Mi trabajo no es
únicamente debatir y hacer oposición en
las sesiones de control al Gobierno, conceder
entrevistas en los medios o dar mítines.
La política, al menos la mía, lo inunda todo.
O casi todo. Incluso cuando nadie me ve.
Mi despacho está siempre abierto, sobre
todo para particulares o asociaciones que
nos visitan para pedirnos ayuda y colaboración,
algo que no se les puede negar y se
merecen. Además del desayuno, no perdono
la cena en casa. Cenas que salen de lo
que yo misma preparo los fines de semana y
que planifico con detalle.
El ritual comienza
con las llamadas a la familia. Primero, mis
suegros, y después, charlo unos 15 minutos
con mi madre, que es quien de verdad me
da el pulso de las dificultades del día a día
y en quien encuentro la mejor valoración
y análisis de la jornada. Conversaciones de
las que saco, incluso, alguna que otra frase
para el debate en el Pleno del Congreso.
Rara vez falto a la cena en
casa. Sólo en casos contados
y excepcionales acudo
a cenas de trabajo. Tras recurrir
al “tupper”, un buen
libro o una película, casi
siempre vistas a trozos.
Mi marido se encarga del desayuno, pero no
sólo eso.
Soy una privilegiada, porque todo
lo que tenga que ver con la organización de
la casa y la limpieza lo dejo en sus manos,
algo que debo agradecer a mi suegra. Para
mí hemos reservado otras tareas: la compra,
algo que me gusta hacer carrito en mano el
fin de semana; la plancha, que me distrae y
me relaja... La cocina es mi dominio. Y una
de las aficiones a la que, si
pudiera, me gustaría dedicarle
más tiempo y mimo.
Pero, de momento, me
conformo con los fines de
semana para dedicarme a
los fogones.
Hablando de los fines de semana, ya os decía
que la política lo inunda prácticamente
todo. A veces incluso el tiempo de “descanso”.
Este trabajo impide que se pueda
apagar el móvil porque nunca se sabe qué
puede ocurrir o a qué se debe responder.
Ni cuando se gobierna ni cuando se están
en la oposición. Imprevistos que te pueden
asaltar en plena sesión de plancha. Pero
para eso está el manos libres. Además, reservo
parte de la tarde de los domingos a lo
que yo llamo mi “momento Facebook” de
la semana. Me encargo personalmente de
atender mi página en la red social, algo que
me permite estar en contacto directo con
los votantes. Y me encanta.
Lo normal
es que el fi n de semana sea mío, y para los
míos. La familia y los amigos
de mi marido están en Badajoz
y los míos, en Valladolid,
así que nos repartimos el mes
en visitas a nuestras casas. Allí
el tiempo es sólo para ellos y
nunca hablamos de nuestro
trabajo. Salir de cena, tomar
un aperitivo y hablar, sobre
todo ellos. Nunca planifi camos
qué hacer en estos viajes. Las
únicas que marcan el ritmo
son mis sobrinas, a las que
dedicamos todo el tiempo que
podemos y quienes ya nos están
echando de menos antes
de marcharnos. Es de agradecer,
primero, que mi marido
entienda lo extraordinario de
mi trabajo y que siga mi ritmo.
Y segundo, el hecho de que ni
mi familia ni el entorno más
cercano nunca, nunca, me hayan
echado en cara o
reclamado la cantidad
de tiempo que les robo.
Sé que tengo que cuidarme.
Me gusta ir de
compras, pero no siempre
es posible. Voy a la
peluquería una vez al
mes para arreglarme
el corte y las compras
las hago casi a salto
de mata. Eso sí, confieso que internet me
facilita mucho las cosas. Incluso recurro a
la ello para comprar las cortinas. Y he de
confesar que a veces siento envidia cuando
mis amigos quedan para salir a cenar y tomar
una copa, y yo no puedo porque debo
atender mis compromisos o preparar una
comparecencia.
Las 24 horas del día
se me quedan cortas,
pero al cabo del año,
entre festivos, puentes
y unos días a comienzos
de agosto, sumo
unos 20 para poder
descansar e irme de
vacaciones. Un tiempo
en el que desconecto,
pero sólo mentalmente
porque, una vez más, mi teléfono móvil
sigue estando siempre conectado.
Si el día tuviera una hora más, desde luego,
la invertiría en mi vida personal. A leer
e ir al cine, dos placeres a los que puedo
dedicar poco tiempo. Y si tengo que escoger
un destino de vacaciones sería la playa.
Este ritmo puede parecer duro y cansado,
y, en ocasiones, lo es. Pero, de
repente, te pasan cosas como la
que me ocurrió hace unos días.
Comprando el pan, una señora
que recogía media barra en la
panadería de mi barrio me dijo
que le diera las gracias a Mariano
Rajoy por la defensa que
estamos haciendo desde la oposición
a favor de los pensionistas.
Un detalle pequeño, rápido
y sincero que me alegró el día
e hizo que todo el tiempo que
dedico a mi trabajo mereciera la
pena. Y es sólo un ejemplo.
Araño tiempo para mí, para mi
marido, para mi familia y para
mis amigos. Pero el resto lo invierto
en los millones de españoles
que han confi ado sus vidas
a mi partido. Mi deber es corresponderles
con mi trabajo y dedicación.
Y es un placer.