Podía haber sido el día más feliz de la vida de Wu Minxia, la atleta china que el pasado domingo se colgaba en los Juegos Olímpicos de Londres el oro junto a su compañera He Zi. en la modalidad de salto de trampolín desde tres metros sincronizado. Pero no o fue.
Por todos es conocidos la férrea disciplina de los deportistas chinos cuando están concentrados en prepararse una cita olímpica. Durante años Wu ha vivido en una auténtica burbuja, ajena a todo lo que le rodeaba, incluso sin saber nada de lo que pasaba con su familia.
Fue el pasado lunes cuando se enteró de todo. Llamó a su casa para compartir su alegría con su familia y descubrió la amarga realidad. Mientras ella estaba centrada en entrenarse y en convertise en una de las mejores clavadistas del mundo, sus abuelos fallecieron y a su madre le diagnosticaron un cáncer de mama hace ocho años y la lucha está siendo más complicada de lo que el diagnóstico médico preveía en un principio.
Sus padres decidieron no contarle nada que pudiera apartarla de la gran meta de su vida: la victoria. "Nunca hablamos de asuntos familiares con nuestra hija", aseguraba el padre de la deportista, Wu Jueming, hace ya unos meses al diario 'Shanghai Daily'.
Es cierto que a los orientales se les ha tachado siempre de fríos y calculadores, pero, ¿dónde están los límites? El debate sobre el modo de operar en China con los deportistas está a la orden del día. El objetivo es ganar el oro por encima de todo, cueste lo que cueste. Y, desde muy pequeños, a los niños con aptitudes para un deportes se les aparta de sus familias con esa única meta.
Hay comentaristas deportivos que no se han mordido la lengua y han alzado la voz en contra de este método, como Liu Hongbo, del 'Oriental Morning Post', pero no todos están de acuerdo con él. Esta historia pone sobre la mesa la pregunta de si el fin justifica los medios.