Habrá pocas cosas que asusten más a un hombre que esas tres palabras pronunciadas por su mujer: «Tenemos que hablar». Inmediatamente intenta escabullirse o, en el mejor de los casos, se pone a la defensiva. Pero, ¿de qué quieres que hablemos? -como si hablar fuera algo intrínsecamente negativo-. Todo esto, mientras repasa mentalmente en qué falta ha sido pillado, porque en su subconsciente esa frase no termina ahí. En la mente masculina ese «tenemos que hablar» lleva incluido un «y te vas a enterar». Así que prepara una artillería de justificaciones de lo que sea, porque en su cabeza siente que está sufriendo un ataque en la línea de flotación. Se atrinchera en su rincón y no escucha nada de lo que estás diciendo mientras elabora su estrategia de respuestas.
En realidad, la reacción es comprensible, nadie utiliza esas palabras para intercambiar opiniones sobre dónde ir de vacaciones. «Tenemos que hablar» es una trampa que las mujeres usamos para hablar de lo nuestro, de la relación de pareja y de otras conversaciones similares, de las que no puedes tener mientras mandas un Whatsapp. Tengo una amiga que dice que empezar una conversación así es un error de principiante y que es mucho más efectivo entrar en materia directamente. Así, mientras quieren reaccionar y no, ya les has soltado el eje central del discurso.
Al revés, que un hombre se lo diga a su mujer, no pasa. Y es que, por alguna razón, a la mayoría de los hombres no les gusta tener conversaciones profundas. Les gusta hablar, pero de deportes, de fútbol, de los gin tonics que se toman, de lo pesadas que se ponen sus mujeres, de la lata que dan los críos o de tías. Porque una cosa es hablar de mujeres (las suyas y otras parecidas) y otra de tías (las que están en el mercado y no comprando precisamente). En general, cualquier conversación es buena siempre que sea de trabajo o una charla banal que no entre en el terreno de los sentimientos. Ahí es donde se produce el bloqueo. Pero no es nada personal, es algo inherente al género masculino. Es bastante frecuente en una reunión de amigas que la conversación gire en torno a cómo te afecta lo que te rodea: «Me sentó fatal esto» o «estoy encantada con esto otro». Eso entre hombres no se da. Sigue vigente el modelo amigote: «que lo que ocurre a tu alrededor no te afecte ni lo más mínimo. Tú eres ante todo un tío duro y no entras en conversaciones absurdas de si en esta relación hay algo que no funciona y otras chorradas semejantes».
Pero incluso los tipos duros escuchan a veces, aunque sea con el piloto automático. O aunque solo se trate de evitar que la próxima vez que te quedes callado te hagan esa pregunta trampa que detestas: ¿En qué estás pensando?