El Código Penal español tipifica como delito la mutilación genital femenina, una problemática que en España supone un riesgo para cerca de 10.000 niñas, según el ‘Mapa de la mutilación genital femenina’ realizado por Adriana Kaplan y Antonio López, investigadores de la Universidad Autónoma de Barcelona. Los primeros casos que se conocieron se dieron en Cataluña en 1993. Con los años se ha sabido de víctimas en Aragón, Andalucía, Madrid y Canarias. Las últimas noticias sobre este tema llegaban de Teruel y de Vitoria en noviembre y diciembre del año pasado.
En el primer caso, la Audiencia de Teruel imponía seis años de prisión al padre de una niña nacida en Alcañiz que había sido sometida a la ablación a los ocho meses en Gambia, un país donde ocho de cada diez niñas sufre una ablación. En el segundo caso, la Fiscalía de Álava investigaba la mutilación genital de una niña de Malí, que en la actualidad tiene 5 años y reside en Vitoria desde 2009, después de que el pediatra de la pequeña lo descubriera durante una revisión médica rutinaria. El Servicio vasco de Salud Osakidetza puso de inmediato los hechos en conocimiento de la Justicia.
Los progenitores alegaron que la ablación se produjo en su país de origen, “sin su conocimiento ni su consentimiento” y que en el momento de los hechos el padre estaba trabajando en España, mientras la madre, que entonces tenía 17 años, residía en Malí con la pequeña que no había cumplido un año. Según su versión, los abuelos aprovecharon el momento en que la madre estaba en el colegio para realizar la extirpación. También aseguraron que según la “tradición cultural”, no se podían rebelar contra sus mayores (son las abuelas las que insisten), pero que no estaban de acuerdo con esa práctica que se suele realizar en su país entre los seis meses y el año.
Con las personas, migra la cultura. Estas niñas se ven atrapadas entre dos culturas y son víctimas tanto de la tradición como de la situación nueva en la que se encuentran en el país al que han llegado con sus padres. Se trata de hijas de inmigrantes senegaleses, malienses o nigerianos, entre otros, a quienes en sus países la tradición manda extirpar el clítoris y los labios vaginales como parte de su transición a la edad adulta para mantenerse limpias, castas y apetecibles para los varones. Pobres niñas adultas.