¿Nos vamos a vivir juntos?

  • Muchas parejas jóvenes deciden poner a prueba su relación compartiendo colchón y alquiler antes de contraer matrimonio. Convivir puede ayudarles a conocerse mejor, pero es una decisión que también tiene sus riesgos. O eso sostiene la psicóloga estadounidense Meg Jay. Para ella, vivir bajo el mismo techo antes de comprometerse en serio puede convertirse en el camino más corto hacia un futuro divorcio. Y las estadísticas podrían darle la razón.

Chico conoce a chica en la facultad o en la barra de un bar de copas un viernes por la noche. Chica y chico se gustan, quedan para otro día y, antes de darse cuenta, son novios. Pasean, conocen a los amigos del otro, van al cine y, poco a poco, empiezan a hablar de amor. Chico y chica duermen una noche en la casa de ella; otra, en la de él. Desayunan en compañía de los respectivos compañeros de piso. No tienen intimidad, pero se divierten. Se ríen sin parar. Pasarían todo el tiempo del mundo juntos. Preferiblemente, encerrados en una habitación.

Después de unos meses, chico y chica deciden irse a vivir juntos
. Quieren probar, dividir los gastos entre dos, comprar un par de muebles buenos, bonitos y baratos, cenar juntos por las noches, contarse qué tal les ha ido el día, compartir los domingos lluviosos en el sofá viendo algún soporífero telefilme de sobremesa. No han hablado de matrimonio. Quizá no lo hagan nunca. O puede que un día decidan sellar su compromiso delante de su familia y sus amigos con un anillo y una fiesta con barra libre. Pero ahora eso no les preocupa. Ahora solo saben que están enamorados.

Así es como funcionan muchas parejas jóvenes hoy en día. Probablemente, sus padres y, por supuesto, sus abuelos no pudieron hacerlo. Ni siquiera se atrevieron a plantearlo en casa. No estaba bien visto y no era costumbre, ni social ni religiosa. Pero hace tiempo que convivir antes del matrimonio dejó de ser un tabú. Ahora, nadie (o casi nadie) se siente obligado a pasar por el altar para averiguar qué significa eso de vivir con otra persona. Es una elección personal y, para muchos, también una manera de evitar sorpresas desagradables.

Pero, ¿qué pasa si “chico” es de los que amontonan la ropa sucia en una esquina esperando que le crezcan patas y repte, ella sola, hasta la lavadora? ¿Y si “chica” no soporta sus pequeños tics, sus neuras y su interminable liturgia mañanera en el cuarto de baño? Al fin y al cabo, son todas esas cosas, le gusten o no, las que hacen de él quien es. Pero ella no lo sabía porque nunca habían pisado un supermercado para hacer la compra juntos, no habían tenido que decidir a quién le tocaba limpiar el baño en las semanas impares y, sobre todo, jamás se habían parado a hablar de lo cada uno esperaba de su relación.

Puede que, después de un par de meses de desencuentros, descubran que son incompatibles. El test de la convivencia, en su caso, ha dado negativo. Son noticias tristes, pero esclarecedoras. Sin más tiempo que perder, chico y chica, cada uno por su lado, buscarán la felicidad y el amor. Visto así, convivir antes de comprometerse o casarse puede ser una manera eficaz de evitar verse atrapado en una relación que no funciona ni funcionará. Pero esta lógica tiene algunas fisuras. Y no todo el mundo le encuentra ventajas.

BODA, ¿SÍ O NO?

Para Meg Jay, psicóloga clínica de la Universidad de Virginia (EE.UU.) y autora de un libro sobre los retos a los que tienen que enfrentarse los adultos jóvenes, sostiene que no es tan buena idea como podría parecer a simple vista. "Las parejas que conviven antes de casarse y, especialmente, aquellas que lo hacen antes de sellar su compromiso, suelen tener matrimonios menos satisfactorios y tienen más posibilidades de divorciarse", escribió Jay en un artículo publicado recientemente en The New York Times que ha hecho correr ríos de tinta.

Pero antes de entrar en la polémica, recurramos a la fría (y clarividente) estadística. En Estados Unidos, la convivencia antes del matrimonio ha crecido un 1.500% en el último
medio siglo. Si en 1960 solo había 450.000 parejas compartiendo hogar sin darse el “sí, quiero”, ahora ya son 7,5 millones. Aunque en España no existen datos tan exhaustivos, una cosa está clara: el número de bodas disminuye cada año y uno de cada tres niños ya nace fruto de parejas que no están casadas. Entonces, ¿vivir juntos antes de jurarse amor eterno es garantía de estabilidad o, muy muy al contrario, la vía más rápida hacia un divorcio exprés?

