Qué lleva a una joven de familia
rica, licenciada en la Sorbona,
a casarse, a los 26 años, con el
anciano líder de una organización
política y militar en el exilio, que
no duerme dos noches seguidas
en la misma casa por temor a un atentado?
Es la pregunta que se hicieron todos cuando
Suha Tawill se casó en secreto con Yasir
Arafat, presidente de la Autoridad Nacional
Palestina. Les separaban 34 años y, hasta
entonces, el único matrimonio de Arafat había
sido con la causa palestina. Probablemente, la
respuesta resida en la misteriosa atracción que
ejerce el poder. Esa aureola que deslumbra la
inteligencia, y se parece mucho al deseo sexual,
aunque sea el intelecto el que se enamore.
Arafat era un hombre solo y Suha se ofreció
como compañera.
Era una chica formada,
independiente y ambiciosa. Con su aspecto de
walkiria, se sumergió en el centro de esa luz
irresistible, ataviada con vestidos de Chanel
entre uniformes, escombros y pistolas. Los fieles
de la causa la detestaron desde el primer día. Era
cuestión de tiempo que la compararan con la
reina francesa que acabó en la guillotina.
“Era un mundo de hombres, parecían casados
entre ellos”, contaba hace poco. La tacharon de
frívola, entrometida y ladrona. Pero no se calló:
llamó traidores y corruptos a los consejeros de
su marido, envenenador al Estado de Israel y
fariseos a los que criticaban su papel de primera
dama en un territorio lleno de huérfanos y de
adolescentes dispuestos a empuñar las armas.
Formó una ONG para ayudar a las mujeres y a
los niños, pero no renunció a la vida social.
Dicen que Arafat le reveló todos los secretos de la OLP: el número de sus cuentas suizas,
el nombre de su sucesor, los pactos con los
líderes occidentales. Y dicen que, además de
su pensión de viuda, Suha transfirió en cuanto
pudo dinero a su banco de París. Debía de ser
emocionante ser el centro de todos los rumores.
Hoy es muy rica, pero no tiene poder. Quizá
se alegre de su soledad al contemplar a tantas
primeras damas árabes arrastradas por una
revolución imprevisible. Aún así, parece que la
historia le ofrece un último pedazo de escenario
para resarcirse de sus enemigos, exhumando el
cadáver de Arafat para aclarar si fue asesinado.