Ahorrar, ahorrar y ahorrar. Éste es el pensamiento que más me repito en los últimos meses. Un pensamiento que, aunque no me permita hacer todo aquello que me apetece, no puede llevarme a la amargura. Como ya os conté, cuando empezamos a echar cuentas de lo que suponía celebrar una boda "por todo lo alto" entré en pánico. Poco después, y con la ayuda de mi tranquilizadora madre, empecé a entender que todo era cuestión de priorizar y saber elegir. Así que lejos de amargarme pensando en todo lo que me estoy perdiendo, decidí concentrarme en todo lo que venía. Y no solo eso, comprendí que aquel refrán de "el hambre agudiza el ingenio" estaba en lo cierto. No puedo irme a ningún destino paradisíaco ni perderme por el centro histórico de ninguna ciudad, pero hay un sinfín de planes que se pueden hacer sin necesidad de rascarse el bolsillo.
En lo que va de verano, todavía no me ha dado tiempo a aburrirme ni mi cuenta corriente se ha visto resentida. Y es que, además de un sinfín de planes originales y baratos que encuentras por la red, siempre hay una casa en la que organizar una cena con los amigos, un río en el que poder pasar un día divertido, un parque por el que salir a hacer deporte o sentarte a ver las estrellas. Por muy utópico que suene, eso y las ganas, son suficientes.
Y como ganas de descansar y seguir planeando todo me sobran, hoy comienzo mis vacaciones en las que pretendo coger fuerzas suficientes para afrontar todo lo que viene. Aviso, en septiembre volveré con muchas ganas...