Fue lo primero que empezamos a hacer cuando decidimos que nos casábamos. Bloc en mano, empezamos a apuntar toda la gente que no queríamos que faltara. Primero fue la familia: padres, hermanos, abuelos, tíos, primos, tíos abuelos, primos segundos... solo con eso (y multiplicado por dos) ya gastamos tres hojas del cuaderno. Entonces pasamos a la lista de amigos, que afortunadamente son comunes: los de toda la vida, los de la universidad, los del colegio y los del trabajo. Otras tres hojas. Pero ahí no quedó la cosa, todavía nos faltaban por incluir una serie de compromisos de esos de los que, como su propio nombre indica, no te puedes "librar".
Así que ahí nos vimos nosotros, delante de 350 nombres y sin saber qué hacer con ellos. No quedaba otra que empezar a tachar. De golpe y porrazo nos quitamos casi cincuenta, pero había que seguir reduciendo. ¿Y de dónde quitas? De familia no podíamos porque ambos estamos muy unidos con ellos y no queríamos que nadie se sintiera ofendido. De amigos tuvimos que quitar a aquellos que, aunque nos hubiera hecho ilusión que vinieran, no forman parte de nuestro círculo más íntimo en la actualidad. Los compromisos también se redujeron, aunque no tanto como nos hubiera gustado.
La lista se quedó sin tocar hasta el momento en el que empezamos a hacer nuestros cálculos con los precios de las diferentes opciones de banquete. Las cifras que manejábamos tenían tantos ceros que mareaban. No quedaba otra que seguir tachando. Después de muchas discusiones con las diferentes partes de la familia (que prefieren arruinarse a hacer un feo a alguien), logramos llegar a los 250. Y con ese número es con el que hemos cuadrado el banquete, aunque nuestra intención sea que esta siga bajando según vaya acercándose la fecha. De momento voy a ir comprando un décimo de lotería a ver si tenemos la suerte de que nos toque algo...