Ahora que ya han pasado unas cuantas semanas de la accidentada restauración del Ecce Homo, convendrán con ella que ha sido de lo mejorcito del verano. Hartos ya, como estaban, de tanta mala noticia. La pobre Cecilia, la restauradora octogenaria amateur, sufrió hasta una descompensación de la tensión por el berrinche.
Pero lo que ha ocurrido con la pintura del Ecce Homo, no se engañen, ha ayudado a poner la localidad aragonesa de Borja en el mapa y ha sacado a la luz muchas cosas, entre ellas la España de sainete, la de las buenas voluntades. La pobre mujer declaraba que, día tras día, pasaba por la iglesia y que, claro, al ver la dejadez no pudo contenerse. Así que primero vino la restauración de la capa. El resto de la historia, ya la conocen. El camino hacia el infierno está lleno de buenas intenciones…
Ahora, claro, nadie se responsabiliza. Pero todos ganan. Se ha patentado el concepto para que nadie, salvo Borja, -con las fiestas patronales más concurridas de la historia-, saque provecho de la desgracia. Pictórica. Incluso, algunas voces en Twitter proponían que la autora pintara un mural en vivo en el próximo día C, el encuentro anual del Club de Creativos, en Pamplona.
El filón no tiene límites.
Con todo, ha sido un mal menor. La pintura era relativamente reciente, databa de siglo XX y el daño podrá ser revertido.
Ahora, imaginen a Cecilia de CM, de Community Manager, de su empresa. Es decir, la persona que tiene en sus manos algo tan delicado como la atención al cliente, la reputación on line y off line de la marca. Al fin y al cabo, la imagen de su empresa o producto.
¿A que acojona? Pues es sencillamente lo que está pasando con el boom de la profesión de moda: el community management, o gestión de redes sociales. Miles de Cecilias kamikazes pilotan la vida digital de empresas a diario en España. Y no pasa nada. Las empresas quieren estar en el Social Media pero no pueden o no quieren pagarlo. “Total, si llevar la cuenta en Facebook o en Twitter lo puede hacer mi sobrino, que sabe mucho de ordenadores. O mi secretaria, a ratos libres”, se dicen.
Por no hablar de presuntos profesionales que ofrecen paquetes a negocios por 50 euros al mes, reventando el mercado cuando no controlan los menores rudimentos de marketing o directamente cometen faltas de ortografía.
Estar en Social Media no es un juego. Es duro, es la esclavitud del siglo XXI. Nadie obliga a las marcas a estar en Social Media. Muchas ni siquiera lo necesitan. Pero si se hace, en profesionalidad y diligencia, señores, no se puede recortar. A menos que se desee que la empresa de una amanezca una mañana con la cara de Paquirrín. Seguro que sería de todo menos divertido.