Cuántas veces te has sorprendido haciendo con tus hijos algo que viste hacer a tus padres? Se dice con acierto que la infancia es la patria del hombre, pues todos salimos de ese territorio para conquistar un mundo propio. En esta etapa se asienta el modelo de los vínculos afectivos que marcarán las relaciones que hagamos a lo largo de la vida. Una de las situaciones en la que mejor nos damos cuenta de que estamos actuando de acuerdo a lo que hemos vivido es cuando repetimos con nuestros hijos, sin pretenderlo, algo que nuestros padres nos hacían a nosotros y que no nos gustaba, algo que nos dijimos que jamás haríamos y que ahora hacemos sin poder evitarlo.

Sentimientos infantiles

Entre las experiencias más valiosas, aunque menos apreciadas, que nos puede proporcionar la condición de ser padres, destaca la de investigar nuestra infancia. Es valiosa porque nos hace aprender de nuestra historia, y poco apreciada porque los padres suponemos que tendríamos que tener superados los conflictos de la niñez.

En la infancia se encuentra el origen de nuestras emociones más intensas. El niño vive a sus padres como seres todopoderosos y como fuente de toda dicha, pero también de toda infelicidad, de lo que recibe y también de sus frustraciones. La ambivalencia es parte integrante del inconsciente, sobre todo en lo que se refiere a nuestros padres. Comprender esta característica de la vida psíquica nos hará entender mejor a nuestros hijos cuando nos encontremos con expresiones de ambivalencia hacia nosotros por parte de ellos. Cuanto mejor aceptemos esas expresiones, más posibilidades tendrán, al hacerse mayores, de neutralizarlas. Si aceptamos que los aspectos negativos de esta ambivalencia deben ventilarse, se reduce la necesidad de reprimirlos y resultan más fáciles de modificar. Si los reprimimos, en cambio, actúan desde el inconsciente, manifestándose cuando las vivencias que tenemos con un hijo hoy evocan lo que vivimos ayer.

Herencia paterna

Reprimir lo negativo que sentimos hacia nuestros padres es comprensible porque los necesitamos y no queremos ofenderles ni alejarles de nosotros expresando abiertamente nuestra hostilidad. Más difícil de comprender es por qué reprimimos lo que a nuestros ojos son sus aspectos negativos. La mayoría de nosotros sabemos que hemos hecho nuestras muchas de las cosas que nos gustan de ellos, pero no somos conscientes de que también nos hemos identificado con los aspectos negativos de su actitud. Y esto a pesar de que en aquel momento pensamos que nunca nos comportaríamos de aquel modo.

Carmen había comenzado una psicoterapia porque padecía una serie de síntomas que estaban empezando a hacerle la vida incómoda. Dormía mal y se sentía triste y deprimida, no tenía fuerza para hacerse cargo de su hija. Estaba de baja y no acudía al trabajo desde hacía dos meses. Tal como estaban las cosas, temía que la echaran de la empresa.

“Es como si todo se pusiera en contra de mí –decía en una sesión–. Todo me sale mal. El colmo es que el otro día, cuando mi hija no me veía, cogí un plato en la cocina y lo estrellé contra el suelo, no podía más. Luego me sentí culpable, ella sólo quería seguir jugando y por eso se negaba a comer. Pero no era motivo para que yo me pusiera tan agresiva. A veces me siento como si estuviera… –guarda silencio, pues tarda en encontrar la palabra–, no sé, acorralada...”.

Revisitar el pasado

“Hoy he tenido un sueño – continúa Carmen–. Me encontraba en el patio de la corrala en la que nací. Veía unos pájaros, uno de ellos venía y, como en los cuentos infantiles, me cogía por la ropa con sus patas y me llevaba volando. Hacía mucho tiempo que no me encontraba tan bien, no quería despertarme”.

Carmen comienza asociar y añade: “Cuando viví en la corrala fue la época más feliz de mi infancia, mi madre se había ido, pero me dejó con mi abuela, que me quería mucho y me mimaba. Tuve una infancia feliz. Al morir mi abuela, me quede huérfana”.

Carmen se había inventado una infancia que no era real y en la que se sentía feliz. Hacía un año que había fallecido su madre y aún no había podido elaborar la ambivalencia que sintió hacia ella cuando era pequeña. Se sintió abandonada y la rabia que tiene hacia ella está reprimida. En la misma sesión continuó hablando del sueño y recordaba una escena en la que su madre le chillaba de forma agresiva para que comiera. Esa agresividad es con la que ahora se identifica Carmen cuando su hija no le hace caso.

El sueño de esta mujer expresaba lo que esperaba del tratamiento: el deseo de liberarse de sus síntomas y dejar de estar “acorralada” por aquellos afectos que la ataban a su infancia en la “corrala”. Se había identificado con su madre precisamente en aquellas cosas que más había rechazado de ella. Al reconocernos con los padres en aquello que rechazábamos, pagamos la culpa de lo que sentimos contra ellos.

Claves

Echar una mirada a la infancia cuando somos adultos y ver que tenemos conflictos en algún aspecto de nuestra vida, hace posible que reparemos, en alguna medida, la educación emocional que recibimos en aquel momento.

Si nuestros padres, por conflictos psicológicos, nos transmitieron sus problemas, reconocer estas dificultades y aceptar que son personas con límites nos permite ser más libres para quererlos tal y como son.

La identificación es una forma de amor, queremos ser como aquel al que amamos y los primeros a los que queremos es a los padres. Ambos sexos tenemos identificaciones tanto con el padre como con la madre.

Cuando lo negativo hacia los progenitores puede expresarse, también puede modificarse. Se le pone palabras y se llega a comprender y a dominar. Si no puede ser expresado, se reprime y actúa desde el inconsciente. Entonces podemos dominar menos lo que nos ocurre, repitiendo así, sin darnos cuenta, lo que no queremos hacer.

EL APEGO

Es el modo que tenemos de sentir el vínculo con otra persona. La intensidad de los lazos afectivos depende de cómo hayamos vivido nuestra primera experiencia vital, en la que el apego nos enseña, entre otras cosas, a separarnos del otro sin sentirnos solos o desamparados.

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