Chatarrería fina

Hace tiempo que decidí que los domingos no son un día para pensar, escribir o divagar sobre la vida de las estrellas. Más que nada por higiene mental. No lo inventé yo, creo que en las iglesias llevan predicándolo unos cuantos siglos… ¿Y qué hago? Pues me dedico a la chatarrería fina, una tradición familiar que todos los miembros de mi clan practicamos con mayor o menor perseverancia: está el síndrome de Diógenes de mi padre, la maña de mi madre para lijar y barnizar muebles que “adopta” de la basura y luego estoy yo con mi obsesión por los garaje sales y los mercados de antigüedades... Aunque con ese ilustre linaje a cuestas, cualquiera enloquecería viviendo en Southern California (SoCal para los lugareños), paraíso de los mercados, mercadillos, flea markets, ventas particulares y ese universo paralelo y maravilloso llamado Craigslist, que se merece (y tendrá) su propio post algún día. 

La pasada primavera viví mi particular epifanía. Un buen día, miré a mi alrededor y me di cuenta de que odiaba todos y cada uno de los muebles que tenía en casa. No se salvó ni el cabecero de la cama que yo misma había perpetrado con la tapa del fondo de un armario y una cinta decorativa. Y tome una decisión radical: venderlo todo y empezar de cero. Y así fue. Hice fotos, colgué anuncios en Craiglist (la versión cool de los clasificados de toda la vida) y lo vendí todo, incluidas unas muletas que me encontré muertas de la risa en el trastero. Lo que era invendible, lo regalé o reciclé. Además, descubrí que podía quitarle los asientos traseros a mi coche, los aparqué en casa y me fui a la aventura.

Durante dos meses, recorrí cada 'garage sale' (sí, esas ventas de jardín que salen en las películas), cada mercado de antigüedades y cada 'flea market'. Y sólo hice un viaje a Ikea. Lo justo para hacerme con la pantalla de una lámpara (el pie lo había comprado ya en un anticuario). Luego, hubo que montar un pequeño taller de chapa y pintura donde tapicé las sillas del comedor que había comprado, pinté una cómoda desvencijada que me había costado tres dólares y cosí unos cojines por primera vez en mi vida (efectivamente, ya se están deshilachando, pero tenía que intentarlo).

La casa quedó monísima (a mi personalísimo entender, claro), yo me ahorré un pastón (casi me salió lo comido por lo servido) y encima la experiencia me proporcionó paz de espíritu. Hace tiempo que vivo con la conciencia de que el consumo por el consumo es una tropelía. Por eso, comprar muebles usados me reconcilia un poco con la vida. Si compro una silla en una gran superficie, antes o después tendrán que hacer el pertinente pedido a la fábrica asiática para reponerla y… ¿cuántas sillas más necesita exactamente este planeta?

En fin, que me voy por los cerros de Úbeda… Ayer me di una paseíto mañanero hasta el Antique market the Irvine, una horita al sur de Los Ángeles. Y esto es lo que encontré...

Chatarrería fina (lamentablemente, no apta para todos los bolsillos)


Frikismo puro y duro… (Sí, el de la caja es Mijaíl Gorbachov)





Y miscelánea a cascoporro: desde lámparas psicodélicas hasta puestos de latas antiguas




 
Por una vez, fui discreta y solo me llevé a casa un par de cajas de lata. La de floripondios es de galletas, probablemente inglesa y de los años 50; la otra, es de bombones y un señorcico encantador ha estimado que podría ser de los años 20 o 30. Me ha pedido cuatro dólares por las dos. Al cambio de hoy, 3,07 euros. Buen negocio, ¿no?



Autora La espía

Mi código postal: 90210. Mi trabajo: espiar a mis famosísimos vecinos de mi barrio y aledaños.

La espía
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Te cuento lo que se dice en los pasillos de los estudios de cine y TV, los hoteles de lujo y los restaurantes de moda de Los Ángeles, la única ciudad capaz de ser decadente de día y glamurosa de noche.

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