Los expertos dicen que "lo que aprendemos cuando somos pequeños nos acompañará durante toda la vida, nos guste o no… A no ser que seamos conscientes de ello y cambiemos lo que nos está causando más perjuicios que beneficios". Y esto se aplica también a las relaciones afectivas. Te contamos qué hábitos deberás dejar atrás si quieres crecer a nivel sentimental.
- Las carencias afectivas: cuando no hemos tenido a alguien cerca para acariciarnos o darnos muestras de afecto regularmente, podemos buscar en una relación a alguien que esté todo el tiempo atento a nuestras necesidades, o podemos mostrarnos demasiado fríos o distantes.
- Las exigencias irracionales: si hemos crecido en un entorno en el que se nos ha consentido todo, pensamos que nuestra pareja tendrá que hacer lo mismo, y no nos damos cuenta de que nadie está obligado a darnos nada si no quiere, y que el amor también hay que ganárselo.
- Los complejos de inferioridad: si no nos creemos que somos dignos de ser amados, por cualquier razón (porque no somos lo suficientemente guapos, lo suficientemente ricos, o lo suficientemente simpáticos) será difícil encontrar una pareja que nos respete y nos quiera tal como somos.
- La sumisión: Muchas personas piensan que la única manera de mantener su relación es decir que sí a todo. Temen el enfrentamiento y piensan que van a ser abandonados si opinan de otra manera. La parte negativa es que, el día que estallan, es tanto lo que tienen acumulado, que resulta totalmente desproporcionado respecto a aquello que les hace saltar, y no se les toma en serio.
- El perfeccionismo: la perfección llevada al ámbito de pareja es devastadora. Nadie es perfecto e intentar serlo también en este ámbito es una fuente de problemas, porque provocará el tener que estar continuamente disimulando o mintiendo. O, lo que es peor, entrando en una dinámica de exigencias mutuas que resultan antagónicas a lo que hace falta para que una pareja funcione: confianza, aceptación y relativización.
- La desconfianza: resulta realmente incómodo estar con alguien que está siempre a la defensiva, que se toma cualquier comentario como una afrenta personal, y que atribuye cualquier pequeño incidente a una presunta mala intención por parte de su pareja. Desconfiar es la mejor manera de partir un corazón en pedazos.
- La auto-inmolación: poner las necesidades de los demás siempre por delante de las propias produce un alto grado de resentimiento que, más tarde o más temprano, encontrará una forma de salida. Y no será la más adecuada precisamente. Hay que atender las necesidades propias, y las de la pareja. De una manera equilibrada y satisfactoria.
- Aislamiento social: por múltiples razones, en algunas familias no se acostumbra a socializar con el grupo. Esto hace que, cuando uno se hace adulto y quiere formar pareja, la primera dificultad que encuentre en incorporarse a pertenecer a alguien, sea con la persona amada. Por lo general, estas personas siempre están mirando al único grupo de referencia que han tenido, su propia familia de origen, y se sienten incapaces de crear su propio hogar.
- Mal carácter: Probablemente en casa se nos aguantaron muchas rabietas, pero de adultos y en pareja resulta un hábito absolutamente insoportable. Uno no nace con buen o mal carácter: el temperamento es algo que se perfila y se moldea, y somos nosotros los que elegimos cómo queremos tratar a los demás y ser tratados.
- Negligencia: si en tu familia les daba igual que hicieses las cosas bien o mal, es importante que sepas que a tu pareja no tiene por qué parecerle lo mismo. Hacer las cosas mal, o dejar de hacerlas, significa el doble o el triple de esfuerzo, porque finalmente la vida nos dice que hay que hacerlas de la única manera posible: bien. Resulta muy cansino estar con alguien con quien cada pequeña situación se convierte en una montaña inexpugnable.