La ley de la gravedad

“A pesar de que me machacaba en el gimnasio y tenía una figura atlética, mi pecho estaba caído. Además, el hecho de tener los pezones hacia abajo potenciaba aún más la sensación”, reconoce Elena, de 34 años. Así que un buen día decidió acudir a la consulta de un reconocido cirujano plástico y estético para que le hiciera todas las pruebas y le practicara una elevación de mama.

En la primera visita, le explicaron muy bien en qué consistía la intervención y cuáles eran sus perspectivas. Le midieron la altura de sus pezones para determinar exactamente los centímetros que tenían que subirlos. La normal oscila entre los 18 y los 20 centímetros, lo que significa que una medida superior implica una caída de mamas, como era el caso de Elena. Le pidieron que se hiciera análisis de orina y de sangre, un electrocardiograma informado, así como una mamografía bilateral, para comprobar que los pechos estaban perfectamente sanos.

En la segunda visita, comprobaron que todas las pruebas eran satisfactorias, así que completaron su historia clínica y fijaron la fecha de la intervención. “Aunque era una operación voluntaria y muy deseada por mí, tengo que reconocer que cuando me bajaron al quirófano me puse muy nerviosa y noté un sudor frío en las manos”. A Elena le pusieron una anestesia general suave y la intervención duró casi dos horas. A última hora de la tarde, ya estaba en su casa.

Durante dos meses tuvo que llevar un sujetador que le pusieron en el mismo quirófano y del que sólo se desprendía para ducharse. Pasadas cuatro curas, a los 15 días de la operación, le quitaron todos los puntos. “Me cambió hasta la forma de vestir y el resultado, después de nueve años, sigue siendo un pecho supernatural. Continúo yendo al gimnasio y, cuando me cambio, nadie se da cuenta de las cicatrices”, asegura Elena. 

MEDIDAS DESMESURADAS 

El caso de Irene es bien distinto. Con su 1,60 de estatura, delgada y de caderas estrechas, usaba una talla 110 de sujetador. Pero, además de la evidente desproporción de sus pechos, a sus 25 años, ya empezaba a tener dolores lumbares, precisamente por el peso de sus mamas que, incluso, le estaban empezando a provocar una desviación en la espalda. Así que, después de pensárselo mucho, decidió someterse a una cirugía de reducción de mamas.

“Tenía un complejo tremendo porque el tamaño de mi pecho era absolutamente desproporcionado con respecto al resto de mi cuerpo. Recuerdo que me compraba las camisas dos tallas más grandes para evitar que se me marcara”, reconoce Irene. En la primera visita, el cirujano le tomó las medidas para establecer el tamaño y el volumen proporcionado, de acuerdo con el resto de su cuerpo.

Para que se hiciera mejor a la idea, se concretó en un número de talla y de copa de sujetador. Casi no se creía que iba a pasar de una 110 a una 90. Luego, le explicó que, tras la intervención, le quedarían cicatrices permanentes en forma de “T” invertida, aunque la horizontal se disimula en el surco submamario y siempre en el polo inferior de la mama. “En aquel momento, las cicatrices era lo que menos me preocupaba. Yo quería quitarme ese peso de encima y lo demás no me importaba”.

Le explicaron con todo lujo de detalles en qué iba a consistir la operación: eliminar grasa, tejido glandular y piel en la misma cirugía. Después de tres horas de intervención, bajo anestesia general, Irene se despertó con una sensación de opresión en el pecho, que ya le habían explicado que era absolutamente normal. Permaneció 24 horas ingresada y, luego, la mandaron a casa. Debía permanecer en reposo durante cinco días, evitar cualquier esfuerzo y no subir los brazos por encima de la cabeza. “Los primeros días no apreciaba que hubiera bajado de talla porque me notaba el pecho hinchado y me parecía que me había quedado uno más grande que otro”, afirma Irene.

Ahora, tras dos años, reconoce que volvería a operarse sin dudarlo. “Tengo pecho, pero guarda proporción con mi metro sesenta de estatura y no he vuelto a tener dolores de espalda”, asegura Irene.

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