¿Por qué será que a las personas nos gusta tanto comparar? Sabemos que es absurdo y que puede llegar a ser perjudicial para nosotros, pero aun así lo seguimos haciendo. No podemos evitarlo, y mucho menos cuando hay una boda de por medio. ¿Cuántas veces hemos oído aquello de "a mi no se me hubiera ocurrido hacerlo al aire libre con el calor que hace", "nunca mandaría una invitación tan sosa" o "yo nunca me hubiera hecho ese peinado con ese vestido"? El caso es que, queramos o no, siempre terminamos comparando con lo que nosotros hubiéramos hecho.
Acabamos de pasar una de las épocas más fuertes en lo que a bodas se refiere, y son varios los amigos y familiares que han tenido la ocasión de acudir a alguna, de los cuales no ha habido ni uno solo que no me haya dado sus particulares recomendaciones teniendo en cuenta lo que han visto. Pero lo malo no es que intenten aconsejarte, que por supuesto siempre viene bien, sino que se contradicen y no sabes por qué decantarte. Por ejemplo, uno de los temas que más debate (y agobio) genera es lo que se refiere al menú. Mientras que unos tratan de convencerte de que apuestes por algo light para no levantarse rodando de la mesa, otros prefieren ir a lo clásico considerando que, si no tienes mínimo tres platos con un amplio surtido de marisco, carne y su pescado, no es una "boda de postín".
Y ahí te quedas tú, preocupada por cuál será la mejor decisión, pero con una cosa muy clara: por mucha rabia que me de, nunca conseguiré que llueva a gusto de todos y siempre habrá quien se queje por algo. Y es que, como dice el refrán, las comparaciones son odiosas.
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