Quizá con este post me gané algún que otro enemigo, pero no he podido evitar escribirlo después de que ayer viera como Jessica Biel daba el "sí, quiero" a Justin Timberlake vestida con un diseño de Alta Costura de Giambattista Valli en color rosa. Sí, sí, rosa. Sobra decir aquello de "sobre gustos no hay nada escrito", pero precisamente por ello quiero reivindicar algo con lo que seguro muchas novias estarán de acuerdo conmigo: por muy guapas que queramos ir, no queremos parecer pasteles de nata o tartas de fresa el día de nuestra boda.
Respeto profundamente a las amantes de las flores, los abullonados y todo aquello que hace que un vestido se vea en un radar de 100 km, pero precisamente por eso pido también respeto hacia las que nos gusta lo más sencillo. Y lo digo con conocimiento de causa. Quienes me conocen saben que mi forma de vestir no es nada extravagante ni llamativa, ¿por qué entonces hay quien se empeña en disfrazarme?
Lo primero que te dicen cuando vas a mirar vestidos de novia es precisamente eso, que evites ponerte algo que no vaya contigo. De hecho, en la primera parada en del tour en busca del vestido perfecto en Jesús Peiró volvieron a repetírmelo, aunque cuando continué con mi ruta la semana pasada no ocurrió lo mismo. En la primera de las tiendas que visité la dependienta que me atendió me dijo que no podía "desperdiciar el momento llevando algo soso en lugar de espectacular". Y no porque me sentara o no bien, si no simplemente porque pecaría de sosa pudiendo llevar algo más llamativo. Al principio no le di importancia, pero después reflexioné sobre ello, ¿iba a "defraudar" a los invitados eligiendo un modelo tan sencillo? A excepción de mi madre y mi hermana, mi familia y amigas más cercanas han creado tanta expectación en el tema del vestido, que siento que mi elección no va a gustar demasiado. La gente espera verme con un bonito escote, una falda con mucho vuelo y llena de encaje, y lo que van a encontrarse seguro que es algo muy diferente.
Por suerte, en la segunda tienda que paré no sucedió lo mismo. Desde el primer momento, la asesora captó lo que quería, y, pese a que yo había seleccionado una lista de diez vestidos, ella misma fue sacándome los diseños que pensaba que iban a encajarme. ¡Parecía que estaban hechos para mí! Le conté lo que barruntaba por mi cabeza, comprendió perfectamente mi "miedo", me apoyó desde el primer momento, pero me dijo que era algo de lo que debía olvidarme porque estaba muy equivocada. Tenía encontrar algo fiel a mi estilo y mi personalidad, algo con lo que me mirara al espejo y me viera subiendo por las escaleras de los Jerónimos. Y creo que ya lo he encontrado, ya os contaré...
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