Son pobres y no tienen voz sobre su vida, su cuerpo ni su destino. El 11 de octubre celebraremos, por primera vez, el Día Internacional de la Niña. Ya era hora.
En países como Sudán, una niña tiene más posibilidades de morir en el parto que de llegar a la escuela. Se trata de una realidad difícil de asimilar desde el Primer Mundo, pero lo peor es que es una realidad desconocida. Como también lo es que 75 millones de niñas en el mundo no van al colegio, que 100 millones se ven obligadas a trabajar, que más de 10 millones son forzadas cada año a casarse o que el 50% de las agresiones sexuales en el mundo las sufren las menores de 16 años. Esto demuestra que ellas y sus problemas son invisibles a los ojos de las personas e instituciones que pueden ayudarlas.
Quizá ahora cambien las cosas, porque Naciones Unidas ha declarado el próximo 11 de octubre el I Día Internacional de la Niña, a instancias de la organización Plan Internacional, que lleva cinco años luchando para combatir esta injusticia. Habrá quien piense que señalar una fecha en el calendario no mejora la situación, pero dar a conocer los riesgos a los que se enfrentan las niñas incluso antes de nacer –en muchos países saber el sexo del feto puede ser mortal para las pequeñas–es el primer paso para que la gente se implique y colabore en una causa por la que todavía hay mucho que pelear: la de la igualdad de género y la equidad de oportunidades para las menores desfavorecidas.
Educación y esperanza
Quienes llevan décadas trabajando por la infancia, tienen claro que su futuro pende de un hilo que se llama educación. Con acceso a la formación hay lugar para la esperanza; sin esta base, ser niña y pobre es una combinación explosiva. “Las niñas son las pobres de entre los pobres, las que no tienen voz, las que carecen de derechos por una mera cuestión de género y debemos cambiar eso. Y solo lo conseguiremos si trabajamos en tres frentes: sensibilización social, compromiso de los gobiernos y recaudación de fondos para llevar a cabo de manera profunda y continuada programas educativos”, apunta Concha López, directora general de Plan Internacional en España.
Según diversos informes, cursar un solo año de secundaria les garantiza aumentar los ingresos entre un 10 y un 20% cuando sean adultas, y eso supone poder acceder a más cuidados sanitarios, un mejor trabajo o convertirse en emprendedoras, revertir sus ganancias en la nutrición y escolarización de sus hijos... “Invertir en las niñas es inteligente, no solo por una cuestión solidaria, sino también económica, porque cuando sean mujeres dedicarán el 90% de sus ingresos a la mejora de su familia y su comunidad y aumentarán el PIB del país”, añade Concha López.
Salmantu, que ahora tiene 18 años, es un buen ejemplo de esto. Ella cambió el destino que le esperaba a la vuelta de la esquina. Siendo todavía muy pequeña, su familia concertó su matrimonio y, en ese mismo instante, se truncó su sueño de ir a la universidad. Ella escapó de casa y pidió ayuda a los coordinadores del proyecto 'Niñas embajadoras' de su comunidad, que consiguieron convencer a sus padres para que la volvieran a aceptar y dejaran que siguiera estudiando, algo inusual en Camerún, un país anclado en la tradición y donde la dignidad de las mujeres se consigue en el hogar conyugal, y cuanto antes, mejor.
Como afirma la responsable de Plan en España, “en los países ricos la llegada de una hija es acogida con júbilo, pero en muchos lugares en vías en desarrollo hay lágrimas en lugar de sonrisas”. En las historias de menores que trabajan durante 14 horas o las de las que se han visto obligadas a prostituirse u obligadas a empuñar un arma o han sido mutiladas no hay demasiadas razones para la alegría. Basta recordar la voz de alarma de Save The Children, que denuncia que entre 66.000 y 86.000 marroquíes son esclavas domésticas desde temprana edad, a veces desde los siete años. Las conocidas como “petites bonnes” sufren todo tipo de vejaciones y maltratos, por no hablar del desprecio de la sociedad. Pese a ello, muchas han sacado fuerzas de flaqueza y, con la ayuda de organismos locales e internacionales, han conseguido alcanzar una vida mejor.
Es el caso de Madeleine Tolno, la única superviviente de seis hermanos. Todos murieron por complicaciones en el parto derivadas de la mutilación genital de la madre, quien, a pesar de su trágica experiencia, hizo pasar a Madaleine por el terrible rito de la ablación. Aunque ya han transcurrido muchos años de aquello, ella mantiene intacto en el recuerdo ese momento traumático. Por eso ha fundado una asociación para erradicar esta práctica, con la que ya ha conseguido que 10 comunidades de Guinea Conakri la rechacen y cambien su manera de ver a las mujeres.
Porque debajo de todo esto hay una discriminación de género que afecta a millones de niñas, una lacra que quiere erradicar Plan Internacional, impulsando la escolarización al menos hasta los nueve años. Para ello, se ha propuesto conseguir 500 millones de euros para invertirlos en becas, en equipamiento para los colegios y en formación de profesores. Cualquiera puede colaborar con la campaña 'Por ser niña', entrando en la web www.planespana.org.
La directora general de Plan en España recalca que “entre todos podemos conseguir un mundo mejor para estas niñas, ellas son el motor, son las que cambian el mundo”, y es conmovedor escuchar sus testimonios y saber que no han conseguido arrancarles sus ilusiones. Sala, que tiene 14 años y hace dos que se dedica a la prostitución en Ghana, nunca ha pisado una escuela, pero sueña con tener una oportunidad: “Me gustaría aprender a diseñar vestidos y llevar una vida decente, y aunque sea difícil viviendo en las calles, aún espero un futuro mejor”. Ojalá se cumplan sus deseos. Tiene derecho.
Los lastres de su futuro
Vivir en condiciones de penuria en el Tercer Mundo condiciona el futuro de las niñas a lo largo de su vida. Estas son sus consecuencias:
Invisibilidad. Ser niña puede significar dejar de existir: bien porque se comete infanticidio o bien porque nunca son incluidas en el registro de nacimiento.
Limitación de sus capacidades. Si se ven obligadas a quedarse en casa o se las alimenta de forma selectiva, se cercena el desarrollo de sus habilidades.
Discriminación física y mental. La violencia de género, el matrimonio temprano o la mutilación genital frenan su acceso a la prevención y a los servicios sanitarios.
Explotación. Confinarlas al entorno doméstico suele conllevar la explotación económica y sexual en el trabajo, especialmente para las empleadas como asistentas desde los cuatro años.
Desigualdad. Las tradiciones religiosas, judiciales o culturales perpetúan la discriminación en lo que respecta a los delitos, el matrimonio o las herencias, y le otorgan validez legal.