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Llegó a la literatura con 40 años y se convirtió en un best-seller. Su secreto: viajes de descubrimiento y emociones a flor de piel. La escritora Elvira Navarro ha viajado a París para hablar con el escritor galo de su última novela.

Marc Levy es uno de los reyes del best-seller romántico, y el lugar donde me ha citado, el Hotel de Sers de París, no desentona con los escenarios de sus novelas, en las que se mezclan las aventuras emocionales y el exotismo retro.

Estamos en el distrito VIII (para quien no lo conozca viene a ser como el escaparate de la joyería de 'Desayuno con diamantes' en plan dantesco, aunque con esa solera refinada propia de la Ciudad de las Luces). Así que, antes de llegar al lugar de la entrevista, me doy un breve paseo por los alrededores, entre boutiques de grandes marcas y modelos exclusivos. Las personas que deambulan por el barrio van ataviadas como si estuvieran a punto de posar en un photocall. No hay una sola nube en el cielo. Tanta claridad en una ciudad que suele lucir nublada todo el año, parece una metáfora de los radiantes mensajes de los libros de Levy, mensajes cercanos a la autoayuda que despejan vidas hasta entonces grises.

Traducido a 41 idiomas, la trayectoria vital y profesional del autor galo apabulla. No se puso a escribir hasta muy tarde y su debut, a los 39 años, fue fruto del azar. No era para el gran público para quien el afamado escritor hizo sus primeros pinitos, ni tampoco para un circuito literario selecto, sino para su hijo. "Et ci s’était vrai" ('Ojalá fuera cierto', Roca Editorial),
título de su ópera prima, cosechó un éxito de ventas fulminante, y a Levy no le importó cambiar su trayectoria vital.

Ya tenía callo, tanto con el éxito como con los giros de 180 grados. Tras 10 años trabajando como socorrista, en 1984 decidió marcharse a Nueva York, donde fue pionero en la animación gráfica por ordenador al cofundar dos compañías (en aquella época el desarrollo de los videojuegos y de los efectos especiales todavía estaba en pañales). En 1993 regresó a París, donde de nuevo destacó por desarrollar un sector nuevo: el de la creación de un entorno laboral adaptado a las necesidades psicológicas de los empleados, unas necesidades alejadas de las colmenas de estrés que son los edificios de oficinas al uso. A tal fin volvió a asociarse con dos amigos y montó un despacho de arquitectura, del que sería director durante dos lustros. De éxito en éxito y tiro porque me toca, cuando, con casi 40 años, se convirtió en un superventas no se lo pensó. La vida le ofrecía lo que apenas se había atrevido a formularse: ser escritor. Desde entonces, ha publicado 14 novelas, y varias de sus historias han sido llevadas al cine (la primera de ellas, con Steven Spielberg como productor). En España, la más reciente es 'La química secreta de los encuentros' (Planeta). Con semejante currículum, la que esto escribe llegó al hotel algo cohibida. La timidez se disipó pronto. Marc Levy es ante todo un profesional y en las entrevistas sabe crear un clima distendido. Sentado en un sofá amplio, el escritor sonríe, disimula apenas su cansancio (acaba de llegar de Nueva York, donde vive) y espera paciente mis preguntas.

Mujer hoy. "La química secreta de los encuentros" narra virajes que permiten a personajes solitarios descubrirse y conquistar el ansiado amor. ¿Qué hay detrás de esta elección? ¿Qué perseguía con el libro?
Marc Levy. La respuesta es triple. Por un lado, estaba muy interesado en la ambientación y, por otro, en la propia historia y en los personajes. Me interesaba la ambientación porque, desde mi punto de vista, ir a lugares que no conoces bien y obligarte a escribir sobre ellos es un gran entrenamiento para la percepción. Descubres lo que en casa no miras debido a la costumbre, a que ya crees que conoces bien tu entorno y que no necesitas seguir observándolo. Además, quería generar, a través de las palabras, olores en la cabeza del lector, e ir a Estambul es un viaje sensorial. Por ello creé una protagonista dedicada a fabricar perfumes. Quería detenerme en en los sentidos. En cuanto a los personajes, pretendí que fueran muy púdicos, pero que, al mismo tiempo, se mostraran capaces de reírse de sí mismos a través de un sentido del humor alejado del cinismo. El cinismo
no me interesa. Por último, me resulta siempre muy atractivo lo que suponemos que hay detrás de los encuentros imprevistos, y aproveché para explorar este asunto. Siempre pensamos que tenemos que irnos lejos o, al menos, cambiar de ambiente social para toparnos con algo inesperado que llevamos mucho tiempo deseando. Sin embargo, en muchas ocasiones lo más inesperado está junto a nosotros y eso es lo que terminan descubriendo los protagonistas. Hay que cambiar la mirada que tenemos sobre nuestra realidad cotidiana si queremos descubrir un mundo diferente.

