Al principio del proceso amoroso
se idealiza al otro hasta
tal punto que la decepción,
aunque sea pequeña, resulta
inevitable. Nadie es capaz
de cumplir las expectativas de los inicios.
Todos caemos tarde o temprano del
pedestal. Esa caída siempre se vive con
dolor, pero también es posible que contenga
aspectos buenos de los que podemos
aprender. ¿Nos enseña algo? ¿Nos hace
más fuertes? Ya que resulta inevitable,
deberíamos obtener algún partido de ella.
Ana se sentía estafada y dolida después de
que Carlos le dijera, cinco meses atrás, que
daba su relación por terminada. Ahora se
había enterado de que salía con otra. Los
amigos la llamaban para quedar porque
sabían que lo estaba pasando mal. En una
cena con ellos, alguien le había dicho:
“Tienes que pasar página”. “No puedo, será
que soy masoca”, contestó ella. Enfadada
consigo misma y con los demás, llegó a
casa llorando.
¿Tenía ella la culpa? ¿No
sabía retener a un hombre? Pensó que no
debería haber acudido a esa cena.
Ana decidió ir a una psicoterapia para salir
de su estado depresivo y allí descubrió
que, antes de que Carlos se fuera, ella ya
le estaba rechazando. Inconscientemente,
había elegido a un hombre en apariencia
protector, pero que la dejaba sola cuando
le necesitaba. Había repetido sin darse
cuenta la misma relación que tenía con
su padre. Siempre se había sentido muy
desamparada y demasiado necesitada de
la aprobación paterna. Su madre le había
enseñado que lo mejor era no atarse a un
hombre y ser independiente.
Cuando dejó de sentirse tan desamparada
y aceptó las dificultades paternas, enfrentándose
a él internamente, pudo construir
otra imagen de sí misma. Dejó de realizar
el deseo de su madre, que era estar sola,
y de repetir la relación con su padre, que
también le hacía sentir soledad. Investigar
el porqué de su ruptura la convirtió en una
mujer más libre y fuerte para amar.
TIEMPO DE LÁGRIMAS.
Si bien es cierto
que la desilusión amorosa la vive cada
persona a su manera, también lo es que
gestionar el dolor de una ruptura conlleva
un proceso que hay que atravesar cuando
se sufre la pérdida
de alguien a quien
amamos. Este periplo
puede convertirse
en un renacer y
para ello tendrá que
concederse tiempo,
no reprimir las
lágrimas, dejar estallar
la ira y hacerse
responsable, que no
es lo mismo que culparse,
de la participación que se ha tenido
en la ruptura. En primer lugar, hay que
concederse tiempo. Con frecuencia, las
personas cercanas aconsejan pasar página
rápidamente.
Sin embargo, una ruptura
requiere una digestión lenta. Se ha perdido
a la persona en la que se tenían puestos
ideales, sueños, proyectos... Estamos obligadas
a una readaptación. Cuando se ama
y se es amado, se alimenta la autoestima.
Cuando vivimos en pareja, nos abrimos al
otro, damos y recibimos. La pareja y la relación
ocupan un espacio que se derrumba
con la ruptura. Sobre todo para aquellas
personas que solo se veían en el espejo
que el otro les proporcionaba.
Después
de una desilusión amorosa no solo cambia
la forma en que vemos la pareja, sino
también cómo nos apreciamos a nosotros
mismos sin ella.
Algo que conviene no reprimir son las lágrimas.
Cuando se vive un terremoto interno,
los afectos se desbordan y la pérdida del
otro levanta olas de dolor. Es necesario
expresar lo que se siente. Reprimir el dolor
implica anestesiarse y no poder elaborar
psicológicamente lo que nos está pasando.
La reconstrucción del yo, que debe volver
a ser independiente y orientarse hacia el
futuro, depende de
nuestra capacidad
de utilizar las emociones
para liberar
tensiones internas.
Dejar estallar la ira
ayuda a liberarnos
del otro. Tras la tristeza
viene el tiempo
del enfado. La ira
sacude el abatimiento
ligado a la conmoción,
aleja la depresión y lleva a la acción.
Sentirse resentido con el que se fue protege
nuestro yo. Más adelante hay que hacer
frente a las responsabilidades propias.
EMPATÍA Y AFECTO.
Tenemos que buscar
la protección adecuada y cuidarnos.
Es preferible no frecuentar parejas felices
que recuerden lo que no se tiene. La experiencia
se encuentra todavía muy próxima.
Cuando se vive un duelo, el aislamiento
temporal favorece la evolución del psiquismo
y la adaptación a la nueva situación.
Los familiares pueden atribuirse la misión
de sostener nuestra tristeza, pero nada
garantiza que lo hagan bien, sobre todo
cuando citan sus propias experiencias.
En
el contexto del padecimiento amoroso, no
son las palabras del entorno las que ayudan,
sino más bien la capacidad de mostrar
empatía, afecto, amistad.
También hay que atreverse a tener miedo.
Miedo de no volver a amar, pero también
miedo a volver a hacerlo. Se teme lo peor
y lo mejor. Estos miedos señalan que la
historia anterior se está cerrando y que el
futuro se abre. Es también el momento en
que se piensa en el pasado con nostalgia,
pues ya no es necesario odiar a quien se
amó. Activar el desapego y reconocer que
esa aventura fue bella implica no tirar al
cubo de la basura lo que nos constituye:
nuestras elecciones, sueños y deseos.