencia, la que la renueva y la fi ltra. El padre es experiencia y la hija es exigencia. Juntos han encontrado en la discusión permanente, entre ellos y con el equipo, su forma de creación”.
Elena creó su primer plato a los 19 años, una ensalada que llevaba unos filamentos de bonito, a la que llamó Tonttor porque se parecía a la cumbre de una montaña. “Cuando se la enseñé a mi padre le encantó, pero me cambió la salsa. Y a día de hoy seguimos igual aunque, claro, ahora me corrige menos”. Reconoce que parte del método Arzak consiste en cuestionar al otro. “Una vez, hace años, hice una tortilla normalita pero con chocolate. Llegué, se la presenté a mi padre con un helado y una salsa y me dijo: “Está exquisito, pero feo feo”. Dilema: si ponemos esto la gente se va a pensar que nos hemos vuelto locos... Así que le damos vueltas y al cabo de una semana viene y me suelta: “Ya lo tengo”. “¿El qué?”, le contesté. Porque mi padre y yo nos llevamos muy bien, pero no paramos de discutir. “Vamos a coger la tortilla, le hacemos dos cortes laterales, le ponemos dos florecitas y verás qué bien queda”. Al fi nal la metimos en la carta como “tortilla fea de chocolate”. Y es que para nosotros la cocina es algo muy serio, pero nos encanta que tenga una pizca de humor”.

Jugar en serio. Ese aire juguetón es marca de la casa. Lo tiene Elena. Pero todavía más su padre, que hace su entrada en el salón con el típico aire socarrón del norte. “Aitá, me están haciendo fotos para Mujer hoy – le dice Elena–. Es solo para mujeres, así que tú no puedes salir”. “Pero ¿por qué no voy a salir si yo soy bisexual?”, le contesta muy serio. Se hace un silencio y de repente suelta una carcajada. Con él pasa como con la mayoría de personajes televisivos. Te da la sensación de que les conoces de toda la vida. Lo raro es que con Juan Mari la familiaridad es de ida y vuelta: tiene para todos una pregunta o un guiño cómplice y te trata con un cariño sin condescendencia que te hace sentir especial. Cuando mira a su hija, se hincha de orgullo pero, como es un guasón, cuesta saber si habla en broma o completamente en serio: “Yo es que todavía no me creo lo que nos está pasando. Es como si le pasara a otro. "Una cosa de ciencia ficción".
Elena baja la mirada con timidez cuando escucha los elogios. “Mis padres siempre me han dejado hacer lo que he querido. Son muy libres, muy modernos. Si te descuidas, más que yo”, me dice. Se le nota que toda la vida ha sido una hija ejemplar. Tal vez en exceso, y me confiesa que su peor defecto es ser “demasiado ordenada”. ¿Perdón? “Me lo dice toda la gente que me conoce. Tengo que ser más desordenada y sé que lo voy a conseguir”.

Tecnoemocional.
Su propósito es fi rme, así que me la imagino haciendo un esfuerzo por dejar los botes de especias abiertos y los platos sin recoger. Pero no creo que lo consiga. Eso se tiene o no se tiene. Y a ella le gusta controlar. De hecho, antes de empezar la entrevista, saca un largo dossier de prensa y me avisa de que me lo va a leer antes de las preguntas. “No voy a tardar nada”, dice, pero tarda. Ahora entiendo por qué todas sus entrevistas se parecen tanto. Lo que me cuenta ya lo he leído en otras fuentes. La historia de la casa Arzak y la importancia de las raíces; que su madre, Maite Espina, responsable de los temas administrativos del restaurante, es una pieza fundamental... que ella es la cuarta generación, que la vanguardia de la nueva cocina vasca empezó con su padre y Subijana en el año 75, infl uidos por Paul Bocuse y la “nouvelle cuisine”... Quiere que quede muy claro que hay otros detrás de ella (en su equipo y en su historia) y que solo es la cara visible de un trabajo colectivo que viene de lejos. “Describirse a uno mismo es muy difícil, pero con los años hemos llegado a la conclusión de lo que aquí hacemos es cocina de autor, de evolución y vanguardia, vasca”. ¿Y qué queda de la cocina tradicional vasca en la revolución tecnoemocional de Arzak? “Hay un código de sabores que llevamos en el inconsciente –me explica–, que no es ni mejor ni peor, pero que se traduce en que nos gusta el perejil, el ajo, el pimiento, el pescado poco hecho y el azafrán. Aunque usemos sabores de todo el mundo, como tandoori, loto, sésamo, lima, jengibre o mole mexicano, nuestras tradiciones son el tamiz a través del que filtramos todo lo que nos llega de fuera”.

