De todas las mentiras que nos han contado en los últimos años lo de que la conciliación se puede conseguir cambiando la ley es una de las más sangrantes. Y lograrla está en la mente de muchas mujeres cada día, más aún durante el periodo de vacaciones, cuando el descanso de los niños se convierte en un problema que, en el mejor de los casos, se resuelve involucrando a toda la familia, repartiendo las vacaciones de la pareja sin coincidir apenas o empalmando campamentos. Naturalmente, eso es en el mejor de los casos: si hay pareja, si hay abuelos y si hay dinero para pagar actividades extra.
Durante años nos han hecho creer que cambiando unas cuantas leyes y con una política de cuotas la igualdad caería por su propio peso. Lo cierto es que el meollo está en la conciliación y para eso no hay una receta mágica. Es cierto que se han hecho normas que protegen a las mujeres para evitar despidos por embarazos, pero a la vista está que no son la panacea. Las políticas de cuotas, aunque sean planteadas como mal temporal y necesario, han obligado a todos los partidos a colocar a un número de mujeres en sus listas: unos lo llaman cuotas y otros mujeres que alcanzan puestos por su validez, pero ninguno se atreve ya a presentar una lista de hombres. Claro que también han significado un desgaste del discurso feminista y han generado el rechazo de determinados sectores que en principio podrían considerarse afines.
Las leyes pro conciliación son una anécdota que la mayoría de las empresas privadas intenta sortear como puede. De hecho, solo se cumplen a rajatabla en la administración pública. Estaría bueno. Si eso ocurre en el ámbito laboral, qué decir del doméstico: territorio comanche. La mayoría de las mujeres tiene que abordar la conciliación como el que tiene preferencia en un cruce atascado: obligando a que te cedan. Leía hace unos días en The Atlantic un artículo titulado ¿Por qué las mujeres todavía no pueden tenerlo todo?. Una alta ejecutiva explicaba cómo renunció a su puesto por otro inferior para compaginar su trabajo con los problemas de sus hijos adolescentes. Naturalmente que no se puede tener todo: un trabajo de alta responsabilidad no es compatible con una jornada intensiva y reducida. Claro que tampoco lo es para un hombre y cada vez hay más que no quieren renunciar a tener una vida después de su jornada. Cada persona, independientemente de su sexo, tiene que encontrar un equilibrio entre el tipo de trabajo y responsabilidades que está dispuesta a asumir y la vida que quiere llevar. Tiene que decidir objetivos y negociarlos con su pareja y con su empresa. Y no hay legislación que lo contemple.
Por supuesto que la conciliación no es solo para familias, sino para tener otra vida además de la laboral, y eso no es solo una cuestión de tiempo y horarios, sino también de actitud.