Cumplir cuarenta es la meta de toda mujer. O así nos lo quieren hacer creer. Es curioso. "A los cuarenta te sientes mejor que a los veinte”, dicen. Más guapa, más segura, más realizada.
Todo depende con el espejo que se mire, claro. Para ser sinceras, yo a los veinte me encontraba mejor que ahora. No me dolía nada, conservaba la piel de melocotón y el brillo en los ojos a pesar de haber dormido poco y quería comerme el mundo. Ahora el mundo me come a mí cada mañana, me arrastro por la vida sin un minuto para mirarme al espejo más que lo estrictamente necesario para estar presentable y, por supuesto, se acabaron -y añoro- aquellos veranos emocionantes de tres meses por delante. No lo haré, pero tendré unas escasas semanas de descanso que bien podrían estar dedicadas por entero a una cura de sueño.
Con este panorama, solo hace falta encender la radio por la mañana para debatirse entre si entender de una vez por todas eso de la prima de riesgo o mantener la ilusión por que de nuevo aquella única prima arriesgada que yo conocía, la mía, me vuelva a despertar cada mañana para darme cuenta de su último revolcón.
Es curioso, sí, lo de cumplir cuarenta porque aunque acabo de sostener todo lo anterior hay una cuestión que me hace sentirme mejor que décadas atrás. El hecho de que soy capaz de ponerme muchas cosas por montera.
Mira tú por dónde no voy a caer en declaraciones trascendentales del tipo "tener un hijo me ha cambiado la vida", pero mientras que antes me importaba lo que pensaran los demás de mí ahora clasifico las cosas por quién me las dice. Es un ejercicio sano y solo posible con cierta madurez.
¿Son los cuarenta los que dan esa capacidad? No lo sé, pero sucede. Por eso hago menos caso a que el albañil haya dejado de silbarme por la calle para fiarme de mis amigas cuando dicen: "Chica, estamos estupendas".