Los niños preparan su
material escolar: cuadernos, libros,
lápices y… ¡fiambrera! Muchos
se llevarán en este curso la comida de casa
para ahorrarse el comedor. Pero,
¿tendrán una alimentación sana
o es el “tupper” terreno abonado
para una dieta a base de bocadillos
y precocinados?
Primero fuimos los mayores los
que, cansados de peregrinar de
restaurante en restaurante, nos
acostumbramos a llevar la comida
al trabajo. Ahora serán los
niños, achuchados por la crisis
de los adultos, quienes, además
de los libros, los cuadernos, la flauta y el
equipamiento deportivo, tendrán que meter,
cada día, la comida en la mochila.
Los
colegios públicos de varias comunidades
autónomas (Cataluña, Galicia, Valencia
y Madrid, hasta el momento) permitirán este curso que los alumnos se lleven la fiambrera de
casa en lugar de recurrir al menú del comedor
del centro.
Reducir gastos en tiempos de estrecheces
es el principal argumento que esgrimen
las comunidades que se han sumado a esta
iniciativa: las familias podrán ahorrarse
los 90 euros al mes que cuesta, de media,
el comedor escolar y pagar solo la cantidad
que determine cada colegio por el uso
de las instalaciones, la limpieza y el personal
al cuidado de los niños.
Pero, al margen
de polémicas económicas, la pregunta
es: ¿comerán mejor así? ¿Será la dieta de
los chavales más equilibrada y saludable si
la responsabilidad recae al 100% sobre los padres? ¿Cómo afectará esta nueva rutina
alimenticia a las gruesas cifras de sobrepeso
de los escolares españoles?
Pros y contras
La respuesta es: depende. Que los padres
controlen lo que comen a diario sus hijos
debería ser una baza a favor de la buena
alimentación infantil. Pero los estudios
realizados periódicamente en los últimos
años no dejan en buen lugar los hábitos
alimenticios de los hogares españoles. Se
abusa mucho de los alimentos industriales
e hipercalóricos, de la bollería, los fritos,
los refrescos y la comida rápida. En general, los niños comen pocas frutas y verduras.
Aun así, la doctora Marta López Capapé,
endocrina infantil del Hospital Sanitas
La Moraleja, apoya la opción de llevar
comida casera al cole “siempre y cuando
se mantengan unos hábitos de vida saludables
y una dieta equilibrada. Las dietas
de los comedores escolares se han ido regulando
mucho en los últimos años y los
menús han mejorado notablemente. Pero
la comida casera permite atender a las
necesidades de cada niño de manera individual,
siempre que se cocine de manera
saludable y se preste atención para que sea
variada. En definitiva, no debería ser una
opción mejor que la otra, sino que las dos pueden ser igualmente buenas desde el
punto de vista nutricional”.
Según esta experta, la fiambrera tiene sus
pros y sus contras. Ventajas: sabemos qué
comen nuestros hijos, podemos escoger
productos de temporada, frescos y de calidad,
controlar la cantidad y el modo de
preparación y orientar cada receta a sus
gustos (judías verdes con tomate o rehogadas,
garbanzos en ensalada o en potaje).
Pero, ¡ojo! “Si acabamos por recaer siempre
en los mismos platos que al niño le
gustan, no cumpliremos con el requisito
imprescindible de la variedad y nuestra comida
no será mejor que la del comedor por
muy casera que sea”, advierte la doctora. ¿Cuáles son los inconvenientes? El
principal es el riesgo de que las prisas, la
falta de ideas, de tiempo o de ganas y el
desconocimiento de lo que es realmente
una dieta variada y saludable nos haga
caer en la tentación de opciones más fáciles
y cómodas: precocinados, bocadillos,
fritos o comida rápida. Porque, seamos honestos,
basta con fijarse en lo que los chavales
sacan de sus mochilas a la hora del
recreo (mucha bollería industrial y poca
fruta o bocadillos) para confirmar que es
fácil que lo más rápido y cómodo le gane
la batalla a lo sano y equilibrado.
