TÚ VIVÍAS tan tranquila hasta que un día una amiga te confiesa que se
pone muy nerviosa haciendo pis en público (léase público como cubículos
apenas separados por un insignificante tabique levantado a un palmo del
suelo). Le aterra pensar que van a escuchar cómo su chorrito suena al
tocar el agua de la taza. Para evitar el ruidito sin llegar a sentarse
en el baño (porque todo el mundo sabe que la mejor manera de fortalecer
los músculos de las piernas y los glúteos es acudir con frecuencia a un
lavabo público), tu amiga te muestra una tabla de equilibrios imposibles
que consiguen que la orina no toque agua sino la porcelana, la cerámica
o el material que sea del que esté hecho el inodoro. Y lo más
importante: tener el caudal controlado, soltarlo poco a poco, para que
suene lo menos posible.
CUANDO TU amiga también te confiesa que
ha tenido un par de infecciones de orina de tanto aguantarse el pis (y
algún amago de deshidratación por no beber una gota cuando está fuera de
casa), piensas que está mal de la cabeza. Piensas. Hasta que te
descubres a ti misma escuchando por primera vez el ruido del chorrito en
el agua del WC. Y ya no puedes dejar de oírlo. El ruido te persigue. Y
te vuelves paranoica. Y pones en marcha los ejercicios imposibles para
que no te oigan ni los de los cubículos de al lado ni los de la oficina
de enfrente.
OTRO DÍA tu dentista te dice que tienes uno de los dientes una milésima
de milímetro un poquito más largo que el resto y que al sonreír se ve. "No te preocupes mucho –te tranquiliza–, porque yo soy una maniática de
los dientes marcados con tiralíneas". Tú no lo habías notado nunca pero,
ahora que lo dice tu dentista, tienes pesadillas con ese piquito que
sobresale de la línea recta que es tu dentadura. Así que no pasa una
semana y ya estás de vuelta en su consulta para que, por favor, te lo
arregle, mientras piensas que cuánta gente debería hacer lo mismo ¡y es
que desde hace unos días todo el mundo tiene piquitos dentales!
Y YA NO RECUERDAS de qué iba la conversación, pero hace poco tiempo un
amigo te dijo que no soportaba que su mujer colocara el papel de baño al
revés. "¿Al revés?", preguntas tú. "Sí, al revés –te contesta tu
amigo–, con la parte que cuelga pegada a la pared y no hacia fuera, con
lo que nos obliga a contorsionarnos para coger un trocito con el que
limpiarnos el trasero". Desde que él te reveló esta información,
calculas que un 75% de las casas y baños que has visitado tienen el
papel higiénico colgando en la postura incorrecta. Otra cosa de la que
tampoco te habías dado cuenta hasta que alguien te lo dice es de la
tricotilomanía: esa gente que se toca y estira el pelo de manera
compulsiva. Piensen y observen. ¿A cuánta gente conocen con ese tic?
Seguro que desde hoy no paran de ver tricotilomaniacos por el mundo. Es,
por cierto, un problema médico crónico que afecta al 1,5% de los
hombres y al 3,4% de las mujeres. En su modo más agudo es un transtorno
obsesivo compulsivo que lleva a estirar tanto el cabello que se arranca
de raíz y se pierde.
P. D.: Maniáticos somos todos. Desde Nadal estirándose el calzoncillo antes de cada saque hasta la persona que entra siempre de nuevo en casa para comprobar que todas las luces están apagadas. Pero no hay como que te cuenten las manías del personal para que, de un modo u otro, las hagas tuyas.