La violencia está por todas partes. Lo inunda todo. La situación de crisis no hace más que sacar lo peor que llevamos dentro. Nuestras malas caras, nuestros malos gestos. Y eso, en el mejor de los casos. Lo habrán notado: todo el mundo anda susceptible, de morros, trabajando más y peor, quien tenga la suerte de seguir haciéndolo, y la crisis no tarda en instalarse en casa, en la alcoba, en la salita de estar. En lo cotidiano. Ella lo ve en su entorno, en sus vecinos, en la calle. Porque la violencia, no sólo física, es un problema de todos. Social, cultural, educacional.
El otro día, una compañera le comentaba que le alertaron unos gritos de una acalorada discusión. Era la vecina de siempre. Una chica joven, la típica NI-NI, que discutía con unas palabras tremendas con su mejor amiga. Si la misma discusión se hubiera producido entre un hombre y una mujer, por la gravedad de las amenazas, su amiga no hubiera dudado en llamar a la policía. Pero esa niña responde a un patrón que ha mamado esos modos de sus padres. El padre se marchó pero las discusiones, los insultos, se quedaron.
El 25 de septiembre se celebraba el Día Internacional contra la Violencia contra la Mujer. Un día importantísimo que quedó eclipsado por las elecciones catalanas y el sueño soberanista de Mas. Porque la violencia no son sólo las muertes de mujeres a manos de sus parejas y exparejas. Un drama terrible, obviamente, pero esas 44 muertes en lo que va de año en nuestro país son sólo la punta del iceberg. Por no hablar de los feminicidios en Ciudad Juárez o de la ablación, más cerca de lo que pensamos.
La crisis se ceba con los más débiles y los más débiles, amigas, son, somos, de nuevo las mujeres. Las que deben hacerse cargo de los hijos, de las personas dependientes. Las que, con la que está cayendo, deciden que para qué van a pedir jornada reducida si no les compensa y, por esa miseria, deciden quedarse en casa y criar ellas mismas a sus hijos. Porque hay otro tipo de violencia más común, más silente, que es la de negar la igualdad de oportunidades, de crecimiento, de autonomía económica para hacer o deshacer, de ser libre para dejar de aguantar a un impresentable. O, simplemente, a alguien al que se ha dejado de amar.
Los recortes han sobrepasado la educación y la sanidad y han llegado a las casas de acogida para mujeres maltratadas, a las ayudas a la integración, a la prevención, y el abismo se hace insondable. La exclusión es buscar un trabajo y no hallarlo sin tener educación ni esperanza, ni alternativa. Repetir un patrón sin cuestionarlo. Convertirse en carne de cañón, como la vecina de su amiga, sin que a nadie le importe lo más mínimo.