Hace unos meses, asistía a una conferencia del gran publicitario Toni Segarra que, en un momento dado, hizo alusión a la liberación del campo de concentración de Bergen-Belsen, a unos 225 kilómetros al este de Berlín. Cuando los británicos liberaron el campo en 1945, encontraron un panorama desolador. Miles de prisioneros al borde de la muerte, famélicos, ateridos de frío, hacinados, enfermos.
Se sentían impotentes, no tenían medicamentos ni medios, ni personal para atenderles. Según recoge el diario del teniente coronel Mervin W. Gonin –uno de los primeros soldados británicos en liberar Bergen-Belsen- que se conserva en el Imperial War Museum no se sabe muy bien de dónde ni por qué, en aquel campo de concentración recibieron un cargamento de pintalabios.
No era lo que necesitaban pero cumplió su labor. Gonin pudo ver mujeres deambulando en pijama envueltas en una manta con los labios de un rojo escarlata. Cadáveres amontonados con los labios pintados y aferrando en la mano un trozo de una barra de carmín, pero aferrándose también a su identidad, a su humanidad. A algo que les diferenciaba del resto. Ya no eran sólo un número.
Esa charla le impactó ya en su día. No les dice cuánto la ha recordado en su reciente visita al campo de concentración de Sachsenhausen, a unos 30 kilómetros de Berlín. Donde tuvo que reprimir varias veces el llanto. Ya de vuelta, con la experiencia del viaje en la maleta y la promesa de no olvidar en el corazón, regreso a la vida cotidiana. Y en la prosaica realidad: lavadoras, posts, supermercado.
Además de víveres, necesita artículos de perfumería. Sus pasos la dirigen hacia el stand y se queda hipnotizada ante la cantidad de esmaltes de uñas, colores, y modalidades que encuentra. En colores estridentes, flúor y el azul en todos sus tonos, incluido el pastel. Tanto, que le cuesta encontrar un simple brillo de uñas. Compra el único de marca blanca que venden. En eso, también fue siempre un poco sosa.
No puede evitar pensar que la laca de uñas se ha convertido en el nuevo Lipstick Index, ése que mide la gravedad de la crisis en función del aumento de los pintalabios vendidos. Es el ataque de las uñas azules. Están por todas partes. Así que la crisis debe ser –y es- pero que muy gorda.
Pero detrás del esmalte, hay algo más profundo. Es el afán de gustar, de llamar la atención, de expresarse, de reivindicarse. De sentirse dignas y bellas aún en tiempos de crisis. Ya en la caja, recuerda de nuevo las palabras de Segarra. Aunque entre ambas realidades, afortunadamente media un abismo, el deseo de recuperar la dignidad, de prevalecer, es el mismo. Y siente un escalofrío. El aire acondicionado, se dice. Sí, eso debe de ser.