"La experiencia contradice la creencia de que convivir antes de casarse ayuda a evitar un divorcio", escribía Jay en las páginas de The New York Times. La psicóloga se basaba para tal afirmación en los problemas de pareja de los pacientes que pasan por el diván de su consulta. En concreto, la de una tal Jennifer, harta de esperar a que su novio, con el que convive desde hace años, dé el paso, hinque la rodilla en el suelo y le adorne la mano con un diamante. Jay le echa la culpa del entuerto al llamado "efecto de la convivencia". Para empezar, advierte de los peligros de la inercia, esa fuerza motora (y poco reflexiva) que puede hacer que dos personas pasen de ir al cine y dormir juntos los fines de semana a compartir piso demasiado pronto. Sin haberlo hablado, sin haber reflexionado y sin saber qué es lo que espera el otro de la nueva situación. Porque ahí está, para Jay, la clave: hombres y mujeres no buscan lo mismo en la convivencia. "Ellas entienden empezar a vivir juntos como un paso más hacia el matrimonio; ellos, en cambio, lo ven como una forma de testar la relación", argumenta. Pero esa no es la única pega. Según la psicóloga, aunque no haya papeleos de por medio abandonar estas relaciones no es tan fácil como podría parecer. "Convivir puede ser divertido y económico. Tras vivir con los muebles viejos y feos de tus compañeros de piso, las parejas están encantadas de repartirse los gastos del alquiler del piso e internet, el cuidado de la mascota... y se divierten comprando muebles juntos. Luego, todo ese esfuerzo, y el coste que supone terminar con una relación, influirán en si podrán salir de ella o no", explica.

VÍAS DE ESCAPE

Pero a sus tesis les han salido muchos detractores. ¿Realmente es más difícil salir de una relación que de un matrimonio? Porque, si ya resulta difícil repartirse los CDs y establecer la custodia compartida del chihuahua en común, peor será contratar a un abogado, costear sus honorarios y pasar el trago del divorcio si, después de un tiempo, se demuestra que sus diferencias, como dicen los papeles del juzgado, eran verdaderamente irreconciliables.

Y para colmo, los "expertos" no se ponen de acuerdo. Por cada estudio que demuestra que la convivencia prematrimonial es un pasaporte sellado hacia un divorcio prematuro, hay otro que confirma lo contrario. Pero la discrepancia es, fundamentalmente, cuestión de fechas. Los estudios que analizaron los matrimonios de los años 80 y 90 indicaban que la cohabitación podía duplicar las posibilidades de divorcio, pero una investigación más reciente llevada a cabo por el Centro Nacional para la Investigación de la Familia y el Matrimonio de Estados Unidos afirma que ese efecto está en vías de extinción. "Ya no es un dato importante en la predicción de un divorcio", ha explicado Casey Copen, principal autor del estudio, en el que participaron 22.000 hombres y mujeres.

Que chico y chica conecten, se rían con los mismos chistes, se enfaden con los mismos políticos y no discutan más de lo razonable va más allá de haber compartido piso y facturas antes de hacer el paseíllo hasta el altar. Cada pareja tiene su fórmula, según sus valores, sus principios y sus circunstancias. Y ninguna viene con garantía de fábrica. Nada puede asegurarnos el éxito: ni convivir hasta desentrañar hasta el último misterio de la persona con la que compartes el primer café de la mañana ni casarse por el banco o hacerlo con anillo, votos nupciales y ante 250 invitados. Únicamente depende de chico y chica. De que él empiece a ocuparse de su ropa sucia y de que ella desista en su plan secreto de cambiarle. Y sobre todo, de que ambos quieran lo mismo y que se quieran por igual.

Juntos y muy revueltos

Aunque toda comedia romántica que se precie acaba con una boda por todo lo alto y una decena de damas de honor embutidas en el pertinente vestido color pastel, las estrellas de Hollywood no siempre se ciñen al guión más predecible. Vivir bajo el techo de la misma mansión de Beverly Hills sin pronunciar antes los votos nupciales ya no es una extravagancia. Al revés, se ha convertido en el modus operandi de muchas estrellas. Seis hijos y siete años después, Angelina Jolie y Brad Pitt acaban de comprometerse,
aunque la fecha de su enlace sigue siendo "top secret". Igual que Matthew McConaughey y Camila Alves que, después de cinco años viviendo juntos y de ser padres por duplicado, se casaron en Texas hace unas semanas. Pero también hay parejas que le dan la razón a la psicóloga Meg Jay. Tras 14 años compartiendo "château" francés e isla privada caribeña con sus dos hijos, Johnny Depp y Vanessa Paradis se separan. No tendrán que llamar a sus abogados. Nunca estuvieron casados.

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