Los ingerimos todos
los días casi sin darnos
cuenta. Pero, para algunas
voces discordantes, sus
beneficios alimetarios no
superan a sus riesgos para
nuestra salud. ¿Merece
la pena ponerlos bajo
sospecha?
Hubo un tiempo
en el que solo
se consumían
productos de
temporada, en
el que los alimentos llegaban
a nuestra mesa con el color, el
sabor y el olor original, y en el
que sabíamos con exactitud de
qué estaba hecho aquello que
nos llevábamos a la boca. Hoy
podemos comprar cerezas en
noviembre, tomar yogures de
colores o disponer de magdalenas
que permanecen esponjosas
durante semanas. Todo ello
es posible por obra y gracia de
unos ingredientes, los aditivos
alimentarios, que nos hacen la
vida más fácil y el paladar más
caprichoso, pero que plantean
numerosos interrogantes acerca
de sus efectos sobre nuestra
salud.
“Desde hace ya muchos
años se ha visto que existe
una relación entre los aditivos
alimentarios y determinados
problemas de salud –explica
el neuropsiquiatra Javier
Aizpiri–. No se trata solo del
cáncer, sino de enfermedades
metabólicas, alteraciones del
sistema nervioso... Estamos
desprotegidos, porque cuando
comemos algo no sabemos
con exactitud qué nos estamos
metiendo en el cuerpo. A todo
eso se suma que sus nombres
viene muchas veces camuflado
y hace falta ser un experto
para discernir qué es lo que te
puede hacer daño”.
Pero vayámonos a los orígenes. Para ello,
pensemos en que un alimento natural no
puede conservarse más que durante un
periodo corto de tiempo. Esto lo sabían
bien nuestros abuelos, quienes, para prolongar
la vida de los alimentos, recurrían a procesos de conservación naturales, como
el secado al humo, la sal, el vinagre o las
conservas. Pero estos métodos se mostraron
insuficientes una vez que se desarrollaron
la industria alimenticia y las grandes
superficies, que necesitaban disponer de
enormes cantidades de alimentos almacenados.
Y no solo hacía
falta otro tipo de conservantes,
sino también
encontrar el modo de
que determinados víveres
no perdieran el sabor
o el color durante los
meses que permanecían
a la espera de ser consumidos.
De ese modo,
la industria química
fue ideando antioxidantes,
potenciadores del
sabor, edulcorantes…
y, progresivamente,
sustancias que tuvieran
colores más originales
o sabores más intensos.
Buscaban atraer a nuestros
sentidos y fueron
surgiendo más y más
aditivos. El problema,
según Azpiri, es que “en
estos momentos somos
una sociedad muy contaminada.
Como resultado,
han comenzado a
aparecer enfermedades
propias de la alteración
química: problemas de
tiroides, incremento de
los cánceres, aumento
del Parkinson, hiperactividad
infantil...”.
Etiquetas
confusas
Con él coincide plenamente
la activista
Corinne Gouguet, autora
del libro “Peligro. Los
aditivos alimentarios (Ed. Obelisco), quien se pregunta “cómo
hemos llegado a comer sopas, purés o postres
en sobre o a olvidarnos del sabor del
agua. Lo que ocurre es que, como el consumidor
piensa que cualquier ingrediente
que puede ser perjudicial no estaría permitido
por las autoridades
sanitarias, tanto él como
su familia cumplen su
papel: consumir”.
Gouguet se acerca así
al punto clave de la discusión:
efectivamente,
la industria alimentaria
no puede utilizar cuantos
aditivos alimentarios
desee; su utilización está
sujeta al Reglamento
(CE) 1333/2008 del
Parlamento Europeo, un
reglamento que establece,
entre otras cosas, que
un aditivo solo puede
autorizarse si su uso no
induce a error al consumidor.
Y este es un
punto polémico porque
nos lleva a la cuestión del
etiquetado. De acuerdo
con la AESAN, “los aditivos
son ingredientes y,
por ello, deben figurar en
el etiquetado, bien por su
nombre o por su número
E. De esta manera, el
etiquetado proporciona
información al consumidor
que le va a permitir
elegir o evitar consumir
alimentos que tengan determinados ingredientes”.
