Tener un propósito en la vida es lo único que hace seguir adelante cuando la situación es desesperada. Y no se puede parar, ni desfallecer. Y ese desasosiego, esa fuerza, esa inquietud, no desaparece ni aun estando de vacaciones. A pesar de la felicidad que viene de visita y se va. De los hijos, de los seres queridos, de la brisa en la playa. El fuego de esa furia, de lo queda por hacer no lo aplaca ni toda el agua del mar.
Lo sabe porque ha conocido a tres luchadores: Inés, Vicente y Enrique. Niña regalada, bebé robado y adoptado, metido a escritor a sus 47. Todos forman parte, de un modo u otro, de una maraña horrible, de una trama nacional, que supuestamente se dedicó a traficar con niños de otras.
Según la Asociación Nacional de Afectados por Adopciones Irregulares, Anadir, 250.000 españoles podrían no ser hijos de quienes constan como sus padres en las partidas de nacimiento entre los años 60 y 80. Personas que han vivido la vida de otros, que han sido privados de su identidad. Y se les ha despojado -jugando a ser dioses- de su pasado, de su familia biológica. De la verdad.
La mayoría de los niños robados a los que ella ha podido conocer y llegado a amar por su trabajo como periodista cuentan la misma historia con una tristeza infinita. No les guardan rencor a sus padres adoptivos pero quieren conocer sus orígenes. Les ve luchar, organizarse por Facebook, hacer quedadas, sentadas. Hacer llamadas a los medios cuando éstos pierden, perdemos, interés. Porque una vez canibalizada su historia, su drama, sus lágrimas en directo, con dos tv movies incluidas, los bebés robados ya no son noticia.
Se dan pequeños pasos en esta gran carrera judicial que podría llevar toda una década. Y a los culpables, ya ancianos, se les acaba el tiempo. Desde aquel 27 de enero de 2011 en el que comenzó todo con la demanda conjunta ante la Fiscalía General del Estado, vendrían infinitos reveses y aciertos: archivos de las causas, petición de la creación de un banco de ADN centralizado dado el aluvión de casos, rencuentros con cuentagotas, mil trabas burocráticas, exhumaciones de féretros donde jamás se enterró a nadie…
La lucha de unos hijos por encontrar a unas madres a quienes les contaron que sus pequeños, recién paridos, habían muerto. O unas madres que, a raíz del ruido de Inés, Vicente o Enrique, han comenzado a buscar a unos hijos que ni siquiera saben que fueron robados. Es un drama sin fondo.
Recientemente, otro paso: una veintena de valencianos ha presentado una denuncia por la vía civil para que la justicia requiera a la Casa Cuna Santa Isabel de Valencia -donde entre la década de los 40 y los 80 nacieron más de 3.000 niños- el nombre de las madres biológicas de los demandantes. Sólo quieren saber. Y preguntarles a unas madres si les entregaron voluntariamente en adopción. O no. Y al fin descansar. Si es que aquellas mujeres continúan aún con vida.