Mala madre

Se necesita una gran capacidad de discernimiento o, en su defecto, una gran experiencia para salir airosa de los juicios sumarísimos a los que somos sometidas muchas madres. Hace unas semanas leía en esta misma web el magnífico reportaje ‘Las mamás del biberón’, que recogía casos tremendos de mujeres que no pudieron o no quisieron optar por la lactancia y cómo fueron condenadas al cadalso materno.

Todas ellas, egoístas y malas madres por consenso popular. Fue mi caso, me confieso, para quien quiera tirar la primera piedra. En un mundo sobresaturado de información de apoyo a la lactancia, no concebía otra opción que dar de mamar, hasta que todo se complicó y terminé dolorida, vendada, pero, aún peor, con un sentimiento de fracaso y humillación que se encargaron de transmitirme debidamente desde la enfermera (“¿No le vas a dar el pecho? Pobrecito”), a la amiga de turno o la señora mayor del cuarto piso que me tejió unos patucos.

Y ahí estás tú, agotada tras el parto, hipersensible, y aniquilada por consejos supuestamente cargados de buenas intenciones sobre el estrecho vínculo madre-hijo, inconcebible, te dicen, si no le das de mamar. Aún hoy, en ciertos círculos de amistades, si sale el tema, corro rauda a justificarme, aunque sé que no tengo que hacerlo, por temor a ser considerada eso, una mala madre

Sería un error hablar de la lactancia como una moda. Somos mamíferos y es innegable que es la mejor forma de alimentación para el bebé, pero sí hay un movimiento ‘retro’ que, de un tiempo a esta parte, enarbola la bandera de la verdad absoluta, una suerte de colectivo talibán que alimenta foros y foros con encarnizados debates donde se dirime quién es más madre o quién merece prácticamente que los Servicios Sociales toquen a su puerta. No exagero, daos una vuelta por algún foro sobre el tema.

En su particular manual de ‘Cómo ser una madre perfecta’ suma puntos dar de mamar hasta los dos años, cuando no hasta los cuatro. ¿Que trabajas ocho horas o más diarias? Entonces, enchúfate al sacaleches y congela, el esfuerzo merece la pena. Si además practicas el colecho (el bebé en la cama de matrimonio), el vínculo con él se reforzará y crecerá más confiado y seguro. Da igual que la vida de pareja ande bajo mínimos, que eso el niño no lo nota.

Olvídate de los carritos, ya de por sí incómodos, al peque hay que llevarlo pegado al cuerpo, pero nada de modernos y caros canguros Babybjörn, sino que debes optar por coloridos fulares, aunque el bebé tenga semanas y termine con la columna hecha un ovillo. Y, por supuesto, prueba con los pañales de tela, los mismos que nuestras madres aborrecían, pero que ahora han vuelto redecorados en vivos colores y que han pasado a ser lo último en plena crisis. Si escuecen o no el culito del bebé es un detalle sin importancia.

Parir en casa y con doula (mujer que ayuda durante el proceso) te impulsa directamente al Olimpo de las supermadres. ¿Para qué recordar los riesgos o el elevado índice de muertes cuando hace medio siglo casi todas las mujeres daban a luz en casa? Da igual, si Bimba Bosé lo ha hecho, será por algo. Y en el ala dura se sitúan, además, las inconscientes y temerarias, aquellas que ponen en riesgo a sus hijos y a los de todas las demás: las que se oponen a las vacunas por su supuesta incidencia en casos de autismo, algo desmentido hasta la saciedad.

No hay una única forma de ser madre, de ser buena madre me refiero, ni nadie tiene derecho a atribuirse la capacidad de dirimirlo con teorías erráticas indemostrables o modas. No nos dejemos engañar y elijamos libremente porque no hay pautas, no hay normas, más allá de que nuestro hijo crezca sano. El tiempo, como en todo, se encargará de colocarnos en el sitio que nos merecemos.

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