Elena es una mujer cosmopolita.
Estudió en el Colegio Alemán de San Sebastián hasta COU; habla euskera, inglés, francés y alemán; y se formó como cocinera en la escuela de hostelería de Lucerna (Suiza). Cuando terminó sus estudios, realizó diversas estancias en algunos de los restaurantes más importantes del mundo: La Gavroche, en Londres; Vivarois, en París; Louis XV, en Montecarlo; Antica Hosteria di Ponte Cassineta, en Lugano, El Bulli... Dice que le impresionó Ferran Adrià “porque me pareció muy imaginativo y me di cuenta de que lo hacían todo con mucha seriedad. En El Bulli aprendí muchas técnicas nuevas, como un granizado de piña muy fino. Yo siempre había hecho granizados con volumen, no finos, y eso me dio opción a hacer muchas otras cosas, como un granizado de txangurro muy etéreo. De todos he aprendido, pero él me impactó”. Después de seis años fuera, Elena volvió al Alto de Vinagres con ideas frescas. “Le dije a mi padre que me gustaría utilizar menos elementos en cada plato y me hizo caso, pero como es tan extremista se pasó de minimalista”. ¿Y por qué cree que su padre usaba tantos ingredientes? “Era una cuestión generacional. Se llevaba. El resultado era muy bueno, pero a mí me parecía un poco confuso y mi generación tiende a la aparente sencillez. Otro de los cambios que le propuse fue el de la escenifi cación. Antes teníamos una monovajilla. Le dije: “¿Por qué no le damos alegría a los platos?”. Y entonces él empezó a comprar vajillas y a diseñarlas... hasta el jefe de cocina le tuvo que decir: “Juan Mari, que me vas a volver loco, no traigas más platos porque ya no tenemos donde meterlos”. Pero él estaba tan emocionado... La diferencia fundamental entre nosotros es que él es más rápido y yo soy un poco más lenta; él es más de impulso, yo más de reflexión... Mi madre es muy valiente y yo soy una mezcla de los dos”.
A la una y media comienzan a llegar los clientes. Hay dos plantas con espacio para 60 comensales. Un grupo de ocho belgas ha viajado hasta San Sebastián solo para comer en Arzak; hay japoneses, norteamericanos, una pareja de Madrid y un grupo de compañeros de una fábrica de máquina-herramienta de Azkoitia, que ha ahorrado todo el año para estar aquí. Elena nos pregunta, toma nota y comienza el festín: puding de kabrarroka con kataifi ; ensalada de tapioca y cítrico; bogavante coralino; anchoas con fresa marinada; uchuvas, espelta y rape... ¿De verdad alguien se ha quedado con hambre alguna vez en un restaurante con tres estrellas Michelin? Solo el cordero con romero y cúrcuma se me hace algo pesado y me atrevo a decir que no me ha matado. Sale entonces Juan Mari de la cocina preocupado y me pide permiso para comérselo. Se lo lleva y al rato vuelve para decirme con toda amabilidad: “No te ha gustado, pero es exactamente lo que queríamos hacer”.

MUY PERSONAL
¿Qué comió ayer?
Lentejas.
Sueña con comida... Muy a menudo. Sobre todo cuando tengo un plato entre manos que no me convence. ¿Cuándo empezó a cocinar? Con 10 años hacía souffl és de todo tipo (salados y dulces). Carecían de técnica y enseguida se hundían, pero mi familia se los comía.
¿Cuándo se dio cuenta de que su padre era un revolucionario? Yo debía de tener nueve años cuando me dijo que iba a eliminar el buffet de postres. “Los vamos a emplatar”. No me lo podía creer.
Famosos que han pasado por Arzak y le han impresionado... Barbra Streisand, Bruce Springsteen y Marisa Paredes. Una película clave en su vida. La danesa “El festín de Babette”. En esta casa parecen muy austeros.
¿En qué se gasta usted el dinero? En viajar y en comer, por supuesto, pero también en bolsos y en ropa. Aunque parezca mentira, soy muy presumida.
¿Dónde celebró su boda? Fue algo muy pequeño en Akelarre, de Pedro Subijana.
¿Y qué comieron? Hubo lubina y cordero, entre otras muchas cosas.
¿Hay mucha gente rara en la cocina? Sí, necesitas una chispita de locura para ser cocinero y yo creo que la tengo, aunque a mi padre se le vea más.
¿Es verdad que con su hermana habla en alemán? Lo hacíamos de pequeñas, para que no nos entendieran nuestros padres...

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