Las claves
Para tener la garantía de que el niño consume
todos los nutrientes que necesita,
hay que asegurarse de meter en su tartera
diaria una comida completa. ¿Cómo?
Incluyendo un poco de cada uno de estos
grupos nutricionales: carbohidratos (pasta,
arroz, patatas, legumbres); vitaminas y
minerales (frutas, verduras y hortalizas);
proteínas (carne, pescado, huevos, legumbres,
pollo) y grasas que, en bajas cantidades
y principalmente de origen vegetal,
como el aceite de oliva, son necesarias.
La doctora López Capapé aconseja evitar los
fritos, los empanados y los rebozados, y
no abusar de las salsas,
que aportan muchas grasas
y son menos saludables.
En cambio, apuesta por los
alimentos a la plancha, hervidos,
asados o en guisos. "Una buena opción son los platos de cuchara
tradicionales, muy saludables: sopas, purés,
legumbres... acompañados de carnes o
pescados. Y, para hacer una dieta completa,
siempre fruta de postre”.
Para cumplir
con estas recomendaciones, se pueden
incluir dos platos o recurrir al plato único,
que es más práctico para llevar al colegio y
puede ser igual de completo. Hay muchas
opciones (menestra con carne, arroz con
pollo y verduras, potaje de garbanzos con
espinacas y bacalao, lasaña de verduras).
Es mejor una receta combinada con pequeñas
cantidades de varios ingredientes
que una gran ración de un solo alimento.
Un truco para saber si hay sufi ciente variedad
de nutrientes: cuanto más colorido
haya en el plato, mayor será su variedad de
vitaminas y minerales.
Si la variedad es importante, también lo es
la cantidad. La comida del mediodía debe
cubrir el 30-35% de las calorías diarias
(que varía según la edad y del sexo, desde
las 1.200 hasta las 2.500 de los varones en
la pubertad). Por lo tanto, la ración ten-drá que ser sufi ciente para
que aporte los nutrientes y
la energía necesarios para
el desarrollo del niño (y
evite la tentación de picar
horas), pero sin pasarse,
para que la comida no sea hipercalórica
e incremente el riesgo de obesidad.
¿Cuál es, pues, la ración adecuada? De
modo orientativo, la endocrina indica los
siguientes baremos (que variarán desde
el rango inferior para niños de tres años
hasta el superior, para los de 12). Carne:
80-150 g; pescado: 100- 200 g; legumbres:
50-100 g (pesadas en seco); arroz o pasta:
30-100 g; verduras y hortalizas: 100-200 g.
En la nevera
Los expertos llaman también la atención
sobre otro de los problemas que plantea
esta nueva rutina: deja en manos de los
niños la responsabilidad de la correcta
conservación y refrigeración de los alimentos,
desde que salen de casa hasta la
hora de comer. Los padres pueden ayudar
preparándolos en los recipientes apropiados
(de cierre hermético y aptos para
microondas) y asegurándose de que los
transporten en bolsas isotérmicas, donde
conservarán la temperatura adecuada
durante más tiempo. Pero los chavales
tendrán que acordarse de meterlos en la
nevera nada más llegar al cole para evitar
que los alimentos pierdan sus propiedades
y que, al romperse la cadena de frío,
puedan proliferar las bacterias y otros
microorganismos.
También serán ellos los
que tendrán que ocuparse de su manipulación
y preparación al sentarse a la mesa.
Más dudas razonables: ¿Habrá suficientes
frigoríficos para guardar la comida de todos
los alumnos que se decanten por esta
opción? ¿Y microondas para que todos
puedan calentar su comida a tiempo y
dispongan después del tiempo necesario
para comer de manera sosegada? ¿Dispondrán
los centros escolares de personal
supervisor que se encargue de vigilar las
rutinas higiénicas y de promover unos correctos
hábitos alimenticios entre los chavales?
Para conocer estas respuestas, que
serán las que determinen si la opción de
llevar la comida de casa es viable o no, no
habrá que esperar mucho. La cuenta atrás
para el nuevo curso ya ha comenzado.
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