Asumo que la caprichosa genética nos llevó por caminos divergentes. No tengo problemas con eso. Soporto que tu pierna termine donde comienza mi axila, y tu pelo, como mis heroínas infantiles, te descienda en cascada más abajo de los hombros, mi límite insondable, justo donde mi cabellera se vuelve incomprensiblemente maraña.
Sobrellevo que tú seas diábolo y yo campana, manzana o melón ‘gala’ que, puestos ya a sacarle a una los defectos, mejor tiramos por una fruta toda redondeces y acabamos antes.
Pese a tus muchos centímetros de más, te aúpas otro peldaño y te encaramas en tacones imposibles que tú llevas con elegancia y te hacen más diosa y a mí me vuelven una especie de patético tentetieso.
Que conste que trago con tu perfección: son ya muchas primaveras de ‘operación biquini’ y mi cuerpo ha absorbido ya demasiados anticelulíticos para darme cuenta de que eso de que la materia ni se crea ni se destruye sino que se transforma… conmigo, al menos, no funciona.
Hasta ahí, transijo. Por lo que no paso es por esa naturalidad impostada que te gastas. Que serás muy modelo, muy venus de tu tiempo y muy todo, pero una cosa es que yo haya conseguido superar la envidia a base de autoafirmación y otra que me hayas visto cara de Lina Morgan en ‘La tonta del bote’. ¿Cuál es su secreto de belleza?, te preguntan una y otra vez. Y tú vas y como quien desvela un misterio ancestral nos sueltas entre sacudida y sacudida de melena: “Dormir ocho horas, beber mucha agua y desmaquillarme antes de dormir”.
Olé tú y todo tu árbol genealógico del que eres rama inmejorable. A ti el detector de mentiras no te pita, te fríe directamente, guapa. Que vale que las demás seamos un cúmulo de imperfecciones, pero de ahí a recochinearse va un trecho. También está la que además de hidratada, con la cara lavada y descansada va un paso más en el regodeo y añade que se infla a chocolate y a comida basura a dos carrillos porque le encanta y porque su genética se lo permite. Una lee eso y se vuelve del revés, literal.
Me vais a perdonar, pero me rebelo, por lo que hay detrás y por lo que todo eso supone. La que esto escribe, rara vez duerme ocho horas y, salvo que me dé un subidón de perfeccionismo a la una de la madrugada, suelo levantarme en modo mapache, con el rímel ‘churreteándome’ más ojeras de las que ya tengo. Sé que es un error, pero no engaño a nadie. Quizá tan solo sea mi pequeña venganza a tanta mentira.
Mi enfurruñamiento de poco sirve, es verdad, pero me siento contenta en mi solitaria rebeldía, esperanzada en que quizá algún día ellas hablen abiertamente de sus sacrificios, tantos, a veces aberrantes y crueles, pero para eso se han de bajar (o las han de dejar bajar) de ese pedestal que las encumbra y las convierte en icono para multitud de mujeres, la mayoría muy jóvenes, que aún no se han dado cuenta de la inmensa mentira.