Lo prometido es deuda, sobre todo si la promesa es conmigo misma (*). Así que rescaté mi rojo favorito del cajón de “cosméticos-para-ocasiones-especiales” y me lo puse. Al principio, para qué negarlo, me chocó. Me veía rara. Y me dio pereza eso de tener que ser cuidadosa al aplicarlo, porque es lo que tiene el rojo, que no te lo puedes poner sin mirarte al espejo y sin tener el pulso firme. (Ya ven, hasta a una cosmeto-adicta como yo tiene sus momentos de debilidad, especialmente a primera hora de la mañana).

Después, me dí cuenta de que el tiempo que dedicaba a los labios (porque, para qué nos vamos a engañar, no es lo mismo extender un gloss sin mirar que tener que perfilar y dibujar unos labios rojos…) era una inversión, no un gasto. Porque después me bastó con rizarme las pestañas (un must, ya recuperaremos ese tema) y aplicarme un poco de colorete para sentirme estupenda.

Y debía estarlo, porque a pesar de que me costó vencer la “barrera del rojo”, a lo largo del día no recibí más que piropos. Como dice mi sobrina, “mola”.

P.D. Desde que descubrí que las promesas más inquebrantables son precisamente las que nos hacemos a nosotras mismas, me va mucho mejor. Me ha llevado más de 30 años darme cuenta, pero desde que me soy fiel a mí misma y a mi palabra, sólo he salido ganando.

P.D.2 Mi AP (la amiga periodista, ya saben…) también sucumbió a la fiebre del rojo y me ha dicho que también se ha lanzado al color. Y está encantada.

Autora Alex P.

Experta en belleza y cosmética.

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Crónicas cosméticas, trucos de belleza, consejos de estilismo y, a veces, un toque de glamour irreverente. Escrito por nuestra experta Alex P.