Según esto, dado que aparecen en
el etiquetado, cada uno de nosotros es libre
de adquirir productos que los contengan o
de abstenerse de consumirlos.
Pero el asunto, advierte el dr. Aizpiri, no
es tan sencillo: “El que unos vengan con el
número y otros con el nombre
incita a la confusión:
el consumidor no tiene los
suficientes conocimientos
de química como para interpretar
qué es la metilcelulosa
o el butilhidroxianisol y si
pueden tener algún efecto
nocivo sobre su salud”. Por
otra parte, rara vez aparece en las etiquetas el porcentaje de cada aditivo
empleado en el producto en cuestión,
ya que se trata de un secreto de la más alta
confidencialidad y permanece bien oculto
al público. Además, a menudo la lista
de ingredientes se imprime en caracteres
minúsculos y en un color discreto que se
confunde con el del propio embalaje. Y hay
productos, como el glutamato monosódico
o E621, que puede esconderse bajo 30
nombres distintos.
¿100% inocuos?
Más allá de la confusión, el tema se centra
en su supuesta inocuidad. Desde la AESAN
se indica que los controles para proteger
nuestra salud son exhaustivos y que hay
una vigilancia activa. Pero esto, señala
el dr. Aizpiri, “no es suficiente: la autoridad
sanitaria solo exige un mínimo de
investigación y por un tiempo muy corto.
Además, estos trabajos suelen referirse solo
al cáncer. Por ejemplo, no hay ningún trabajo,
que yo conozca, de la relación entre
aditivos alimentarios e hiperactividad en
los niños”. El principal problema, apunta,
es el de la acumulación y el de la interacción
con otras sustancias: “Normalmente
se investiga su efecto aislado durante un
breve periodo de tiempo, pero no su efecto
acumulativo a lo largo de los años y en
adición al resto de tóxicos con los que convivimos.
No olvidemos que, cada día, recibimos
dosis y más dosis de distintos venenos
–desde la contaminación ambiental a
los fenoles o ftalatos–, que interaccionan
entre sí, se van sumando y pueden acabar
enfermándonos”. No olvidemos que un
niño puede consumir hasta 100 aditivos
diferentes todos los días.
Para terminar, una reflexión, de la mano
de Gouget: “En general, una dosis de
cualquier producto que contenga aditivos
no puede provocar ninguna enfermedad
grave; es con el tiempo, al ingerir una
dosis tras otra, cuando una acumulación
progresiva podría resultar
perjudicial para la salud.
Pero tenemos la posibilidad
de esforzarnos y consumir
menos y mejor, o bien de
optar por otros productos,
ya que nada ni nadie nos
obliga a tomar productos
químicos. Hay que aprender
a desconfiar”.
Cuidado con las
listas falsas
Periódicamente
aparecen listas de
aditivos alimentarios
en las que se
exponen sus posibles
efectos perjudiciales.
Pero muchas veces
dichas listas no están
hechas con el rigor
sufi ciente, de modo
que mezclan aditivos
inocuos con otros
que no lo son tanto.
En este sentido, la
Agencia Española
de Seguridad
Alimentaria y
Nutrición (AESAN)
precisa que “están
avaladas por falsos
profesionales o
por hospitales
inexistentes, tanto
españoles como
europeos”. Su
falsedad puede
comprobarse al
chequear que el
E-330 fi gura como
“un peligroso
cancerígeno”, cuando
no es más que ácido
cítrico. Y los números
E-125 y E-225, si
bien corresponden
a aditivos, fueron
prohibidos en su día y
no están autorizados.
Aspartamo y
glutamato, en
la picota
Los contrarios
a la utilización
indiscriminada de
aditivos centran
sus críticas en el
aspartamo y el
glutamato. Respecto
al aspartamo,
el dr. Morando
Soffritti, del Centro
de Investigación
del Cáncer Cesare
Maltoni (Italia), ha
realizado tres tipos
de experimentos
en ratones y ha
observado “un
incremento en el
número de linfomas,
leucemias y tumores”.
En cuanto al
glutamato
monosódico, el
neurocirujano Russell
Blaylock, señala que
este aditivo no solo
daña el cerebro,
también otros
órganos, como el
corazón. Según él,
si estas sustancias
se prohibieran,
descendería la
obesidad, las
enfermedades
neurodegenerativas y
la hiperactividad.