¿Por qué dice que no le interesa el cinismo?
Al mundo occidental le sobra cinismo. En España no hay más que ver la corrupción que ha conllevado el negocio del ladrillo. Al enriquecimiento de unos pocos se le llama desarrollo. O pensemos en que cada 10 minutos muere un niño por desnutrición, cuando se tienen recursos de sobra para erradicar el hambre. ¿No es eso cinismo? Con todo, yo soy optimista y pienso que hay esperanza. Creo que es posible que las conciencias despierten para que dejemos de vivir en una falsa democracia. Estoy seguro de que en la próxima década ya no van a ser posibles gobernantes como Berlusconi. Aunque digo esto con cautela, pues no soy analista político ni pretendo meterme en jardines.

¿Por qué tipo de humor apuesta usted entonces, y por qué es un ingrediente fundamental de sus novelas?
El humor es, sobre todo, saber reírse de uno mismo. Eso es lo que posibilita el encuentro con el otro. El sentido del humor es lo que salva al pintor de 'La química
secreta de los encuentros' de la soledad total. Gracias a él mantiene una pandilla de amigos. Para mí, el humor es una cuestión de inteligencia. La cultura que no practica el humor está desprovista de ella. 

Parece conceder usted una importancia fundamental al diálogo como modo de construcción del libro. 
No quería hacer grandes descripciones, en parte porque siento rechazo a observarme a mí mismo cuando escribo. Rechazo encandilarme con mi propio estilo. Para mí, la libertad de la escritura depende de la humildad con la que la abordamos y lo que persigo no es lucirme, sino contar una buena historia. 

Los dos protagonistas temen al amor. Daldry, el pintor, no quiere terminar pareciéndose a su padre, y Alice, la fabricante de perfumes, tiene en mente la insuperable relación idílica de los suyos. ¿Hasta qué punto nos condicionan los modelos familiares? ¿Estamos condenados a no poder realizarnos afectivamente si no fueron buenos?
Emocionalmente, funcionamos con modelos que aprendimos en la niñez. Es lógico. Nuestros ideales y contraideales dependen de lo que vimos de niños. Por ejemplo, mis padres son una pareja muy unida. Llevan 60 años juntos y mi hermana y yo nos criamos en el seno de esa unidad tan fuerte. Luego pensé que una pareja que funcionara tenía que parecerse
a la de mis padres, y tardé mucho en darme cuenta de que no tenía por qué ser así.

Daldry y Alice tienen miedo de la felicidad y utilizan su pasado para ponerse a resguardo de los cambios. ¿Somos los principales enemigos de nuestra felicidad?
Vaya por delante que no soy más que un novelista y que escribir un libro no te convierte en un experto sobre el tema. Dicho esto, sí creo que muchos vamos buscando lo contrario de lo que afirmamos querer, y que existir en el sufrimiento es más fácil que vivir en la felicidad. Hay una relación más fuerte con uno mismo cuando estamos en el sufrimiento, que además solo nos exige padecer, mientras que la felicidad requiere un esfuerzo de construcción y, en el caso de las parejas, de aprender a compartir. Cuando alguien dice sufrir por otra persona no está compartiendo nada con ella. Que conste que estoy hablando del mundo occidental, donde las relaciones son entre personas libres, y no de otras culturas del mundo.

El viaje iniciático es un asunto recurrente en sus diferentes novelas. ¿Lo considera usted su tema fundamental?
Un viaje te obliga a ponerte en cuestión y a tener humildad. Cuando nos encontramos anclados en nuestros hábitos y en nuestras certidumbres, perdemos una parte de nuestra libertad y de nuestro potencial de inteligencia. El viaje es una forma extraordinaria de afrontar el punto de vista de otros, su vida, su cultura y sus emociones. Vi recientemente la película 'El exótico Hotel Marigold' [estrenada en España en marzo], que cuenta la historia de un grupo de ancianos británicos acomodados que acaban disfrutando de su jubilación en la India. Me pareció fascinante el contraste entre ambas culturas y los cambios que la nueva geografía produce en los ancianos ingleses. Quisiera añadir a esta cuestión que, aunque yo narro viajes geográficos, no siempre los viajes implican desplazamientos físicos. Existen viajes interiores que no requieren que abandonemos nuestro lugar de residencia, aunque en 'La química secreta de los encuentros' los protagonistas se desplazan de verdad y, gracias a ello, logran salir de su torre de marfil.

Ha cambiado de profesión con una regularidad sospechosa, y en todas le ha ido bien. ¿Piensa colgar también la pluma o se va a quedar con el traje de escritor?
Estoy muy orgulloso de mis novelas y de mi profesión, sobre todo porque mantengo con la escritura una relación muy personal. Escribir siempre fue muy importante para mí. A los 17 años acabé mi primer manuscrito. Sin embargo, no lo tuve fácil. Fui padre cuando todavía era muy joven, y no podía arriesgarme a no ganarme el jornal, ya que mi obligación era mantener a mi familia. Por suerte, después de aquello tuve una segunda oportunidad.

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