Calentando motores para los Óscar

Ya estoy terminado mis deberes. De las cintas nominadas a mejor película, me quedan apenas dos por ver: 'Amour' (sé que es una obra maestra y tal, pero Haneke siempre me da un perezón mortal de necesidad) y 'Bestias del sur salvaje'. A ver si esta semana puedo hincarles el diente antes de que se levante el telón y salga Seth MacFarlane todo “emperifollado” a presentar los Oscar.

MacFarlane, por cierto, también me da pereza. Y ojo, no le niego el talento. Desde luego, ha demostrado borbotones de mala leche desde hace más de una década con la irreverente serie 'Padre de familia', que él mismo creó. Y este verano ha reventado la taquilla de medio mundo con 'Ted', ese osito de peluche al que habría que lavarle la boca con lejía. Su currículum dice que, además de actor, es guionista, director, productor y cantante. Casi nada. Pero torres más altas han caído en una ceremonia maquinada, en general, para humillar al que tenga la desgracia de presentarla. Y después de ver el anuncio de las candidaturas que él mismo condujo con Emma Stone ejerciendo de azafata, no me da tanto miedo que no sea gracioso o que la gala sea una sucesión de chistes malos con un presentador demasiado nervioso, como que repita peluquero. El tupé esculpido a cincel con laca y espuma me teletransportó por un momento a la Puerta de Sol y las doce uvas.

Pero, ¿qué se yo? También maldije a la Academia cuando eligieron a Hugh Jackman para presentar la ceremonia (pensando qué guapo sí, pero ingenioso no sé yo…) y aún lloro de risa viendo su acto de apertura musical. Ojalá el domingo tenga que desdecirme y pedir su canonización. Mejor no, que MacFarlane es ateo.

Quizá es que me invade el escepticismo por lo ingeniosas, espontáneas e incisivas que estuvieron Tina Fey y Amy Poehler en los Globos de Oro sin cabrear en exceso a nadie. Aunque no creo que James Cameron, al que llamaron sádico ante la carcajada general de un respetable que seguramente piensa lo mismo, no vaya a darles un papelito en la secuela de Avatar. Ni falta que les hace.

Autora La espía

Mi código postal: 90210. Mi trabajo: espiar a mis famosísimos vecinos de mi barrio y aledaños.

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Te cuento lo que se dice en los pasillos de los estudios de cine y TV, los hoteles de lujo y los restaurantes de moda de Los Ángeles, la única ciudad capaz de ser decadente de día y glamurosa de noche.

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