¿Y si un oso marino se enamorase de un pingüino? No, no es el último libro de Robin S. Sharma ni una fábula de Bucay, que bien podría ser. Es el titular de un artículo de divulgación científica de The New York Times Weekly que la atrapó. Se le antojó un gran titular que albergaba una gran historia. Pero sobre todo una gran analogía de la vida, del amor. Porque siempre le brillan los ojos a la persona equivocada. O al pingüino equivocado. Y a aquel pingüino debían de brillarle más de lo esperado porque el oso marino copuló con el pobre animal hasta llevarlo a la muerte. Locura de amor.
Para su sorpresa, estas relaciones entre especies están documentadas y no son tan infrecuentes como se pudiera pensar. A pesar de que en el caso del oso marino y el pingüino son depredador y víctima. Los osos marinos los cazan y se los comen. Ella ha conocido más de una relación así. Ni contigo ni sin ti. Codependencia sentimental, se llama.
La relación entre el oso y el pingüino era sólo el principio, el descubrimiento que un doctorando, Tristan Scott, había hecho en una remota isla del sur del océano Índico. Después, la publicación desgranaba una serie de relaciones imposibles entre otras especies: arañas, pájaros, gusanos, ratas… Apareamiento mal encauzado es el término. Le encanta la expresión, ¿a ustedes, no?
La naturaleza es muy sabia y se encarga de que esas relaciones no prosperen y generen crías no viables. La mula y el burdégano serían sus honrosas excepciones.
Acabó de leer el periódico en papel con una gran sonrisa burlona en la cara. Su mente no dejaba, rauda, de establecer analogías y pensar en la última cena de solteras. De antiguas amigas, legión de nuevas solteras. A juzgar por las copas, las risas y los dancings posteriores, todas aquellas relaciones fallidas se debían claramente a un apareamiento mal encauzado. Entre mujeres y ratas; ovejas y lobos.
Afortunadamente, la madre naturaleza se encargó de disolver aquella aberración de sufrimiento. Aquella locura imposible. De atracción animal.